XXX.
Realizamos aquí un pequeño análisis sobre uno de
los más conocidos relatos sherlockianos, parte del conjunto
llamado Las Aventuras de Sherlock
Holmes (1891 y 2), tercera de las obras protagonizada por el
detective. Hemos insertado en
ciertos lugares un pequeño gráfico,
y pulsando en él con el botón derecho del ratón aparecen
nuestros breves comentarios sobre el concreto texto. Por demás,
sólo decir que aparecen los personajes habituales : Sherlock y
Watson, en sus papeles de siempre; el cliente, aquí un tal Jabez
Winson; el policía tonto, Jones (por cierto que aquí hay dos
gordos, ambos tontos : los dos últimos citados; el cliente es,
además, algo avaricioso). Una víctima,
malhumorada y esta vez desagradecida excepto al final, claro. Un criminal bajo otra identidad, aunque ya
conocido por Holmes, y algún compinche. En cuanto a la
hagiografía : Holmes es culto (música, literatura, escritor,
citas en latín y en francés),
desentendido de cuestiones crematísticas (pide solamente se le
reembolsen los gastos ocasionados; eso, tan reiterado, se nos
antoja fiscalmente sospechoso, ya dijimos), le traen al pairo los
comentarios más bien despectivos que Jones endosa sobre sus
métodos (dichos antes de que resplandezcan, es claro); se aburre de no ocuparse en
casos policíacos o delictivos que se salgan
de lo corriente (como éste, dice) y le trae sin cuidado ser un
benefactor de la raza humana, en palabras admirativas de Watson.
¡Qué sería de Sherlock ante el lector si no fuera por ese
Watson que explica todo incienso el proceder de Sherlock! Que
en el fondo, todo es olfato y la famosa ciencia de la
deducción. Y conocimientos previos de Sherlock, que pronto
reconoce al criminal. Como curiosidad, Holmes reconviene al
cliente por no cumplir un matiz en la discreción masónica. Otros
datos : la acción se desenvuelve en menos de un día,
aparentemente desde después de comer, o algo más tarde,
hasta la medianoche. Al siguiente, por la mañana (y ante dos
whiskies, cosa infrecuente aunque estuvieran rebajados con soda),
Sherlock cuenta a Watson lo que fue deduciendo la víspera. Nuestro Sherlock evita un delito; los criminales son
entonces detenidos por la policía, colaborando Holmes
directamente en ello, aunque más bien para evitar daño a Watson.
Escenarios, siempre en Londres : el gabinete de Sherlock, la calle
y el sótano (esto
es, que podría haber vocación teatral en este relato; cabe y son
tres solamente). Respecto a medio ambiente, nada que reseñar; a
clases sociales, nivel medio-alto y alto y presunto-alto;
geografía urbana, nada especial. Moda, lo mismo. Cuestiones
políticas, de espionaje, militares, alta política y todo eso,
tampoco nada especial que reseñar. Holmes porta bastón
(propiamente eso no se dice sino cuando lo utiliza para golpear el
suelo), después un látigo (embarazoso trasto que extrae no se
sabe de dónde pero en momento muy oportuno); y ahora
discretamente, una lupa, cual es fama. Y si
más, reproducimos íntegro el prometido relato con nuestras
explicadas señales. La imagen es de las mejores : de Sydney
Paget. |
Había ido yo a
visitar a mi amigo el señor Sherlock Holmes, cierto día de otoño
del año pasado, y me lo encontré muy enzarzado en conversación
con un caballero anciano muy voluminoso, de cara rubicunda y
cabellera de un subido color rojo. Iba ya a retirarme, disculpándome
por mi entrometimiento, pero Holmes me hizo entrar de un tirón, y cerró la puerta a mis espaldas.
-Mi querido Watson, no podía usted venir en mejor
momento -me dijo con expresión cordial.
-Creí que estaba usted ocupado.
-Lo estoy, y muchísimo.
-Entonces puedo esperar en la habitación de al lado.
-De ninguna manera. Señor Wilson, este caballero ha sido
compañero y colaborador mío en muchos de los casos que mayor
éxito tuvieron, y no me cabe la menor duda de que también en
el de usted me será de la mayor utilidad.
El voluminoso caballero hizo mención de ponerse en pie y
me saludó con una inclinación de cabeza, que acompañó de una
rápida mirada interrogadora de sus ojillos, medio hundidos en círculos
de grasa.
-Tome asiento en el canapé -dijo Holmes, dejándose caer
otra vez en su sillón, y juntando las yemas de los dedos, como
era costumbre suya cuando se hallaba de humor reflexivo-. De
sobra sé, mi querido Watson, que usted participa de mi afición
a todo lo que es raro y se sale de los convencionalismos y de la
monótona rutina de la vida cotidiana. Usted ha demostrado el
deleite que eso le produce como el entusiasmo que le ha
impulsado a escribir la crónica de tantas de mis aventurillas,
procurando embellecerlas hasta cierto punto, si usted me permite
la frase.
-Desde luego, los casos suyos despertaron en mí el más
vivo interés -le contesté.
-Recordará usted que hace unos días, antes que nos lanzásemos
a abordar el sencillo problema que nos presentaba la señorita
Mary Sutherland, le hice la observación de que los efectos
raros y las combinaciones extraordinarias debíamos buscarlas en
la vida misma, que resulta siempre de una osadía infinitamente
mayor que cualquier esfuerzo de la imaginación.

-Sí, y yo me permití ponerlo en duda.
-En efecto, doctor, pero tendrá usted que venir a
coincidir con mi punto de vista, porque, en caso contrario, iré
amontonando y amontonando hechos sobre usted hasta que su razón
se quiebre bajo su peso y reconozca usted que estoy en lo
cierto. Pues bien: el señor Jabez Wilson, aquí presente, ha
tenido la amabilidad de venir a visitarme esta mañana, dando
comienzo a un relato que promete ser uno de los más
extraordinarios que he escuchado desde hace algún tiempo. Me
habrá usted oído decir que las cosas más raras y singulares
no se presentan con mucha frecuencia unidas a los crímenes
grandes, sino a los pequeños, y también, de cuando en cuando,
en ocasiones en las que puede existir duda de si, en efecto, se
ha cometido algún hecho delictivo. Por lo que he podido
escuchar hasta ahora, me es imposible afirmar si en el caso
actual estamos o no ante un crimen; pero el desarrollo de los
hechos es, desde luego, uno de los más sorprendentes de que he
tenido jamás ocasión de enterarme. Quizá, señor Wilson,
tenga usted la extremada bondad de empezar de nuevo el relato.
No se lo pido únicamente porque mi amigo, el doctor Watson, no
ha escuchado la parte inicial, sino también porque la índole
especial de la historia despierta en mí el vivo deseo de oír
de labios de usted todos los detalles posibles. Por regla
general, me suele bastar una ligera indicación acerca del
desarrollo de los hechos para guiarme por los millares de casos
similares que se me vienen a la memoria. Me veo obligado a
confesar que en el caso actual, y según yo creo firmemente, los
hechos son únicos.
El voluminoso cliente enarcó el pecho, como si aquello
le enorgulleciera un poco, y sacó del bolsillo interior de su
gabán un periódico sucio y arrugado. Mientras él repasaba la
columna de anuncios, adelantando la cabeza, después de alisar
el periódico sobre sus rodillas, yo lo estudié a él
detenidamente, esforzándome, a la manera de mi compañero, por
descubrir las indicaciones que sus ropas y su apariencia
exterior pudieran proporcionarme.
No saqué, sin embargo, mucho de aquel examen.
A juzgar por todas las señales, nuestro visitante era un
comerciante inglés de tipo corriente, obeso, solemne y de lenta
comprensión. Vestía unos pantalones abolsados, de tela de
pastor, a cuadros grises; una levita negra y no demasiado
limpia, desabrochada delante; chaleco gris amarillento, con
albertina de pesado metal, de la que colgaba como adorno un
trozo, también de metal, cuadrado y agujereado. A su lado,
sobre una silla, había un raído sombrero de copa y un gabán
marrón descolorido, con arrugado cuello de terciopelo. En
resumidas cuentas, y por mucho que yo lo mirase, nada de notable
distinguí en aquel hombre, fuera de su pelo rojo vivísimo y la
expresión de disgusto y de pesar extremados que se leía en sus
facciones.
La mirada despierta de Sherlock Holmes me sorprendió en
mi tarea, y mi amigo movió la cabeza, sonriéndome, en
respuesta a mis miradas de interrogación :
-Fuera de los hechos evidentes de que en tiempos estuvo
dedicado a trabajos manuales, de que toma rapé, de que es
francmasón, de que estuvo en China y de que en estos últimos
tiempos ha estado muy atareado en escribir, no puedo sacar nada más
en limpio.
El señor Jabez Wilson se irguió en su asiento, puesto
el dedo índice sobre el periódico, pero con los ojos en mi
compañero.
-Pero, por vida mía, ¿cómo ha podido usted saber todo
eso, señor Holmes? ¿Cómo averiguó, por ejemplo, que yo he
realizado trabajos manuales? Todo lo que ha dicho es tan verdad
como el Evangelio, y empecé mi carrera como carpintero de un
barco.
-Por sus manos, señor. La derecha es un número mayor de
medida que su mano izquierda. Usted trabajó con ella, y los músculos
de la misma están más desarrollados.
-Bien, pero ¿y lo del rapé y la francmasonería?
-No quiero hacer una ofensa a su inteligencia explicándole
de qué manera he descubierto eso, especialmente porque,
contrariando bastante las reglas de vuestra orden, usa usted un
alfiler de corbata que representa un arco y un compás.
-¡Ah! Se me había pasado eso por alto. Pero ¿y lo de
la escritura?
-Y ¿qué otra cosa puede significar el que el puño
derecho de su manga esté tan lustroso en una anchura de cinco
pulgadas, mientras que el izquierdo muestra una superficie lisa
cerca del codo, indicando el punto en que lo apoya sobré el
pupitre?
-Bien, ¿y lo de China?
-El pez que lleva usted tatuado más arriba de la muñeca
sólo ha podido ser dibujado en China. Yo llevo realizado un
pequeño estudio acerca de los tatuajes, y he contribuido
incluso a la literatura que trata de ese tema. El detalle de
colorear las escamas del pez con un leve color sonrosado es
completamente característico de China. Si, además de eso, veo
colgar de la cadena de su reloj una moneda china, el problema se
simplifica aun más.
El señor Jabez Wilson se rió con risa
torpe, y dijo:
-¡No lo hubiera creído! Al principio me pareció que lo
que había hecho usted era una cosa por demás inteligente; pero
ahora me doy cuenta de que, después de todo, no tiene ningún mérito.
-Comienzo a creer, Watson -dijo Holmes-, que es un error
de parte mía el dar explicaciones. Omne ignotum pro
magnifico,
como no ignora usted, y si yo sigo siendo tan ingenuo, mi pobre
celebridad, mucha o poca, va a naufragar. ¿Puede enseñarme
usted ese anuncio, señor Wilson?
-Sí, ya lo encontré -contestó él, con su dedo grueso
y colorado fijo hacia la mitad de la columna-. Aquí está. De
aquí empezó todo. Léalo usted mismo, señor.
Le quité el periódico, y leí lo que sigue:
«A LA LIGA DE LOS PELIRROJOS.- Con cargo al legado del
difunto Ezekiah Hopkins, Penn., EE. UU., se ha producido otra
vacante que da derecho a un miembro de la Liga a un salario de
cuatro libras semanales a cambio de servicios de carácter
puramente nominal. Todos los pelirrojos sanos de cuerpo y de
inteligencia, y de edad superior a los veintiún años, pueden
optar al puesto. Presentarse en persona el lunes, a las once,
a Duncan Ross. en las oficinas de la Liga, Pope's Court. núm. 7, Fleet Street.»
-¿Qué diablos puede significar esto? -exclamé después
de leer dos veces el extraordinario anuncio.
Holmes se rió por lo bajo, y se retorció en su sillón,
como solía hacer cuando estaba de buen humor.
-¿Verdad que esto se sale un poco del camino trillado?
-dijo-. Y ahora, señor Wilson, arranque desde la línea de
salida, y no deje nada por contar acerca de usted, de su familia
y del efecto que el anuncio ejerció en la situación de usted.
Pero antes, doctor, apunte el periódico y la fecha.
-Es el Morning Chronicle del veintisiete de abril de mil
ochocientos noventa. Exactamente, de hace dos meses.
-Muy bien. Veamos, señor Wilson.
-Pues bien: señor Holmes, como le contaba a usted -dijo
Jabez Wilson secándose el sudor de la frente-, yo poseo una
pequeña casa de préstamos en Coburg Square, cerca de la City.
El negocio no tiene mucha importancia, y durante los últimos años
no me ha producido sino para ir tirando. En otros tiempos podía
permitirme tener dos empleados, pero en la actualidad sólo
conservo uno; y aun a éste me resultaría difícil poder
pagarle, de no ser porque se conforma con la mitad de la paga,
con el propósito de aprender el oficio.
-¿Cómo se llama este joven de tan buen conformar?
-preguntó Sherlock Holmes.
-Se llama Vicente Spaulding, pero no es precisamente un
mozalbete. Resultaría difícil calcular los años que tiene. Yo
me conformaría con que un empleado mío fuese lo inteligente
que es él; sé perfectamente que él podría ganar el doble de
lo que yo puedo pagarle, y mejorar de situación. Pero, después
de todo, si él está satisfecho, ¿por qué voy a revolverle yo
el magín?
-Naturalmente, ¿por qué va usted a hacerlo? Es para
usted una verdadera fortuna el poder disponer de un empleado que
quiere trabajar por un salario inferior al del mercado. En una
época como la que atravesamos no son muchos los patronos que
están en la situación de usted. Me está pareciendo que su
empleado es tan extraordinario
como su anuncio.
-Bien, pero también tiene sus defectos ese hombre -dijo
el señor Wilson-. Por ejemplo, el de largarse por ahí con el
aparato fotográfico en las horas en que debería estar
cultivando su inteligencia, para luego venir y meterse en la
bodega, lo mismo que un conejo en la madriguera, a revelar sus
fotografías. Ese es el mayor de sus defectos; pero, en
conjunto, es muy trabajador. Y carece de vicios.
-Supongo que seguirá trabajando con usted.
-Sí, señor. Yo soy viudo, nunca tuve hijos, y en la
actualidad componen mi casa él y una chica de catorce años,
que sabe cocinar algunos platos sencillos y hacer la limpieza.
Los tres llevamos una vida tranquila, señor; y gracias a eso
estamos bajo techado, pagamos nuestras deudas, y no pasamos de
ahí. Fue el anuncio lo que primero nos sacó de quicio.
Spauling se presentó en la oficina, hoy hace exactamente ocho
semanas, con este mismo periódico en la mano, y me dijo: «¡Ojalá
Dios que yo fuese pelirrojo, señor Wilson!» Yo le pregunté:
«¿De qué se trata?» Y él me contestó: «Pues que se ha
producido otra vacante en la Liga de los Pelirrojos. Para quien
lo sea equivale a una pequeña fortuna, y, según tengo
entendido, son más las vacantes que los pelirrojos, de modo que
los albaceas testamentarios andan locos no sabiendo qué hacer
con el dinero. Si mi pelo cambiase de color, ahí tenía yo un
huequecito a pedir de boca donde meterme.» «Pero bueno, ¿de
qué se trata?», le pregunté. Mire, señor Holmes, yo soy un
hombre muy de su casa. Como el negocio vino a mí, en vez de ir
yo en busca del negocio, se pasan semanas enteras sin que yo
ponga el pie fuera del felpudo de la puerta del local. Por esa
razón vivía sin enterarme mucho de las cosas de fuera, y recibía
con gusto cualquier noticia. «¿Nunca oyó usted hablar de la
Liga de los Pelirrojos?», me preguntó con asombro. «Nunca.»
«Sí que es extraño, siendo como es usted uno de los
candidatos elegibles para ocupar las vacantes.» «Y ¿qué
supone en dinero?», le pregunté. «Una minucia. Nada más que
un par de centenares de libras al año, pero casi sin trabajo, y
sin que le impidan gran cosa dedicarse a sus propias
ocupaciones.» Se imaginará usted fácilmente que eso me hizo
afinar el oído, ya que mi negocio no marchaba demasiado bien
desde hacía algunos años, y un par de centenares de libras más
me habrían venido de perlas. «Explíqueme bien ese asunto»,
le dije. «Pues bien -me contestó mostrándome el anuncio-:
usted puede ver por sí mismo que la Liga tiene una vacante, y
en el mismo anuncio viene la dirección en que puede pedir todos
los detalles. Según a mí se me alcanza, la Liga fue fundada
por un millonario norteamericano, Ezekiah Hopkins, hombre raro
en sus cosas. Era pelirrojo, y sentía mucha simpatía por los
pelirrojos; por eso, cuando él falleció, se vino a saber que
había dejado su enorme fortuna encomendada a los albaceas, con
las instrucciones pertinentes a fin de proveer de empleos cómodos
a cuantos hombres tuviesen el pelo de ese mismo color. Por lo qué
he oído decir, el sueldo es espléndido, y el trabajo, escaso.»
Yo le contesté: «Pero serán millones los pelirrojos que los
soliciten.» «No tantos como usted se imagina -me contestó-. Fíjese
en que el ofrecimiento está limitado a los londinenses
, y a
hombres mayores de edad. El norteamericano en cuestión marchó
de Londres en su juventud, y quiso favorecer a su vieja y
querida ciudad. Me han dicho, además, que es inútil solicitar
la vacante cuando se tiene el pelo de un rojo claro o de un rojo
oscuro; el único que vale es el color rojo auténtico, vivo,
llameante, rabioso. Si le interesase solicitar la plaza, señor
Wilson, no tiene sino presentarse; aunque quizá no valga la
pena para usted el molestarse por unos pocos centenares de
libras.» La verdad es, caballeros, como ustedes mismos pueden
verlo, que mi pelo es de un rojo vivo y brillante, por lo que me
pareció que, si se celebraba un concurso, yo tenía tantas
probabilidades de ganarlo como el que más de cuantos pelirrojos
había encontrado en mi vida. Vicente Spaulding parecía tan
enterado del asunto, que pensé que podría serme de utilidad;
de modo, pues, que le di la orden de echar los postigos por
aquel día y de acompañarme inmediatamente. Le cayó muy bien
lo de tener un día de fiesta, de modo, pues, que cerramos el
negocio, y marchamos hacia la dirección que figuraba en el
anuncio. Yo no creo que vuelva a contemplar un espectáculo como
aquél en mi vida, señor Holmes. Procedentes del Norte, del
Sur, del Este y del Oeste, todos cuantos hombres tenían un algo
de rubicundo en los cabellos se habían largado a la City
respondiendo al anuncio. Fleet Street estaba obstruida de
pelirrojos, y Pope's Court producía la impresión del carrito
de un vendedor de naranjas. Jamás pensé que pudieran ser
tantos en el país como los que se congregaron por un solo
anuncio. Los había allí de todos los matices: rojo pajizo, limón,
naranja, ladrillo, perro setter, irlandés, hígado, arcilla.
Pero, según hizo notar Spaulding, no eran muchos los de un auténtico
rojo, vivo y llameante. Viendo que eran tantos los que
esperaban, estuve a punto de renunciar, de puro desánimo; pero
Spaulding no quiso ni oír hablar de semejante cosa. Yo no sé cómo
se las arregló, pero el caso es que, a fuerza de empujar a éste,
apartar al otro y chocar con el de más allá, me hizo cruzar
por entre aquella multitud, llevándome hasta la escalera que
conducía a las oficinas.
-Fue la suya una experiencia divertidísima -comentó
Holmes, mientras su cliente se callaba y refrescaba su memoria
con un pellizco de rapé-. Prosiga, por favor, su interesante
relato.
-En la oficina no había sino un par de sillas de madera
y una mesa de tabla, y estaba sentado un hombre pequeño,
y cuyo pelo era aún más rojo que el mío. Conforme se
presentaban los candidatos les decía algunas palabras, pero
siempre se las arreglaba para descalificarlos por algún
defectillo. Después de todo, no parecía cosa tan sencilla el
ocupar una vacante. Pero cuando nos llegó la vez a nosotros, el
hombrecito se mostró más inclinado hacia mí que hacia todos
los demás, y cerró la puerta cuando estuvimos dentro, a fin de
poder conversar reservadamente con nosotros. «Este señor se
llama Jabez Wilson -le dijo mi empleado-, y desearía ocupar la
vacante que hay en la Liga.» «Por cierto que se ajusta a
maravilla para el puesto -contestó el otro-. Reúne todos los
requisitos. No recuerdo desde cuándo no he visto pelo tan
hermoso.» Dio un paso atrás, torció a un lado la cabeza, y me
estuvo contemplando el pelo hasta que me sentí invadido de
rubor. Y de pronto, se abalanzó hacia mí, me dio un fuerte
apretón de manos y me felicitó calurosamente por mi éxito. «El
titubear constituiría una injusticia -dijo-. Pero estoy seguro
de que sabrá disculpar el que yo tome una precaución
elemental.» Y acto continuo me agarró del pelo con ambas
manos, y tiró hasta hacerme gritar de dolor. Al soltarme, me
dijo: «Tiene usted lágrimas en los ojos, de lo cual deduzco
que no hay trampa. Es preciso que tengamos sumo cuidado, porque
ya hemos sido engañados en dos ocasiones, una de ellas con
peluca postiza, y la otra, con el tinte. Podría contarle a
usted anécdotas del empleo de cera de zapatero remendón, como
para que se asquease de la condición humana.» Dicho esto se
acercó a la ventana, y anunció a voz en grito a los que
estaban debajo que había sido ocupada la vacante. Se alzó un
gemido de desilusión entre los que esperaban, y la gente se
desbandó, no quedando más pelirrojos a la vista que mi gerente
y yo. «Me llamo Duncan Ross -dijo éste-, y soy uno de los que
cobran pensión procedente del legado de nuestro noble
bienhechor. ¿Es usted casado, señor Wilson? ¿Tiene usted
familia?» Contesté que no la tenía. La cara de aquel hombre
se nubló en el acto, y me dijo con mucha gravedad: «¡ Vaya
por Dios, qué inconveniente más grande! ¡Cuánto lamento oírle
decir eso! Como es natural, la finalidad del legado es la de que
aumenten y se propaguen los pelirrojos, y no sólo su conservación.
Es una gran desgracia que usted sea un hombre sin familia.»
También mi cara se nubló al oír aquello, señor Holmes,
viendo que, después de todo, se me escapaba, la vacante; pero,
después de pensarlo por espacio de algunos minutos, sentenció
que eso no importaba. «Tratándose de otro -dijo-, esa objeción
podría ser fatal; pero estiraremos la cosa en favor de una
persona de un pelo como el suyo. ¿Cuándo podrá usted hacerse
cargo de sus nuevas obligaciones?» «Hay un pequeño
inconveniente, puesto que yo tengo un negocio mío», contesté.
«¡Oh! No se preocupe por eso, señor Wilson -dijo Vincent
Spaulding-. Yo me cuidaré de su negocio.» «¿Cuál será el
horario?», pregunté. «De diez a dos.» Pues bien: el negocio
de préstamos se hace principalmente al anochecer, señor
Holmes, especialmente los jueves y los viernes, es decir, los días
anteriores al de paga; me venía, pues, perfectamente el ganarme
algún dinerito por las mañanas. Además, yo sabía que mi
empleado es una buena persona y que atendería a todo lo que se
le presentase. «Ese horario me convendría perfectamente -le
dije-. ¿Y el sueldo?» «Cuatro libras a la semana.» «¿En qué
consistirá el trabajo?» «El trabajo es puramente nominal.»
«¿Qué entiende usted por puramente nominal?» «Pues que
durante esas horas tendrá usted que hacer acto de presencia en
esta oficina, o, por lo menos, en este edificio. Si usted se
ausenta del mismo, pierde para siempre su empleo. Sobre este
punto es terminante el testamento. Si usted se ausenta de la
oficina en estas horas, falta a su compromiso.» «Son nada más
que cuatro horas al día, y no se me ocurrirá ausentarme», le
contesté. «Si lo hiciese, no le valdrían excusas -me dijo el
señor Duncan Ross-. Ni por enfermedad, negocios, ni nada. Usted
tiene que permanecer aquí, so pena de perder la colocación.»
«¿Y el trabajo?» «Consiste en copiar la Enciclopedia Británica.
En este estante tiene usted el primer volumen. Usted tiene que
procurarse tinta, plumas y papel secante; nosotros le
suministramos esta mesa y esta silla. ¿Puede usted empezar mañana?»
«Desde luego que sí», le contesté. «Entonces, señor Jabez
Wilson, adiós, y permítame felicitarle una vez más por el
importante empleo que ha tenido usted la buena suerte de
conseguir.» Se despidió de mí con una reverencia, indicándome
que podía retirarme, y yo me volví a casa con mi empleado, sin
saber casi qué decir ni qué hacer, de tan satisfecho como
estaba con mi buena suerte. Pues bien: me pasé el día dando
vueltas en mi cabeza al asunto, y para cuando llegó la noche,
volví a sentirme abatido, porque estaba completamente
convencido de que todo aquello no era sino una broma o una
superchería, aunque no acertaba a imaginarme qué finalidad podían
proponerse. Parecía completamente imposible que hubiese nadie
capaz de hacer un testamento semejante, y de pagar un sueldo
como aquél por un trabajo tan sencillo como el de copiar la
Enciclopedia Británica. Vincent Spaulding hizo todo cuanto le
fue posible por darme ánimos, pero a la hora de acostarme había
yo acabado por desechar del todo la idea. Sin embargo, cuando
llegó la mañana resolví ver en qué quedaba aquello, compré
un frasco de tinta de a penique, me proveí de una pluma de
escribir y de siete pliegos de papel de oficio, y me puse en
camino para Pope's Court. Con gran sorpresa y satisfacción mía,
encontré las cosas todo lo bien que podían estar. La mesa
estaba a punto, y el señor Duncan Ross, presente para
cerciorarse de que yo me ponía a trabajar. Me señaló para
empezar la letra A, y luego se retiró; pero de cuando en cuando
aparecía por allí para comprobar que yo seguía en mi sitio. A
las dos me despidió, me felicitó por la cantidad de trabajo
que había hecho, y cerró la puerta del despacho después de
salir yo. Un día tras otro, las cosas siguieron de la misma
forma, y el gerente se presentó el sábado, poniéndome encima
de la mesa cuatro soberanos de oro, en pago del trabajo que yo
había realizado durante la semana. Lo mismo ocurrió la semana
siguiente, y la otra. Me presenté todas las mañanas a las
diez, y me ausenté a las dos. Poco a poco, el señor Duncan
Ross se limitó a venir una vez durante la mañana, y al cabo de
un tiempo dejó de venir del todo. Como es natural, yo no me
atreví, a pesar de eso, a ausentarme de la oficina un sólo
momento, porque no tenía la seguridad de que él no iba a
presentarse, y el empleo era tan bueno, y me venía tan bien,
que no me arriesgaba a perderlo. Transcurrieron de idéntica
manera ocho semanas, durante las cuales yo escribí lo referente
a los Abades, Arqueros, Armaduras, Arquitectura y Ática,
esperanzado de llegar, a fuerza de diligencia, muy pronto a la B. Me gasté algún dinero en papel de oficio, y ya tenía casi
lleno un estante con mis escritos. Y de pronto se acabó todo el
asunto.
-¿Que se acabó?
-Sí, señor. Y eso ha ocurrido esta mañana mismo. Me
presenté, como de costumbre, al trabajo a las diez; pero la
puerta estaba cerrada con llave, y en mitad de la hoja de la
misma, clavado con una tachuela, había un trocito de cartulina.
Aquí lo tiene, puede leerlo usted mismo.
Nos mostró un trozo de cartulina blanca, más o menos
del tamaño de un papel de cartas, que decía lo siguiente:
HA QUEDADO DISUELTA
LA LIGA DE LOS PELIRROJOS
9 OCTUBRE 1890.
Sherlock Holmes y yo examinamos aquel breve anuncio y la cara
afligida que había detrás del mismo, hasta que el lado cómico
del asunto se sobrepuso de tal manera a toda otra
consideración, que ambos rompimos en una carcajada estruendosa.
-Yo no veo que la cosa tenga nada de divertida -exclamó
nuestro cliente sonrojándose hasta la raíz de sus rojos
cabellos-. Si no pueden ustedes hacer en favor mío otra cosa
que reírse, me dirigiré a otra parte.
-No, no -le contestó Holmes empujándolo hacia el
sillón del que había empezado a levantarse-. Por nada del
mundo me perdería yo este asunto suyo. Se sale tanto de la
rutina, que resulta un descanso. Pero no se me ofenda si le digo
que hay en el mismo algo de divertido. Vamos a ver, ¿qué pasos
dio usted al encontrarse con ese letrero en la puerta?
-Me dejó de una pieza, señor. No sabía qué hacer.
Entré en las oficinas de al lado, pero nadie sabía nada. Por
último, me dirigí al dueño de la casa, que es contador y vive
en la planta baja, y le pregunté si podía darme alguna noticia
sobre lo ocurrido a la Liga de los Pelirrojos. Me contestó que
jamás había oído hablar de semejante sociedad. Entonces le
pregunté por el señor Duncan Ross, y me contestó que era la
vez primera que oía ese nombre. «Me refiero, señor, al
caballero de la oficina número cuatro», le dije. «¿Cómo?
¿El caballero pelirrojo?» «Ese mismo.» «Su verdadero nombre
es William Morris. Se trata de un procurador, y me alquiló la
habitación temporalmente, mientras quedaban listas sus propias
oficinas. Ayer se trasladó a ellas.» «Y ¿dónde podría
encontrarlo?» «En sus nuevas oficinas. Me dió su dirección.
Eso es, King Edward Street, número diecisiete, junto a San
Pablo.» Marché hacia allí, señor Holmes, pero cuando llegué
a esa dirección me encontré con que se trataba de una fábrica
de rodilleras artificiales, y nadie había oído hablar allí
del señor William Morris, ni del señor Duncan Ross.
-Y ¿qué hizo usted entonces? -le preguntó Holmes.
-Me dirigí a mi casa de Saxe-Coburg Square, y consulté
con mi empleado. No supo darme ninguna solución, salvo la de
decirme que esperase, porque con seguridad que recibiría
noticias por carta. Pero esto no me bastaba, señor Holmes. Yo
no quería perder una colocación como aquélla así como así;
por eso, como había oído decir que usted llevaba su bondad
hasta aconsejar a la pobre gente que lo necesita, me vine
derecho a usted.
-Y obró usted con gran acierto -dijo Holmes-. El caso de
usted resulta extraordinario, y lo estudiaré con sumo gusto. De
lo que usted me ha informado, deduzco que aquí están en juego
cosas mucho
más graves de lo que a primera vista parece.
-¡Que si se juegan cosas graves! -dijo el señor Jabez
Wilson-. Yo, por mi parte, pierdo nada menos que cuatro libras
semanales.
-Por lo que a usted respecta -le hizo notar Holmes-, no
veo que usted tenga queja alguna contra esta extraordinaria
Liga. Todo lo contrario; por lo que le he oído decir, usted se
ha embolsado unas treinta libras, dejando fuera de
consideración los minuciosos conocimientos que ha adquirido
sobre cuantos temas caen bajo la letra A. A usted no le han
causado ningún perjuicio.
-No, señor. Pero quiero saber de esa gente, enterarme de
quiénes son, y qué se propusieron haciéndome esta jugarreta,
porque se trata de una jugarreta. La broma les salió cara, ya
que les ha costado treinta y dos libras.
-Procuraremos ponerle en claro esos extremos. Empecemos
por un par de preguntas,
señor Wilson. Ese empleado suyo, que
fue quien primero le llamó la atención acerca del anuncio,
¿qué tiempo llevaba con usted?
-Cosa de un mes.
-¿Cómo fue el venir a pedirle empleo?
-Porque puse un anuncio.
-¿No se presentaron más aspirantes que él?
-Se presentaron en número de una docena.
-¿Por qué se decidió usted por él?
-Porque era listo y se ofrecía barato.
-A mitad de salario, ¿verdad?
-Sí.
-¿Cómo es ese Vicente Spaulding?
-Pequeño, grueso, muy activo, imberbe, aunque no bajará
de los treinta años. Tiene en la frente una mancha blanca, de
salpicadura de algún ácido.
Holmes se irguió en su asiento, muy
excitado
, y dijo:
-Me lo imaginaba. ¿Nunca se fijó usted en si tiene las
orejas agujereadas como para llevar pendientes?
-Sí, señor. Me contó que se las había agujereado una
gitana cuando era todavía muchacho.
-¡Ejem!-dijo Holmes recostándose de nuevo en su
asiento-. Y ¿sigue todavía en casa de usted?
- Sí, señor; no hace sino un instante que lo dejé.
-¿Y estuvo bien atendido el negocio de usted durante su
ausencia?
-No tengo queja alguna, señor. De todos modos, poco es
el negocio que se hace por las mañanas.
-Con esto me basta, señor Wilson. Tendré mucho gusto en
exponerle mi opinión acerca de este asunto dentro de un par de
días. Hoy es sábado; espero haber llegado a una conclusión
allá para el lunes.
-Veamos, Watson -me dijo Holmes una vez que se hubo
marchado nuestro visitante-. ¿Qué saca usted en limpio de todo
esto?
-Yo no saco nada -le contesté con franqueza-. Es un
asunto por demás misterioso.
-Por regla general -me dijo Holmes-, cuanto más
estrambótica es una cosa, menos misteriosa suele resultar. Los
verdaderamente desconcertantes son esos crímenes vulgares y
adocenados, de igual manera que un rostro corriente es el más
difícil de identificar. Pero en este asunto de ahora tendré
que actuar con rapidez.
-Y ¿qué va usted a hacer? -le pregunté.
-Fumar -me respondió-. Es un asunto que me llevará sus
tres buenas pipas, y yo le pido a usted que no me dirija la
palabra durante cincuenta minutos.
Sherlock Holmes se hizo un ovillo en su sillón,
levantando las rodillas hasta tocar su nariz aguileña, y de ese
modo permaneció con los ojos cerrados y la negra pipa de
arcilla apuntando fuera, igual que el pico de algún
extraordinario pajarraco
. Yo había llegado a la conclusión de
que se había dormido, y yo mismo estaba cabeceando; pero Holmes
saltó de pronto de su asiento con el gesto de un hombre que ha
tomado una resolución, y dejó la pipa encima de la repisa de
la chimenea, diciendo:
-Esta tarde toca Sarasate
en St. James Hall. ¿Qué opina
usted, Watson? ¿Pueden sus enfermos prescindir de usted durante
algunas horas?
-Hoy no tengo nada que hacer. Mi clientela no me acapara
nunca mucho.
-En ese caso, póngase el sombrero y acompáñeme.
Pasaré primero por la City, y por el camino podemos almorzar
alguna cosa. Me he fijado en que el programa incluye mucha
música alemana, que resulta más de mi gusto que la italiana y
la francesa. Es música introspectiva, y yo quiero hacer un
examen de conciencia. Vamos.
Hasta Aldersgate hicimos el viaje en el ferrocarril
subterráneo; un corto paseo nos llevó hasta Saxe-Coburg Square,
escenario del extraño relato que habíamos escuchado por la
mañana. Era ésta una placita ahogada, pequeña, de quiero y no
puedo, en la que cuatro hileras de desaseadas casas de ladrillo
de dos pisos miraban a un pequeño cercado, de verjas, dentro
del cual una raquítica cespedera y unas pocas matas de ajado
laurel luchaban valerosamente contra una atmósfera cargada de
humo y adversa. Tres bolas doradas y un rótulo marrón con el
nombre «Jabez Wilson», en letras blancas, en una casa que
hacía esquina, servían de anuncio al local en que nuestro
pelirrojo cliente realizaba sus transacciones. Sherlock Holmes
se detuvo delante del mismo, ladeó la cabeza y lo examinó
detenidamente con ojos que brillaban entre sus encogidos
párpados. Después caminó despacio calle arriba, y luego calle
abajo hasta la esquina, siempre con la vista clavada en los
edificios. Regresó, por último, hasta la casa del prestamista,
y, después de golpear con fuerza dos o tres veces en el suelo
con el bastón
, se acercó a la puerta y llamó. Abrió en el
acto un joven de aspecto despierto, bien afeitado, y le invitó
a entrar.
-No, gracias; quería sólo preguntar por dónde se va a
Stran -dijo Holmes.
-Tres a la derecha, y luego cuatro a la izquierda
contestó el empleado, apresurándose a cerrar.
-He ahí un individuo listo -comentó Holmes cuando nos
alejábamos-. En mi opinión, es el cuarto en listeza de Londres
, y en cuanto a audacia, quizá pueda aspirar a ocupar el
tercer lugar. He tenido antes de ahora ocasión de intervenir en
asuntos relacionados con él.
-Es evidente -dije yo- que el empleado del señor Wilson
entre por mucho en este misterio de la Liga de los Pelirrojos.
Estoy seguro de que usted le preguntó el camino únicamente
para tener ocasión de echarle la vista encima.
-No a él.
-¿A quién, entonces?
-A las rodilleras de sus pantalones.
-¿Y qué vio usted en ellas?
-Lo que esperaba ver.
-¿Y por qué golpeó usted el suelo de la acera?
-Mi querido doctor, éstos son momentos de observar, no
de hablar. Somos espías en campo enemigo. Ya sabemos algo de
Saxe-Coburg Square. Exploremos ahora las travesías que tiene en
su parte posterior.
La carretera por la que nos metimos al doblar la esquina
de la apartada plaza de Saxe-Coburg presentaba con ésta el
mismo contraste que la cara de un cuadro con su reverso
.
Estábamos ahora en una de las arterias principales por donde
discurre el tráfico de la City hacia el Norte y hacia el Oeste.
La calzada se hallaba bloqueada por el inmenso río del tráfico
comercial que fluía en una doble marea hacia dentro y hacia
fuera, en tanto que los andenes hormigueaban de gentes que
caminaban presurosas. Contemplando la hilera de tiendas
elegantes y de magníficos locales de negocio, resultaba
difícil hacerse a la idea de que, en efecto, desembocasen por
el otro lado en la plaza descolorida y muerta que acabábamos de
dejar.
-Veamos -dijo Holmes, en pie en la esquina y dirigiendo
su vista por la hilera de edificios adelante-. Me gustaría
poder recordar el orden en que están aquí las casas. Una de
mis aficiones es la de conocer Londres al dedillo. Tenemos el
Mortimer's, el despacho de tabacos, la tiendecita de
periódicos, la sucursal Coburg del City and Suburban Bank
, el
restaurante vegetalista y el depósito de las carrocerías
McFarlane. Y con esto pasamos a la otra manzana, Y ahora,
doctor, ya hemos hecho nuestro trabajo
, y es tiempo de que
tengamos alguna distracción. Un bocadillo, una taza de café, y
acto seguido a los dominios del violín
, donde todo es dulzura,
delicadeza y armonía, y donde no existen clientes pelirrojos
que nos molesten con sus rompecabezas.
Era mi amigo un músico entusiasta que no se limitaba a
su gran destreza de ejecutante, sino que escribía composiciones
de verdadero mérito
. Permaneció toda la tarde sentado en su
butaca sumido en la felicidad más completa; de cuando en cuando
marcaba gentilmente con el dedo el compás de la música,
mientras que su rostro de dulce sonrisa y sus ojos ensoñadores
se parecían tan poco a los de Holmes el sabueso, a los de
Holmes el perseguidor implacable, agudo, ágil, de criminales,
como es posible concebir. Los dos aspectos de su singular
temperamento se afirmaban alternativamente, y su extremada
exactitud y astucia representaban, según yo pensé muchas
veces, la reacción contra el humor poético y contemplativo
que, en ocasiones, se sobreponía dentro de él. Ese vaivén de
su temperamento lo hacía pasar desde la más extrema languidez
a una devoradora energía; y, según yo tuve oportunidad de
saberlo bien, no se mostraba nunca tan verdaderamente formidable
como cuando se había pasado días enteros descansando
ociosamente en su sillón, entregado a sus improvisaciones y a
sus libros de letra gótica
. Era entonces cuando le acometía de
súbito el anhelo vehemente de la caza, y cuando su brillante
facultad de razonar se elevaba hasta el nivel de la intuición,
llegando al punto de que quienes no estaban familiarizados con
sus métodos le mirasen de soslayo, como a persona cuyo saber no
era el mismo de los demás mortales. Cuando aquella tarde lo vi
tan arrebujado en la música de St. James Hall
, tuve la
sensación de que quizá se les venían encima malos momentos a
aquellos en cuya persecución se había lanzado.
-Seguramente que querrá usted ir a su casa, doctor -me
dijo cuando salíamos.
-Sí, no estaría de más.
-Y yo tengo ciertos asuntos que me llevarán varias
horas. Este de la plaza de Coburg es cosa grave.
-¿Cosa grave? ¿Por qué?
-Está preparándose un gran crimen. Tengo toda clase de
razones para creer que llegaremos a tiempo de evitarlo. Pero el
ser hoy sábado complica bastante las cosas. Esta noche lo
necesitaré a usted.

-¿A qué hora?
-Con que venga a las diez será suficiente.
-Estaré a las diez en Baker Street.
-Perfectamente. ¡Oiga, doctor! Échese el revólver al
bolsillo, porque quizá la cosa sea peligrosilla.
Me saludó con un vaivén de la mano, giró sobre sus
tacones, y desapareció instantáneamente entre la multitud.
Yo no me tengo por más torpe que mis convecinos, pero
siempre que tenía que tratar con Sherlock Holmes me sentía
como atenazado por mi propia estupidez. En este caso de ahora,
yo había oído todo lo que él había oído, había visto lo
que él había visto, y, sin embargo, era evidente, a juzgar por
sus palabras, que él veía con claridad no solamente lo que
había ocurrido, sino también lo que estaba a punto de ocurrir,
mientras que a mí se me presentaba todavía todo el asunto como
grotesco y confuso. Mientras iba en coche hasta mi casa de
Kensington, medité sobre todo lo ocurrido, desde el
extraordinario relato del pelirrojo copista de la Enciclopedia,
hasta la visita a Saxe-Coburg Square, y las frases ominosas con
que Holmes se había despedido de mí. ¿Qué expedición
nocturna era aquélla, y por qué razón tenía yo que ir
armado? ¿Adonde iríamos, y qué era lo que teníamos que
hacer? Holmes me había insinuado que el empleado barbilampiño
del prestamista era un hombre temible, un hombre que quizá
estaba desarrollando un juego de gran alcance. Intenté
desenredar el enigma, pero renuncié a ello con desesperanza,
dejando de lado el asunto hasta que la noche me trajese una
explicación.
Eran las nueve y cuarto cuando salí de mi casa y me
encaminé, cruzando el Parque y siguiendo por Oxford Street,
hasta Baker Street. Había parados delante de la puerta dos
coches hanso, y al entrar en el Vestíbulo oí ruido de voces en
el piso superior. Al entrar en la habitación de Holmes,
encontré a éste en animada conversación con dos hombres, en
uno de los cuales reconocí al agente oficial de Policía Peter
Jones; el otro era un hombre alto, delgado, de cara triste, de
sombrero muy lustroso y levita abrumadoramente respetable.
-¡Ajá! Ya está completa nuestra expedición -dijo
Holmes, abrochándose la zamarra de marinero y cogiendo del
perchero su pesado látigo de caza-. Creo que usted, Watson.
conoce ya al señor Jones, de Scotland Yard
. Permítame que le
presente al señor Merryweather, que será esta noche compañero
nuestro de aventuras.
-Otra vez salimos de caza por parejas, como usted ve,
doctor -me dijo Jones con su prosopopeya habitual-. Este amigo
nuestro es asombroso para levantar la pieza. Lo que él necesita
es un perro viejo que le ayude a cazarla.

-Espero que, al final de nuestra caza, no resulte que
hemos estado persiguiendo fantasmas -comentó, lúgubre, el
señor Merryweather.
-Caballero, puede usted depositar una buena dosis de
confianza en el señor Holmes -dijo con engreimiento el agente
de Policía-. Él tiene pequeños métodos propios, y éstos
son, si él no se ofende porque yo se lo diga, demasiado
teóricos y fantásticos, pero lleva dentro de sí mismo a un
detective hecho y derecho. No digo nada de más afirmando que en
una o dos ocasiones, tales como el asunto del asesinato de
Sholto y del tesoro de Agra, ha andado más cerca de la verdad
que la organización policíaca.

-Me basta con que diga usted eso, señor Jones
-respondió con deferencia el desconocido-. Pero reconozco que
echo de menos mi partida de cartas. Por vez primera en
veintisiete años, dejo de jugar mi partida de cartas un sábado
por la noche.
-Creo-le hizo notar Sherlock Holmes -que esta noche se
juega usted algo de mucha mayor importancia que todo lo que se
ha jugado hasta ahora, y que la partida le resultará más
emocionante. Usted, señor Merryweather, se juega unas treinta
mil libras esterlinas, y usted, Jones, la oportunidad de echarle
el guante al individuo a quien anda buscando.

-A John Clay, asesino, ladrón, quebrado fraudulento y
falsificador. Se trata de un individuo joven, señor
Merryweather, pero marcha a la cabeza de su profesión, y
preferiría esposarlo a él mejor que a ningún otro de los
criminales de Londres. Este John Clay es hombre extraordinario.
Su abuelo era duque de sangre real, y el nieto cursó estudios
en Eton y en Oxford. Su cerebro funciona con tanta destreza como
sus manos, y aunque encontramos rastros suyos a la vuelta de
cada esquina, jamás sabemos dónde dar con él. Esta semana
violenta una casa en Escocia, y a la siguiente va y viene por
Cornwall recogiendo fondos para construir un orfanato. Llevo
persiguiéndolo varios años, y nunca pude ponerle los ojos
encima.
-Espero tener el gusto de presentárselo esta noche.
También yo he tenido mis más y mis menos con el señor John
Clay, y estoy de acuerdo con usted en que va a la cabeza de su
profesión. Pero son ya las diez bien pasadas, y es hora de que
nos pongamos en camino. Si ustedes suben en el primer coche,
Watson y yo los seguiremos en el segundo.
Sherlock Holmes no se mostró muy comunicativo durante
nuestro largo trayecto en coche, y se arrellanó en su asiento
tarareando melodías que había oído aquella tarde
. Avanzamos
traqueteando por un laberinto inacabable de calles alumbradas
con gas, y desembocamos, por fin, en Farringdon Street.
-Ya estamos llegando -comentó mi amigo-. Este
Merryweather es director de un Banco, y el asunto le interesa de
una manera personal. Me pareció asimismo bien el que nos
acompañase Jones. No es mala persona, aunque en su profesión
resulte un imbécil
perfecto. Posee una positiva buena cualidad.
Es valiente como un bull-dog, y tan tenaz como una langosta
cuando cierra sus garras sobre alguien. Ya hemos llegado, y nos
esperan.
Estábamos en la misma concurrida arteria que habíamos
visitado por la mañana. Despedimos a nuestros coches y, guiados
por el señor Merryweather, nos metimos por un estrecho pasaje,
y cruzamos una puerta lateral que se abrió al llegar nosotros.
Al otro lado había un corto pasillo, que terminaba en una
pesadísima puerta de hierro. También ésta se abrió,
dejándonos pasar a una escalera de piedra y en curva, que
terminaba en otra formidable puerta. El señor Merryweather se
detuvo para encender una linterna, y luego nos condujo por un
corredor oscuro y que olía a tierra; luego, después de abrir
una tercera puerta, desembocamos en una inmensa bóveda o bodega
en que había amontonadas por todo su alrededor jaulas de
embalaje con cajas macizas dentro.
-Desde arriba no resulta usted muy vulnerable -hizo notar
Holmes, manteniendo en alto la linterna y revisándolo todo con
la mirada.
-Ni desde abajo -dijo el señor Merryweather golpeando
con su bastón
en las losas con que estaba empedrado el suelo-.
¡Por vida mía, esto suena a hueco! -exclamó, alzando
sorprendido la vista.
-Me veo obligado a pedir a usted que permanezca un poco
más tranquilo -le dijo con severidad Holmes-. Acaba usted de
poner en peligro todo el éxito de la expedición. ¿Puedo
pedirle que tenga la bondad de sentarse encima de una de estas
cajas, sin intervenir en nada?
El solemne señor Merryweather se encaramó a una de las
jaulas de embalaje mostrando gran disgusto en su cara, mientras
Holmes se arrodillaba en el suelo y, sirviéndose de la linterna
y de una lente de aumento
, comenzó a escudriñar minuciosamente
las rendijas entre losa y losa. Le bastaron pocos segundos para
llegar al convencimiento
, porque se puso ágilmente en pie y se
guardó su lente en el bolsillo.
-Tenemos por delante lo menos una hora -dijo a modo de
comentario-, porque nada pueden hacer mientras el prestamista no
se haya metido en la cama. Pero cuando esto ocurra, pondrán
inmediatamente manos a la obra, pues cuanto antes le den fin,
más tiempo les quedará para la fuga. Doctor, en este momento
nos encontramos, según usted habrá ya adivinado, en los
sótanos de la sucursal que tiene en la City uno de los
principales bancos londinenses. El señor Merryweather es el
presidente del Consejo de dirección, y él explicará a usted
por qué razones puede esta bodega despertar ahora mismo vivo
interés en los criminales más audaces de Londres.
-Se trata del oro francés que aquí tenemos -cuchicheó
el director-. Hemos recibido ya varias advertencias de que
quizá se llevase a cabo una tentativa para robárnoslo.

-¿El oro francés?
-Sí. Hace algunos meses se nos presentó la conveniencia
de reforzar nuestros recursos, y para ello tomamos en préstamo
treinta mil napoleones oro al Banco de Francia. Ha corrido la
noticia de que no habíamos tenido necesidad de desempaquetar el
dinero, y que éste se encuentra aún en nuestra bodega. Esta
jaula sobre la que estoy sentado encierra dos mil napoleones
empaquetados entre capas superpuestas de plomo. En este momento,
nuestras reservas en oro son mucho más elevadas de lo que es
corriente guardar en una sucursal, y el Consejo de dirección
tenía sus recelos por este motivo.
-Recelos que estaban muy justificados -hizo notar Holmes-.
Es hora ya de que pongamos en marcha nuestros pequeños planes.
Calculo que de aquí a una hora las cosas habrán hecho crisis.
Para empezar, señor Merryweather, es preciso que corra la
pantalla de esta linterna sorda.
-¿Y vamos a permanecer en la oscuridad?
-Eso me temo. Traje conmigo un juego de cartas, pensando
que, en fin de cuentas, siendo como somos una partie carrée,
quizá no se quedara usted sin echar su partidita habitual.
Pero, según he observado, los preparativos del enemigo se
hallan tan avanzados, que no podemos correr el riesgo de tener
luz encendida
. Y. antes que nada, tenemos que tomar posiciones.
Esta gente es temeraria y, aunque los situaremos en desventaja,
podrían causarnos daño si no andamos con cuidado. Yo me
situaré detrás de esta jaula, y ustedes escóndanse detrás de
aquéllas. Cuando yo los enfoque con una luz, ustedes los cercan
rápidamente. Si ellos hacen fuego, no sienta remordimientos de
tumbarlos a tiros, Watson
.
Coloqué mi revólver, con el gatillo levantado, sobre la
caja de madera detrás de la cual estaba yo parapetado. Holmes
corrió la cortina delantera de su linterna, y nos dejó;
sumidos en negra oscuridad, en la oscuridad más absoluta en que
yo me encontré hasta entonces. El olor del metal caliente
seguía atestiguándonos que la luz estaba encendida, pronta a
brillar instantáneamente. Aquellas súbitas tinieblas, y el
aire frío y húmedo de la bodega, ejercieron una impresión
deprimente y amortiguadora sobre mis nervios, tensos por la más
viva expectación.
-Sólo les queda un camino para la retirada -cuchicheó
Holmes-; el de volver a la casa y salir a Saxe-Coburg Square.
Habrá usted hecho ya lo que le pedí, ¿verdad?
-Un inspector y dos funcionarios esperan en la puerta
delantera.
-Entonces, les hemos tapado todos los agujeros. Silencio,
pues, y a esperar.
¡Qué larguísimo resultó aquello! Comparando notas
más tarde, resulta que la espera fue de una hora y cuarto, pero
yo tuve la sensación de que había transcurrido la noche y que
debía de estar alboreando por encima de nuestras cabezas.
Tenía los miembros entumecidos y cansados, porque no me
atrevía a cambiar de postura, pero mis nervios habían
alcanzado el más alto punto de tensión, y mi oído se había
agudizado hasta el punto de que no sólo escuchaba la suave
respiración de mis compañeros, sino que distinguía por su
mayor volumen la inspiración del voluminoso Jones, de la nota
suspirante del director del Banco. Desde donde yo estaba, podía
mirar por encima del cajón hacia el piso de la bodega. Mis ojos
percibieron de pronto el brillo de una luz.
Empezó por ser nada más que una leve chispa en las
losas del empedrado, y luego se alargó hasta convertirse en una
línea amarilla; de pronto, sin ninguna advertencia ni ruido,
pareció abrirse un desgarrón, y apareció una mano blanca,
femenina casi, que tanteó por el centro de la pequeña
superficie de luz. Por espacio de un minuto o más, sobresalió
la mano del suelo, con sus inquietos dedos. Se retiró luego tan
súbitamente como había aparecido, y todo volvió a quedar
sumido en la oscuridad, menos una chispita cárdena, reveladora
de una grieta entre las losas.
Pero esa desaparición fue momentánea. Una de las losas,
blancas y anchas, giró sobre uno de sus lados, produciendo un
ruido chirriante, de desgarramiento, dejando abierto un hueco
cuadrado, por el que se proyectó hacia fuera la luz de una
linterna. Asomó por encima de los bordes una cara
barbilampiña, infantil, que miró con gran atención a su
alrededor y luego, haciendo palanca con las manos a un lado y
otro de la abertura, se lanzó hasta sacar primero los hombros,
luego la cintura, y apoyó por fin una rodilla encima del borde.
Un instante después se irguió en pie a un costado del agujero,
ayudando a subir a un compañero, delgado y pequeño como él,
de cara pálida y una mata de pelo de un rojo vivo.
-No hay nadie -cuchicheó-. ¿Tienes el cortafrío y los
talegos?... ¡Válgame Dios! ¡Salta, Archie, salta; yo le haré
frente!
Sherlock Holrnes había saltado de su escondite,
agarrando al intruso por el cuello de la ropa
. El otro se
zambulló en el agujero, y yo pude oír el desgarrón de sus
faldones en los que Jones había hecho presa. Centelleó la luz
en el cañón de un revólver, pero el látigo de caza
de Holmes
cayó sobre la muñeca del individuo, y el arma fue a parar al
suelo, produciendo un ruido metálico sobre las losas.
-Es inútil, John Clay -le dijo Holmes, sin alterarse-;
no tiene usted la menor probabilidad a su favor.
-Ya lo veo -contestó el otro con la mayor sangre fría-.
Supongo que mi compañero está a salvo, aunque, por lo que veo,
se han quedado ustedes con las colas de su chaqueta.
-Le esperan tres hombres a la puerta -le dijo Holmes.
-¿Ah, sí? Por lo visto no se le ha escapado a usted
detalle. Le felicito.
-Y yo a usted -le contestó Holmes-. Su idea de los
pelirrojos tuvo gran novedad y eficacia.
-En seguida va usted a encontrarse con su compinche -dijo
Jones-. Es más ágil que yo descolgándose por los agujeros.
Alargue las manos mientras le coloco las pulseras.
-Haga el favor de no tocarme con sus manos sucias -comentó el preso, en el momento en que se oyó el clic de las
esposas al cerrarse-. Quizá ignore que corre por mis venas
sangre real
. Tenga también la amabilidad de darme el
tratamiento de señor y de pedirme las cosas por favor.
-Perfectamente-dijo Jones, abriendo los ojos y con una
risita-. ¿Se digna, señor, caminar escaleras arriba, para que
podamos llamar a un coche y conducir a su alteza hasta la
Comisaría?
-Así está mejor -contestó John Clay serenamente. Nos
saludó a los tres con una gran inclinación cortesana, y salió
de allí tranquilo, custodiado por el detective.
-Señor Holmes -dijo el señor Merryweather, mientras
íbamos tras ellos, después de salir de la bodega-, yo no sé
cómo podrá el Banco agradecérselo y recompensárselo. No cabe
duda de que usted ha sabido descubrir y desbaratar del modo más
completo una de las tentativas más audaces de robo de bancos
que yo he conocido.
-Tenía mis pequeñas cuentas que saldar con el señor
John Clay -contestó Holmes-. El asunto me ha ocasionado algunos
pequeños desembolsos que espero que el Banco me reembolsará
.
Fuera de eso, estoy ampliamente recompensado con esta
experiencia, que es en muchos aspectos única, y con haberme
podido enterar del extraordinario relato de la Liga de los
Pelirrojos.
Ya de mañana, sentado frente a sendos vasos de whisky
con soda en Baker Street, me explicó
Holmes:
-Comprenda usted, Watson; resultaba evidente desde el
principio que la única finalidad posible de ese fantástico
negocio del anuncio de la Liga y del copiar la Enciclopedia,
tenía que ser el alejar durante un número determinado de horas
todos los días a este prestamista, que tiene muy poco dé
listo. El medio fue muy raro, pero la verdad es que habría sido
difícil inventar otro mejor. Con seguridad que fue el color del
pelo de su cómplice lo que sugirió la idea al cerebro
ingenioso de Clay. Las cuatro libras semanales eran un espejuelo
que forzosamente tenía que atraerlo, ¿y qué suponía eso para
ellos, que se jugaban en el asunto muchos millares? Insertan el
anuncio; uno de los granujas alquila temporalmente la oficina, y
el otro incita al prestamista a que se presente a solicitar el
empleo, y entre los dos se las arreglan para conseguir que esté
ausente todos los días laborables. Desde que me enteré de que
el empleado trabajaba a mitad de sueldo, vi con claridad que
tenía algún motivo importante para ocupar aquel empleo.
-¿Y cómo llegó usted a adivinar este motivo?
-Si en la casa hubiese habido mujeres, habría sospechado
que se trataba de un vulgar enredo amoroso. Pero no había que
pensar en ello. El negocio que el prestamista hacía era
pequeño, y no había nada dentro de la casa que pudiera
explicar una preparación tan complicada y un desembolso como el
que estaban haciendo. Por consiguiente, era por fuerza algo que
estaba fuera de la casa. ¿Qué podía ser? Me dio en qué
pensar la afición del empleado a la fotografía, y el truco
suyo de desaparecer en la bodega... ¡La bodega! En ella estaba
uno de los extremos de la complicada madeja. Pregunté detalles
acerca del misterioso empleado, y me encontré con que tenía
que habérmelas con uno de los criminales más calculadores y
audaces de Londres. Este hombre estaba realizando en la bodega
algún trabajo que le exigía varias horas todos los días, y
esto por espacio de meses. ¿Qué puede ser?, volví a
preguntarme. No me quedaba sino pensar que estaba abriendo un
túnel que desembocaría en algún otro edificio. A ese punto
había llegado cuando fui a visitar el lugar de la acción. Lo
sorprendí a usted cuando golpeé el suelo con mi bastón. Lo
que yo buscaba era descubrir si la bodega se extendía hacia la
parte delantera o hacia la parte posterior. No daba a la parte
delantera. Tiré entonces de la campanilla, y acudió, como yo
esperaba, el empleado. El y yo hemos librado algunas
escaramuzas, pero nunca nos habíamos visto. Apenas si me fijé
en su cara. Lo que yo deseaba ver eran sus rodillas. Usted mismo
debió de fijarse en lo desgastadas y llenas de arrugas y de
manchas que estaban. Pregonaban las horas que se había pasado
socavando el agujero. Ya sólo quedaba por determinar hacia
dónde lo abrían. Doblé la esquina, me fijé en que el City
and Suburban Bank daba al local de nuestro amigo, y tuve la
sensación de haber resuelto el problema. Mientras usted,
después del concierto, marchó en coche a su casa, yo me fui de
visita a Scotland Yard, y a casa del presidente del directorio
del Banco, con el resultado que usted ha visto.
-¿Y cómo pudo usted afirmar que realizarían esta noche
su tentativa? -le pregunté.
-Pues bien: al cerrar las oficinas de la Liga daban con
ello a entender que ya les tenia sin cuidado la presencia del
señor Jabez Wilson; en otras palabras: que habían terminado su
túnel. Pero resultaba fundamental que lo aprovechasen pronto,
ante la posibilidad de que fuese descubierto, o el oro
trasladado a otro sitio. Les convenía el sábado, mejor que
otro día cualquiera, porque les proporcionaba dos días para
huir. Por todas esas razones yo creí que vendrían esta noche.
-Hizo usted sus deducciones magníficamente -exclamé con
admiración sincera-. La cadena es larga, pero, sin embargo,
todos sus eslabones suenan a cosa cierta.
-Me libró de mi fastidio -contestó Holmes, bostezando-.
Por desgracia, ya estoy sintiendo que otra vez se apodera de
mí. Mi vida se desarrolla en un largo esfuerzo para huir de las
vulgaridades de la existencia. Estos pequeños problemas me
ayudan a conseguirlo
.
-Y es usted un benefactor de la raza humana -le dije yo.
Holmes se encogió de hombros
, y contestó a modo de
comentario:
-Pues bien: en fin de cuentas, quizá tengan alguna
pequeña utilidad. L'homme c'est ríen, l'ouvre c'est tout,
según escribió Gustavo Flaubert a George Sand
.

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