A pesar de la vulgaridad de sus
líneas, la «Aorai» maniobraba muy bien con la ligera brisa, y su capitán
la manejaba a satisfacción, dirigiéndola hacia la playa. Hikueru tenía
una dársena natural de poca profundidad, un círculo de arena color coral
de unas cien yardas de anchura, veinte millas de circunferencia rodeando
la isla y de tres a cinco pies de profundidad. En el fondo de esta
enorme laguna había muchas ostras perlíferas, y desde el puente de la
goleta se podía ver muy bien cómo los buzos trabajaban bajo el agua. La
laguna no tenía entrada ni para una goleta mercante. Con brisa
favorable, los barcos de poco calado podían entrar sorteando las
tortuosidades del canal, pero las goletas tenían que quedarse fuera y
mandar sus pequeños botes.
La «Aorai»
destacó con rapidez una de sus lanchas, en la que iban remando seis
marineros de tez bronceada, vestidos con una especie de bañador rojo. En
la popa de la barca iba un joven luciendo el clásico traje blanco de los
europeos, pero no era europeo; el tono dorado de su piel y sus pómulos
algo salientes delataban al indígena de la Polinesia, a pesar de sus
brillantes ojos azules. Se llamaba Raúl, Alejandro Raúl, hijo menor de
María Raúl, riquísima mujer semieuropea, dueña de media docena de
goletas como la Aorai.
Al extremo
del banco de coralinas arenas, cubiertas de espuma por las olas, la
lancha se abrió paso hacia el lago tranquilo que circundaba la isla,
semejando un espejo. El joven Raúl saltó sobre la fina arena y dio un
apretón de manos a un indígena alto, de pecho y hombros magníficos; pero
el muñón de su brazo derecho, del que se percibía un hueso blanco por el
tiempo y desprovisto de carne, denotaba bien a las claras que un
encuentro con un tiburón había puesto fin a sus días de intrépido
buscador, convirtiéndole en un intrigante mediador de favores de menor
cuantía.
—¿Se ha
enterado usted, Alec? —fueron sus primeras palabras—. Mapuhi ha
encontrado una perla. ¡Qué perla! Nunca se ha visto una así en Hikueru,
ni en todo las Paumotus, ni en el mundo entero; cómpresela, la tiene
todavía, y acuérdese de que he sido yo quien le ha dado la primera
noticia; es un loco, y la podría usted obtener barata... ¿Tiene usted
tabaco?
Cruzando la
playa, Raúl se dirigió a una choza que bajo unos árboles había al otro
extremo. Era el sobrecargo de la goleta, y su misión consistía en
acaparar cuantas perlas, nácar y productos indígenas valieran la pena en
todas las Paumotus. Muy joven, este era el segundo viaje que efectuaba,
y sufría interiormente por su inexperiencia en tasar el valor de las
perlas.
Cuando
Mapuhi le enseñó la perla, tuvo que hacer un esfuerzo para ocultar su
sorpresa y adquirir una expresión de indiferencia comercial. La perla le
causó asombro; era del tamaño de un huevo de paloma, perfectamente
redonda, de una blancura tal, que tenía reflejos opalescentes de todos
colores; parecía que estaba viva; nunca había visto cosa parecida.
Cuando Mapuhi la dejó caer en sus manos, se quedó sorprendido de su
peso; éste demostraba que era una gran perla; la examinó con detención
ayudándose con una lupa de bolsillo. No tenía defectos, era de una
pureza sin igual y en la sombra aparecía luminosa como luz de luna, tan
translúcida que cuando la echó en un vaso de agua le costó trabajo
encontrarla, por lo rápida y vertical que cayó al fondo, lo cual le
convenció de que su peso era excelente.
—Bien,
¿qué es lo que quieres por ella? —preguntó con estudiado aire de
indiferencia.
—Quiero... —empezó diciendo Mapuhi, al que servían de marco y coro las
bronceadas cabezas de dos mujeres y una muchacha que ocupaban con él la
choza y hacían gestos de asentimiento cuando hablaba— quiero una casa
—continuó Mapuhi—, y tendrá un techo de hierro galvanizado y un gran
reloj de péndulo; deberá tener un patio alrededor, un cuarto muy grande
en el centro, con una mesa redonda en medio y el reloj en la pared;
tendrá cuatro alcobas, dos a cada lado del cuarto grande, y en cada una
de ellas una cama de hierro, dos sillas y un lavabo. En la parte de
atrás estará la cocina, con cacerolas, cacharros y un horno, y quiero
que me haga usted mi casa en mi isla, que es Fakarava.
—¿Es eso
todo? —preguntó Raúl con incredulidad.
—También debe haber una máquina de coser —dijo Tefara, mujer de Mapuhi.
—Y que no se olvide del reloj —añadió Nauri, madre de Mapuhi.
El joven
Raúl se echó a reír de un modo estrepitoso, pero mientras reía calculaba
mentalmente. Él nunca había edificado una casa, y las nociones que tenía
respecto a la construcción eran muy vagas; pero podía calcular el coste
del arrastre de materiales de Taití, el valor de los mismos, lo que
costaría el desembarco y construirla; serían aproximadamente cuatro mil
dólares, los cuales equivalían a unos veinte mil francos. Era imposible.
¿Cómo iba él a calcular el valor de una perla...? ¡Veinte mil francos
parecían muchos francos, y... además procedían de su madre!
—Mapuhi
—dijo—, eres un perfecto tonto! Ponle un precio en dinero.
Pero Mapuhi
movió negativamente la cabeza, y a éste le acompañaron con igual gesto
toda la familia.
—Quiero la
casa, y ha de tener un patio que la rodee...
—Sí, sí —interrumpió Raúl—, ya sé todo lo referente a tu casa, pero yo
no puedo; te doy mil dólares.
Los cuatro
movieron la cabeza y corearon una negativa.
—Quiero la
casa.
—Pero, ¿para qué quieres la casa —le preguntó Raúl—, si al primer
huracán que venga te quedarás sin ella? Ya debías saberlo; el capitán
Raffy dice que se aproxima uno.
—No en Fakarava -dijo Mapuhi—; allí la tierra es mucho más alta; en esta
isla cualquier huracán puede barrer Hikueru; pero yo tendré mi casa en
Fakarava y tendrá un patio rodeándola...
Raúl tuvo que escuchar otra vez la historia de la casa; pasó varias
horas intentando alejar de Mapuhi la idea obsesionante de la casa; pero
su mujer y su madre, junto con su hija, le incitaban para que no
desistiera de la casa. Por la puerta abierta, y mientras escuchaba por
vigésima vez pacientemente la detallada descripción de la casa, vio el
segundo bote de su goleta que, separándose de ésta, se dirigía a la
playa.
Los
marineros permanecieron con los remos en la mano y con manifiestos
deseos de volver rápidamente al barco. El piloto de la «Aorai» saltó a
tierra, y después de cambiar breves palabras con el indígena de un solo
brazo, que aún permanecía en la orilla, se dirigió apresuradamente a
donde estaba Raúl. El cielo se puso oscuro de repente, como si un
inmenso obstáculo interceptara los rayos solares. A lo largo de la
laguna, Raúl pudo ver la línea de espuma que anunciaba un fuerte
vendaval que se aproximaba.
—El capitán
Raffy dice que como siga usted aquí va a ir a parar a los infiernos
—este fue el saludo del piloto—. Si hay alguna perla que interese para
comprar, ya se tratará más tarde; el barómetro ha bajado hasta los
veintinueve setenta.
Una
fortísima avalancha desgajó unas palmeras y arrancó varios cocos, que
cayeron con violencia sobre la tierra. La lluvia avanzaba sobre el lago,
dándole un aspecto que parecía hervir. Cuando Raúl se levantó, las
primeras gotas azotaban con fuerza los árboles.
—Mil dólares
ahora al contado, y doscientos más cuando la venda.
—Yo quiero una casa... —volvió a repetir el otro.
—¡Mapuhi — grito Raúl para hacerse oír — eres tonto!
Salió
rápidamente de la casa, acompañado del piloto, y se dirigieron
apresuradamente a la playa en busca de la lancha; no la divisaron al
principio, a causa de la lluvia. Una silueta apareció a través de la
cortina de agua. Era Huru-Huru, el indígena de un solo brazo.
—¿Consiguió
usted la perla? —le gritó al oído a Raúl.
—¡Mapuhi es tonto! —fue la contestación, y se separaron de él, yendo en
dirección al bote.
Media hora
después, Huru-Huru vio cómo izaban las lanchas a bordo de la goleta y
ésta enfilaba mar adentro. Cerca de ella apareció otra; Huru-Huru la
conocía muy bien: era la «Orohena», que pertenecía al mestizo Toriki, el
cual hacía los negocios por su propia cuenta, y que seguramente vendría
él mismo remando en la lancha que había destacado. Huru-Huru se echó a
reír; sabía que Mapuhi le debía a Toriki dinero por mercancía que éste
le había dado a crédito el año anterior.
La
tormenta había pasado, y el sol parecía quemar ahora, haciendo la
atmósfera tan densísima que dificultaba la respiración.
—¿Se ha
enterado usted de las novedades, Toriki? —fueron las primeras palabras
de Huru-Huru—. Mapuhi ha encontrado una perla. ¡ Qué perla! Nunca se ha
visto una así en Hikueru, ni en todo el Paumotus, ni en el mundo entero;
cómpresela, la tiene todavía, y recuerde que he sido yo quien le ha dado
la primera noticia; es un loco, y la podría usted obtener barata...
¿Tiene usted tabaco?
Hacia la choza de Mapuhi se encaminó Toriki; era un hombre de voluntad
de hierro y nada tenía de tonto. Con aparente indiferencia miró la perla
breves instantes, y con la misma tranquilidad que la vio se la echó al
bolsillo.
—Tienes
suerte —le dijo—. Es una perla bonita; te concederé crédito en mis
libros.
—Yo quiero una casa ... —empezó a decir Mapuhi con gran alarma.
—¡Qué casa ni qué narices! —fue la respuesta del traficante—. Tú lo que
quieres es pagar lo que debes, tus deudas, eso es lo que quieres; me
debes mil doscientos dólares, y así en paz... ya no me debes nada;
además, tienes concedido crédito por otros doscientos, y si cuando vaya
a Taití la perla se vende bien, te daré crédito por otros cien dólares
más, lo cual te hace un total de trescientos; pero entendido que si se
vende bien, pues pudiera darse el caso de que yo perdiera dinero en el
negocio.
Mapuhi dejó
caer desconsoladamente sus brazos. ¡Le habían quitado la perla! ¡No
había hecho más que pagar una deuda...!
—¡Eres
tonto! —fue la recriminación que tuvo que oír de su familia. —¿ qué iba
yo a hacer? —replicaba Mapuhi—. Le debía dinero.., no tenía más
remedio...
Huru-Huru,
que continuaba de centinela en la playa, vio una tercera goleta que
había anclado. Era la «Hira», perteneciente a Levy, el judío alemán, el
más importante de todos los negociantes en perlas de Taití, en donde era
dios y protector de los pescadores y ladrones.
—¿Sabe usted las nuevas? —le dijo Huru-Huru tan pronto como Levy
descendió trabajosamente de la barca debido a su gordura—. Mapuhi ha
encontrado una perla. No hay otra como ella en Hikueru, ni en Paumotus,
ni en el mundo entero. Mapuhi es tonto, la ha vendido a Toriki por mil
cuatrocientos dólares. Estuve escuchando a la puerta y me enteré de
todo. Toriki es también tonto y se la puede usted comprar barata.
Acuérdese que he sido yo quien le he dado la primera noticia... ¿Tiene
usted algo de tabaco?
—¿Dónde está
Toriki?
—En casa del capitán Lynch, bebiendo absenta; lleva allí cerca de una
hora.
Y mientras
Levy y Toriki bebían absenta y discutían acerca de la perla, Huru-Huru,
que estaba escuchando fuera, se enteró con gran sorpresa de que Levy le
daba veinticinco mil francos por ella.
Al mismo
tiempo, las dos goletas, la «Orohena» y la «Hira», empezaron a hacer
disparos y señales y a hacerse a la mar apresuradamente. Los tres
hombres salieron rápidamente y vieron que aparejaban con gran prisa.
—¡Bah! Ya
volverán cuando la tormenta pase. Me temo que el barómetro haya
descendido más aún -dijo el capitán Lynch dirigiéndose al interior de la
casa.
Era de edad
avanzada, con barba y cabellos blancos; estaba convencido de que con su
asma no podía vivir tranquilo más que en Hikueru.
—¡Dios
mío! —oyéronle exclamar, y corriendo hacia él, vieron consternados que
el barómetro marcaba veintinueve veinte.
Volvieron a
salir y consultaron ansiosamente el mar, que volvía a encresparse de
modo alarmante; el sol se ensombreció de nuevo y la densidad de la
atmósfera dificultaba la respiración. Gruesas gotas de sudor se
deslizaban por los rostros y principalmente por el del capitán Lynch, a
quien le era casi imposible llenar sus pulmones de aire, a causa del
asma que padecía.
Toriki y
Levy echaron a correr hacia sus botes; este último parecía un hipopótamo
poseso de terror. Cuando las lanchas llegaban cerca de los barcos, se
cruzaron con la «Aorai» que volvía. En la popa, y animando a los
remeros, iba Raúl. Obsesionado por la visión de la famosa perla, volvía
para aceptar las condiciones estipuladas anteriormente por Mapuhi.
Cuando estuvo en la playa, era tan densa la atmósfera producida por la
vaporización de las olas que con furia chocaban entre sí, que tropezó
con Huru-Huru sin verle.
—Demasiado
tarde —le gritó éste—. Mapuhi se la ha vendido a Toriki por mil
cuatrocientos dólares, y Toriki se la ha vendido a Levy por veinticinco
mil francos; ahora Levy la venderá en Francia por cien mil... ¿Tiene
usted algo de tabaco?
Raúl notó la
sensación del que se quita un peso enorme de encima; ya no tenía que
preocuparse más de la perla. No creía aún del todo en lo que le había
dicho Huru-Huru. Es posible que Mapuhi se la hubiera vendido a Toriki
por mil cuatrocientos dólares; pero que Levy, gran entendedor en
cuestiones perlíferas, hubiese pagado por ella veinticinco mil francos,
le parecía imposible. De todos modos, resolvió informarse por el capitán
Lynch, y cuando llegó a su casa le encontró mirando con expresión de
asombro, no desprovista de miedo, el barómetro colgado en la pared.
—¿Qué lee
usted ahí? —preguntó el capitán Lynch ansiosamente, mientras limpiaba
con nerviosidad los cristales de sus gafas.
—Veintinueve diez —dijo Raúl—. En mi vida lo he visto tan bajo.
—Ya lo creo que no —replicó gruñendo el capitán—. Llevo cincuenta años
de navegación y en mi vida he visto descender tanto el barómetro.
Salieron
fuera de la casa, observaron el mar, vieron balancearse calmosamente la
«Aorai» y un bote con un marinero como señal de la entrada de la rada
natural que el banco de arena coralífera formaba. Muy preocupado, movía
la cabeza el remero.
—Me parece
que voy a tener que pasar la noche con usted, capitán -dijo Raúl.
Y
volviéndose al marinero que esperaba órdenes, le dijo que él y sus
compañeros pusieran la lancha a salvo y se proporcionaran alojamiento.
—¡Veintinueve justos! —exclamaba angustiosamente el capitán Lynch,
saliendo de nuevo de la casa después de haber examinado el barómetro.
—Lo que me extraña es que esté el mar tan alborotado y no haya viento
-dijo Raúl.
—No se impaciente, muchacho —contestó el capitán—. Dentro de poco tendrá
usted más aire del que necesite para respirar el resto de su vida.
Permanecieron sentados en sus sillas; sus respiraciones se hacían
penosísimas, y sobre todo el viejo capitán tenía la frente cubierta de
sudor.
Un hombre y una mujer, seguidos de su prole y cargados de una colección
de objetos raros que formaban abigarrado conjunto difícil de describir,
llegaron a donde estaban los demás y sin pronunciar palabra se sentaron
en el suelo, colocando sus bártulos junto a ellos. Al cabo de unos
minutos llegaron más indígenas y también se sentaron, rodeados de varias
cosas que traían y que parecían restos de un hogar.
El capitán
Lynch les interrogó, y entre quejas e imprecaciones dijeron que el mar
se había llevado sus casas y que ellos se habían salvado viniendo allí,
que era el sitio más alto de la isla.
—Unos mil
cuatrocientos, entre hombres, mujeres y niños, hay en esta isla —dijo el
capitán Lynch—. ¿Cuántos quedarán mañana? ¡Sólo Dios lo sabe...!
De repente,
una ola más fuerte que las demás causó una pequeña inundación debajo de
los asientos, provocando la huida de gatos y gallinas hacia el techo de
la casa del capitán. Parecía que ante el peligro común habían pospuesto
estos animales Sus instintos.
—Veintiocho
sesenta -decía Lynch, volviendo de inspeccionar el barómetro.
Traía
consigo un rollo de cuerda, del que cortó dos trozos; dio uno a Raúl,
quedóse otro y repartió pequeños pedazos entre los allí congregados,
recomendándoles que subieran a los árboles cercanos y se ataran a sus
ramas. Una ligera brisa del Nordeste empezó a soplar, reanimando a Raúl.
Este pudo observar que su goleta, la «Aorai», aprovechaba la brisa y se
hacía mar adentro. Sintió con todas las fuerzas de su alma no
encontrarse a bordo de ella.
—Veintiocho
veinte —dijo el viejo marino—. Dentro de poco, esto será un verdadero
infierno.
El aire se
hizo cada vez más denso; la atmósfera, irrespirable, silbaba con sonidos
como crujidos semejantes a los que preceden a los terremotos. La casa
trepidaba, y una puerta, al cerrarse sola, golpeó con tal violencia, que
todos los cristales cayeron destrozados. Una bocanada de aire formidable
estremeció a los presentes y los muros de la casa parecían hincharse
como si fuesen las paredes de un globo. Una ola monstruosa alcanzó el
edificio, azotándolo de tal suerte que parecía quererle arrancar de sus
cimientos.
Raúl
salió, y con un gran esfuerzo consiguió echarse al suelo para no ser
arrastrado por el creciente ciclón. El capitán Lynch salía con grandes
precauciones de su casa y fue arrojado con violencia contra un árbol.
Dos de los marineros de la «Aorai», que habían visto a su patrón en
peligro y que estaban subidos en un cocotero, acudieron en su socorro
con riesgo de sus vidas, ayudáronle a levantarse y a encaramarse en un
árbol. Se ató a las ramas junto a la copa con el trozo de cuerda que el
capitán le había dado. Este, que tenía las coyunturas demasiado rígidas,
costó inmenso trabajo izarle a la copa de un cocotero, donde con grandes
esfuerzos se le ató fuertemente. La lluvia empezó con tal violencia, que
las gotas de agua parecían balines de plomo.
Desde
su árbol Raúl hacía señas al capitán, y el venerable anciano le saludaba
con cariño. Los indígenas continuaban en el suelo, se habían agarrado en
apretado grupo; otros se habían atado con cuerdas a los troncos de los
árboles que circundaban la casa del capitán. En una palmera había un
pastor mormón, que con sus preces exhortaba a sus fieles para que
implorasen de la Divinidad clemencia para sí y los suyos. Raúl no
distinguía bien, pero estaba seguro de que la abigarrada multitud que a
sus pies había cantaba himnos dirigidos por el cura mormón, el cual
esperaba aplacar así la furia de las divinidades.
Al cabo de
un rato, uno de los árboles fue arrancado de cuajo con todo su
cargamento, que cayó a tierra con sus ramas cargadas de seres humanos
que a ellas se habían asido, y una ola enorme y rugiente se los llevó
mar adentro para sepultarlos.
Todo sucedió
con gran rapidez; el huracán furioso continuaba arrancando árboles y
segando vidas. El de Raúl empezaba a tambalearse también de un modo
lastimoso. La fuerza del aire arreció de tal forma, que Raúl veía cómo
iba desapareciendo la gente de los árboles que caían al suelo y eran en
el instante mismo barridos por las olas.
Mapuhi era
hombre de suerte. Fue arrojado al suelo sobre la arena y, sangrando por
diez heridas, todavía conservó fuerzas bastantes para amparar a Ngakura,
cuyo brazo izquierdo estaba roto, los dedos de la mano derecha
aplastados y la frente y mejilla izquierda abiertas de tal forma, que se
le veían los huesos.
A las tres
de la mañana el temporal empezó a amainar, el aire disminuyó en
violencia, hasta convertirse en una especie de fuerte brisa. De los mil
cuatrocientos habitantes de la isla que existían la noche anterior,
quedaban solamente trescientos. El pastor mormón, que por una especie de
milagro vivía, y un gendarme hicieron la estadística. La laguna de
entrada a la isla estaba repleta de cadáveres. Algunos sacos de harina
calados de agua fueron recuperados. No quedó agua potable, los pozos de
la isla se anegaron de agua de mar y quedaron inservibles. Los indígenas
se aprovecharon de los pocos cocos que había y, rompiéndolos, bebían con
avidez su agua, que era fresca y dulce.
Entre tanto,
Nauri, que había sido separada de su familia violentamente por los
desencadenados elementos, apareció en la playa. Se había agarrado a uno
de los muchos arbustos que flotaban y que llenos de espinas la habían
herido en innumerables sitios; un coco que cayó con fuerza le lastimó la
espalda. Pero era una mujer valiente de las Paumotus y, a pesar de sus
sesenta años, tuvo energía suficiente para resistir, y cogiendo varios
cocos que a la deriva flotaban junto a ella, improvisó una especie de
flotadores, que le ayudaron a salir a la playa, malherida, pero con
vida, para reponerse de su aventura.
Al
pronto no reconoció la playa, hasta que, tras algunos esfuerzos y
arañando en la arena con sus manos y pies sangrando, pudo incorporarse.
Estaba en la isla de Takokota, a quince millas de su casa. Alrededor de
ella flotaban multitud de cadáveres. Haciendo un supremo esfuerzo,
empezó a reconocerlos: la mayor parte eran de su isla. Infortunados que
no habían podido o sabido preservarse de la furia de los elementos.
Buscó cocos que le proporcionaran agua y alimento, pero no los halló,
sorprendiéndose de que el mar arrojase más muertos que cocos.
Cuando más
distraída estaba distinguió el cadáver de Levy, el cual, debido sin duda
a la cantidad de agua que había tragado, estaba deforme y parecía una
boya; se acordó de repente de que era él quien había comprado a Toriki
la perla de su hijo Mapuhi, y haciendo un esfuerzo sobrehumano se
arrastró hasta el cadáver, empezando por reconocerlo. Estaba bien
muerto. Sus ropas rasgadas dejaban ver pegado a la carne un cinturón de
cuero, en el que sin duda guardaría las cosas de valor. Mucho trabajo le
costó desabrocharlo, pero cuando lo consiguió, halló, con gran alegría
suya, en uno de los bolsillos adheridos al cinturón, una sola perla, la
de su hijo Mapuhi. No le concedió gran valor intrínseco cuando la tuvo
en sus manos; la miró, tomó a mirarla, la sopesó en la palma de su mano,
pero ella sabía que esa perla significaba una casa cómoda para el resto
de su vida y el orgullo de su familia.
Desgarró un
trozo de su vestido, metió en él la perla y lo anudó a su cuello. Luego
trató de buscar salida. Imposible. No tenía medio de transporte. Vagando
por la isla encontró una canoa medio destrozada que las aguas habían
arrojado a la playa y una caja de madera. Con grandes esfuerzos
consiguió abrir la caja, que contenía una docena de latas de salmón. A
fuerza de golpes dados contra una piedra consiguió abrir una, comió su
contenido con avidez y pensó en el problema de transportarse a su isla
Hikueru, que era lo más difícil. Intentó poner a flote la canoa, que
hacía agua por todas partes, pero no por ello se desanimó la valiente
mujer. Con su pelo, que cortó con una hoja de la lata de salmón, hizo,
mezclándolo con barro, una masa, con la que taponó los agujeros y
grietas de la vieja canoa, y cuando creyó que todo estaba en
condiciones, la lanzó al agua y, ayudada de una rama de palma, a guisa
de remo, empezó intrépida su viaje de quince millas en busca de su
hogar.
La mayor
parte del tiempo tuvo que emplearlo en achicar la frágil embarcación,
pues aun cuando tuvo la precaución de taponarla, hacía agua de un modo
alarmante. Al amanecer del octavo día de su aventura divisó las costas
de Hikueru. Estaba más cerca de lo que ella pudo imaginarse. Una
corriente favorable la había empujado hacia la isla.
Al anochecer
consiguió por fin, a fuerza de maniobrar con el remo de palma, acercarse
a su isla. Ya próxima a ella, una corriente de agua, con inusitada
violencia, hizo zozobrar la frágil embarcación, teniendo la pobre mujer
que nadar, haciendo un esfuerzo supremo dado su general quebrantamiento.
Y así llegó por fin, casi sin conocimiento, a la playa de Hikueru.
Cuando
después de recobrar sus sentidos se dio cuenta de que estaba en una
cueva natural hecha por las aguas al socavar constantemente las rocas,
al cabo de un rato oyó voces humanas, y poco a poco fue distinguiendo lo
que hablaban.
—Si hubieses
hecho lo que yo te advertí —decía Tefara por milésima vez—, habrías
escondido la perla sin que lo supiera nadie, y ahora la tendrías en tu
poder.
—Pero Huru-Huru estaba presente cuando yo abrí la concha, ya te lo he
dicho un millón de veces —repetía resignadamente Mapuhi.
—Ya no tendremos casa; hoy me decía Raúl que si no se hubiese vendido la
perla a Toriki, él te hubiese hecho la casa como tú la querías.
—Yo no la vendí a Toriki, me la robó —insistía pacientemente el pescador
de perlas.
—Tendríamos diez mil dólares —replicaba la mujer.
—Toriki ha debido morir -dijo Mapuhi—, no se ha vuelto a ver ni a oír
hablar de su goleta.
—Pues por eso has hecho una tontería; a nadie se le ocurre pagar deudas
a los muertos —le decía ingenuamente Tefara.
Cuando
estaban más entretenidos en este diálogo, oyeron una voz que les llenó
de estupor.
—¿Desde
cuándo los hijos no se acuerdan de su madre...?
Mapuhi y
Tefara experimentaron un terror inexplicable. Creyéndose que se trataba
de un espíritu, empezaron a invocar a sus dioses, viendo con creciente
espanto una forma blanca que ante ellos se erguía. El fantasma decía:
—Ya podíais
dar a vuestra madre un poco de agua!
—Dale de beber —decía Mapuhi medrosamente a Ngakura, que ya estaba
curada de sus heridas.
El fantasma
se aproximó a ellos, dejándose ver de tal modo que los asustados
habitantes de la playa adquirieron la convicción de que se trataba de
una persona verdadera y no de un espíritu. La alegría de volverse a ver
fue indescriptible, máxime cuando la anciana madre de Mapuhi exhibió la
perla envuelta en trapos y arrollada a su cuello.
—Ahora nos
edificará Raúl la casa—decía Tefara—. Le costará cuatro mil francos, y
tendrá reloj y cuatro habitaciones y un patio circular.
—Dadme algo de comer! —exclamaba la pobre vieja—. Tengo mucha hambre.
Y después de
comer algo que sus hijos le proporcionaron, dijo con gran calma:
—Vamos a
dormir; estoy cansada, y mañana trataremos de nuestra casa con Raúl.
FIN.
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