«Yah!
Yah! Yah!»
de Jack London (h. 1991). Érase un escocés gran
bebedor de whisky que hacía su primera libación a las seis en
punto de la mañana, y durante todo el día, con pequeños intervalos,
bebía sin cesar hasta la hora de acostarse, que era siempre después de
las doce de la noche. No dormía más que cinco horas, y las diecinueve
restantes se las pasaba disfrutando su plácida borrachera. Pasé con él
ocho semanas en el atolón Oolong, y nunca le ví sereno ni un solo
minuto, pues como dormía tan poco, no tenía tiempo de despejarse. Era un
borracho tranquilo, amante del orden, cosa que constituía su cualidad
característica, su virtud más apreciable, y resultaba un tipo tan raro
como curioso.
Se llamaba McAllister.
Ya era viejo y temblón; sus manos se movían continuamente como si
estuviese azogado, y cuando cogía el frasco para servirse el whisky,
sea dicho en honor de la verdad, nunca le ví derramar una sola gota.
Había vivido veintiocho años en Melanesia, dando tumbos desde la Nueva
Guinea alemana hasta las islas Salomón, y tanto se había identificado
con esa porción del mundo, que solía emplear en su conversación gran
número de frases propias de los indígenas que éstos habían aprendido y
luego transformado de los marineros ingleses. Cuando hablaba conmigo, me
decía: «Sol él se levanta», lo cual quería decir que llegaba el alba; «kai-kai
él para» significaba «la comida está servida», y «vientre se pasea a mí
perteneciente», que representaba. en lenguaje corriente, que le dolía el
estómago.
Era pequeño y
delgado, abrasado por dentro y por fuera gracias al alcohol y al fuerte
sol de aquellos parajes. Parecía estar momificado y andaba con los
rígidos movimientos de un autómata. Pesaba noventa libras.
Lo más notable en él
era el poder inmenso con que gobernaba. El atolón Oolong tenía
ciento cuarenta millas de circunferencia y estaba habitada por unos
cinco mil polinesios, hombres y mujeres. altos, fuertes y guerreros por
temperamento; tenían muchos de ellos seis pies de altura y doscientas
libras de peso. Oolong distaba doscientas cincuenta millas de la tierra
más próxima. Dos veces por año recalaba allí un pequeño vapor que se
dedicaba al comercio de cabotaje por cuenta de una compañía. El único
hombre blanco que existía en Oolong era McAllister, comerciante en
pequeño e incansable bebedor. Gobernaba la isla y a sus cinco mil
salvajes con mano de hierro. Les llamaba. y acudían al instante: decía
marcharse, y salían corriendo presurosos; nunca discutían su voluntad ni
sus determinaciones; era muy terco, todo lo que puede serlo un escocés
viejo. Intervenía constantemente en los asuntos privados de sus
súbditos. Cuando Nugu, la hija del rey, quiso casarse con Haunau, que
vivía al otro extremo de la isla, el padre dio el consentimiento. pero a
McAllister se le antojó decir que no, y la boda se deshizo. El rey quiso
en cierta ocasión comprar un extenso terreno al gran sacerdote; era un
islote cercano, pero McAllister no consintió. El rey debía a la Compañía
ciento ochenta mil cocos, y hasta que no acabase de pagar no le
permitiría que gastara un solo centavo en ninguna otra cosa.
El rey y su pueblo no
querían a McAllister. En verdad, le odiaban de un modo terrible, y tuve
noticias de que durante tres meses el rey y el pueblo entero, con sus
sacerdotes a la cabeza, hacían rogativas a los dioses para que les
concediera la muerte del tirano. Le echaban maldiciones y practicaban
sortilegios; pero todo fue inútil, pues mientras McAllister no creyera
en ellos, no tenían eficacia sobre su persona. Con un escocés borracho
no se puede intentar nada, todo es nulo. Tenía una salud extraordinaria,
ni siquiera se constipaba. La fiebre y la disentería eran cosas
desconocidas para él. Yo creo que estaba tan saturado de alcohol, que
los gérmenes no encontraban en su cuerpo alojamiento propio para
desarrollarse. Ni los microbios le querían; él, por su parte, no quería
tampoco a nadie más que a su whisky, y esto le sostenía.
Yo estaba
maravillado; no podía comprender cómo los cinco mil salvajes aguantaban
con tanta mansedumbre la tiranía despótica de aquel viejo alcoholizado.
Una tarde
calurosísima hallábame sentado en la terraza de la casa con McAllister,
contemplando el mar con sus variantes tonalidades turquesa y esmeralda,
reflejándose el sol en ellas refulgente y opalino. El calor era
abrasador.
—Los bailes y danzas
de estas gentes no valen nada —dijo McAllister.
Dio la casualidad de
que días antes yo había dicho que los bailes de los polinesios valían
mucho más que los de los papúes, y McAllister negábalo rotundamente. sin
más razón que la de su propia testarudez. Hacía demasiado calor para
discutir, y no contesté; además, yo desconocía los bailes de la gente de
Oolong.
—Voy a demostrarle a
usted que tengo razón —me dijo; y dirigiéndose a un muchacho negro,
natural de Nueva Hannover, el cual hacía las veces de criado y cocinero,
le ordenó— :¡Eh. muchacho, vete y dile al rey que venga a verme ahora
mismo!
El chico salió y
volvió acompañado del primer ministro, que venía temblando, y dando una
serie de excusas manifestó que el rey estaba durmiendo y no era cosa de
molestarle.
McAllister se
encolerizó de tal modo que el ministro salió corriendo y al poco tiempo
volvió con el rey en persona. Hacían una pareja magnífica. El rey
alcanzaba unos seis pies de estatura y su cara tenía una expresión
parecida a la de las águilas, cosa muy frecuente en los indios de
América del Norte. Los dos habían nacido para mandar. Los ojos del rey
centelleaban mientras escuchaba a McAllister. pero con toda humildad se
dispuso a complacerle y a que trajeran del poblado doscientos bailarines
de ambos sexos, los cuales estuvieron bailando por espacio de dos horas
mortales bajo un sol de fuego que aquella tarde aniquilaba. Cuando se
cansó de verles danzar, les despidió despectivamente.
En una ocasión estaba
yo desesperado porque en la compra de unas ostras perlíferas de una
tonalidad anaranjada, maravillosa, no pude llegar a ponerme de acuerdo
con el indígena que las poseía. Ofrecíale yo doscientas pastillas de
tabaco y él quería trescientas. El par de conchas lo mismo podían valer
cinco que seis mil libras en Sydney. Hablé del asunto casualmente con
McAllister, manifestando mi pesadumbre. y él, inmediatamente, mandó
llamar al propietario de las ostras y le obligó a que me las vendiera
por cincuenta pastillas de tabaco, no consintiendo que le diera ni una
más. El pobre diablo marchóse casi contento al ver que había salido tan
bien librado de la entrevista con el amo y señor, y yo resolví hacerme
un nudo en la lengua y no volver a contarle nada más. Seguía yo tratando
de inquirir cuál sería la causa del poder sin límites de aquel hombre
sobre los salvajes y, como no daba con la clave, decidí interrogarle. Me
guiñó un ojo y se quedó con la vista fija en mí, al mismo tiempo que
apuraba un vaso de whisky. Esta fue toda su respuesta:
—Estaba yo una noche
pescando en el lago con Oti, el indígena a quien McAllister había
despojado de sus conchas, y a quien yo, particularmente, había regalado
ciento cincuenta pastillas de tabaco, razón por la cual me respetaba
extraordinariamente creyéndome algo superior, a pesar de que el indígena
me doblaba la edad, y mientras paseábamos dije a Oti:
¿Todos vosotros, los
kanakas y los pickaninnys, respetáis inmensamente a ese
hombre blanco? Pero él es un solo hombre y vosotros sois muchos: no
puede comeros, no tiene dientes para ello, ¿por qué diablos os asustáis
tanto de él?
El amor propio de Oti
fue herido por mis palabras. Desgarró su lava-lava (especie de
taparrabos) y me mostró la enorme cicatriz producida por un balazo, y
cuando iba a empezar a hablar, su caña fue sacudida violentamente.
Intentó tirar de ella, pero pronto se dio cuenta de que el pez había
dado vuelta a un banco de coral. enganchando allí el sedal del aparejo.
Me dirigió una mirada de reproche por haberle distraído con mi
conversación, y acto seguido se tiró de cabeza al agua. Tenía aquel
paraje unas seis brazas de profundidad, y mi buen salvaje nadó hacia el
fondo, saliendo a la superficie al cabo de unos instantes con un hermoso
pez parecido a un bacalao, de unos cinco kilos de peso. El anzuelo
estaba todavía fuertemente clavado en la boca del pescado.
—Ya he visto—dije
volviendo a mi tema—que eres un valiente y ese es el motivo por el cual
no comprendo por qué toleráis la tiranía del hombre blanco.
—Voy a decir la
verdad y sabrá por qué tenemos miedo —díjome Oti.
Y yo, lector amigo,
voy a transmitir su relato en lenguaje correcto, pues el que Oti usaba
no lo entienden más que los que estamos habituados a él y los indígenas:
—Nosotros —empezó
diciendo —nos sentimos orgullosos de nuestros tiempos guerreros. Siempre
que algún barco llegaba a la costa, íbamos a él en nuestras canoas,
subíamos a bordo, lo atacábamos o matábamos a toda la tripulación, lo
saqueábamos y luego prendíamosle fuego por los cuatro costados. Estas
victorias nos enardecían; muchos de los nuestros morían en ellas; pero,
¿qué importaba comparado con la enorme riqueza que encontrábamos a
bordo? Esto nos compensaba con creces. Un día, hará veinte años, quizá
veinticinco, llegó un gran barco de tres mástiles. En él iban cinco
hombres blancos y unos cuarenta hombres para los botes; todos eran
negros de Nueva Guinea. Venían a pescar en nuestras costas: echaron el
ancla frente a Pauloo, cerca de aquí, y sus botes empezaron a
diseminarse preparados para la pesca. Habían armado campamentos en la
playa; allí curaban el pescado que cogían. Se separaron mucho unos de
otros y también del barco, y hasta llegar a los campamentos distaban lo
menos cincuenta millas.
Nuestro rey y sus
consejeros se reunieron para tomar acuerdos, y yo pasé toda la noche en
mi canoa de un lado a otro, avisando a la gente de Pauloo que a la
mañana siguiente atacaríamos al mismo tiempo los campamentos y el barco
para apoderarnos de él. Los que habíamos llevado estas órdenes estábamos
fatigadísimos a causa de haber remado mucho, pero no obstante tomamos
parte también en el ataque. Sorprendimos al patrón con tres de sus
negros en la playa; le matamos, pero antes de morir el blanco mató con
su revólver a ocho de les nuestros. Luchamos con todos cuerpo a cuerpo y
por fin les vencimos. Al ruido de la lucha dióse cuenta el contramaestre
de lo ocurrido, puso víveres y agua en un bote, colocóle una vela y se
hizo a la mar para llegar a su barco y defenderlo contra nosotros.
Seríamos unos mil los que nos dirigimos contra el barco, invadimos el
mar con nuestras canoas, en las que íbamos tocando las caracolas marinas
de guerra y cantando himnos triunfales, remando a todo remar. ¿Qué
victoria podría alcanzar un solo hombre blanco y tres negros? Ninguna:
el contramaestre lo sabía bien.
Pero los hombres
blancos son el diablo, y yo. que soy ya un hombre viejo, he llegado a
comprender por qué se han apoderado de todas las islas de los mares.
Usted casi es un muchacho y no es muy listo, porque todos los días le
digo cosas que ignora. Cuando yo era un pequeño pickaninny, sabía
todo lo relativo a los peces. hasta sus costumbres. mucho más de lo que
usted sabe ahora. Soy viejo y puedo nadar hasta el fondo del mar, y
usted no es capaz de seguirme. ¿Para qué vale usted? No me lo explico,
como no valga para la lucha... No le he visto nunca luchar, pero me
figuro que servirá, porque usted será el demonio, igual que sus
hermanos. y tan loco como ellos.
Nunca se sabe cuándo
están vencidos; siguen peleando hasta morir, y claro, entonces ya es
demasiado tarde para darse cuenta. Voy a referirle lo que hizo el
contramaestre
.
Tan pronto como nos vio llegar hasta el barco en nuestras canoas,
sonando las caracolas, se refugió en el bote con tres muchachos negros y
empezaron a remar buscando la salida. Esto probaba una vez más que era
un loco, pues ningún hombre cuerdo se habría atrevido a lanzarse mar
adentro en un bote tan pequeño. Los costados del bote sobresalían del
agua unas cuatro pulgadas escasamente. Veinte canoas de las nuestras
volaban hacia él, y en ellas iban doscientos de nuestros más bravos
guerreros. Mientras los remeros del contramaestre remaban desesperados.
nosotros avanzábamos cinco veces más camino que ellos. En pie en su
bote, empezó el contramaestre a hacernos fuego con su rifle: no era buen
tirador, pero, según nos íbamos acercando. varios de los nuestros
cayeron muertos y heridos por sus balas. Sin embargo, él no podía
salvarse. Durante todo aquel tiempo estuvo fumando un cigarro.
Cuando nos faltaban
solamente cuarenta pies para llegar a él, arrojó el rifle y, cogiendo un
cartucho de dinamita, lo encendió con el cigarro y lo tiró acto seguido;
repitió la operación varias veces y nos lanzó muchos cartuchos
encendidos: debían ser de mecha muy corta, pues algunos estallaban en el
aire, pero la mayoría reventaban en nuestras canoas: cada vez que
explotaba uno. la canoa quedaba destrozada, y de las veinte apenas
quedaron la mitad. La que yo ocupaba voló en pedazos y con ellos los dos
hombres que iban a popa, pues el cartucho reventó entre los dos. Las
canoas que quedaron viraron en redondo y huyeron. Entonces el
contramaestre gritaba:
«Yah! Yah! Yah!»,
dirigiéndose a nosotros. Disparó su rifle nuevamente y muchos de los
nuestros cayeron heridos mortalmente por la espalda mientras huíamos. Y
los tres negros seguían remando, remando siempre. Ya ve usted cómo le
digo la verdad cuando afirmo que el contramaestre era el verdadero
demonio.
No fue sólo eso, pues
antes de abandonar su barco le prendió fuego, amontonando en un sitio
oculto toda la pólvora y dinamita para que explotase a un tiempo.
Cientos de los nuestros estaban a bordo. tratando de apagar el fuego,
mientras explotaba el barco. Así, pues, todo el botín que esperábamos
coger se perdió por completo, además de muchos de los nuestros, que
murieron en el barco. Cuantas veces, aun ahora en mi vejez, he soñado
con el contramaestre, le oigo gritar: «Yah! Yah! Yah!» A todos los
negros del barco que acamparon en la playa les matamos. ¿Era posible que
un bote tan pequeño, tripulado por cuatro hombres, pudiese luchar con
las encrespadas olas del océano?
Transcurrió un mes, y
una mañana hizo su aparición en nuestras aguas una goleta, que ancló
frente a nuestro poblado. El rey y sus súbditos celebraron consejo y
acordaron apoderarse de la goleta en el espacio de dos o tres días.
Entre tanto, según era nuestra costumbre, nos fingimos sus mejores
amigos y nos fuimos acercando con nuestras canoas a ofrecer en venta
cocos, gallinas y cerdos; pero cuando estaban situadas a lo largo del
costado del barco, los hombres de a bordo empezaron a disparar sus
rifles. Mientras huíamos, ví al contramaestre, que creíamos muerto, loco
de alegría sobre la cubierta, gritándonos con toda la fuerza de sus
potentes pulmones, hasta enronquecer: «Yah! Yah! Yah!»
Aquella tarde
destacáronse de la goleta tres botes llenos de hombres blancos, vinieron
al poblado y mataron a todos los hombres que encontraron, gallinas,
cerdos y cuanto tropezaron con vida. Los que pudimos escapar nos
refugiamos en las pocas canoas que quedaron y nos hicimos a la mar,
desde donde vimos arder todas las casas. Nos cruzamos con otras canoas
que venían de Nihi (al extremo opuesto de la isla) y nos dijeron que
también allí habían hecho lo mismo, pues otra goleta había anclado para
causar los mismos destrozos.
Durante la noche
oímos llantos y lamentos de mujer, y vimos muchas canoas que venían de
Pauloo, donde otro barco arrasó también aquel poblado. Ya ve usted, el
contramaestre y sus tres negros no habían muerto y fueron a las islas
Salomón a decir a sus hermanos blancos que había que castigarnos, y
uniéronse todos para aquel exterminio.
Tres días estuvo la
goleta sin dejamos tranquilos ni en el mar, pero nosotros éramos muchos
y ellos pocos. Intentábamos atacarles, pero con los rifles nos mataban a
montones. Conseguimos al fin llegar al costado del buque, nos tiraron
cartuchos de dinamita y volaron destrozadas las canoas. Disparaban desde
el barco incesantemente sobre los que trataban de ponerse a salvo
nadando. El contramaestre, subido en el techo de la cabina de mando,
gritaba al vernos sucumbir: «Yah! Yah! Yah!»
Cesó por fin la
matanza y establecieron un cordón de vigilancia para evitar que nos
escapáramos. Como habían matado las gallinas y los cerdos y habían
cegado los pozos, el hambre y la sed se apoderaron de nosotros, pues los
cocoteros estaban bajo el fuego de los blancos para que no nos
pudiéramos alimentar con su fruto. Tanto y tanto nos martirizó el
hambre, y sobre todo la sed, que fuimos a ofrecernos a los blancos a
cambio de que nos dieran algún alimento. Dijeron que creían que aquello
nos serviría de lección para siempre; nosotros aseguramos que
lamentábamos mucho lo sucedido y que nunca más daríamos motivo para otra
represalia semejante. A cambio de nuestra libertad nos hicieron trabajar
llenándoles la goleta de cocos, copra y pesca desecada al humo.
Durante varias
semanas toda la isla fue una constante hoguera para desecar pescado, que
nosotros mismos pescábamos y llevábamos a bordo.
Ese tiempo fue el que
tuvimos grabada la lección en nuestra memoria y en nuestro cerebro. No
debíamos jamás matar a un hombre blanco, puesto que tan mermados
habíamos quedado. Cuando la goleta estuvo atestada de cocos. se
despidieron de nosotros y entonces reanudamos nuestras protestas de
arrepentimiento, echándonos arena en la cabeza, en vista de todo lo cual
nos dijeron que nos lanzarían una maldición para que nunca más
volviéramos a acordarnos de ellos, y nos entregaron cinco hombres de
nuestra isla, que hacía mucho tiempo que no les habíamos visto,
diciéndonos que ellos serían los portadores de la maldición.
—Y una enfermedad se
extendió por toda la isla —le interrumpí yo, que conocía el final—.
Había viruelas a bordo y los cinco hombres desembarcados estaban
atacados de ese terrible mal.
—Sí, una gran plaga nos sobrevino —continuó diciendo Oti—. Muchos de
nuestros hombres viejos que no podían resistir aquella enfermedad
tuvimos que matarles para que no sufrieran. Y además de los muertos en
el combate, murieron dos mil más.
Ese comerciante —prosiguió
diciendo Oti— es una porquería como hombre, y como tal no le tenemos
miedo; el temor que nos infunde es porque es blanco y no podemos olvidar
la lección que antaño nos dieron, pues siempre tememos que vaya a
presentarse el contramaestre. gritando con su voz estentórea de trueno:
«Yah! Yah! Yah!». Me parece que vamos a pescar muchos peces —siguió
diciéndome Oti, y terminó de este modo—: Cuando se levante el sol le
llevaré a ese comerciante blanco el pescado más grande. FIN.