No creo que
se exagere al decir que el de las Salomón es un archipiélago indómito.
Por otra parte, hay sitios peores en el mundo. Pero para el novato que
carece de una comprensión esencial del hombre y la naturaleza
primitivos, las Salomón pueden resultar terribles.
Es cierto que allí las fiebres y la
disentería acechan perpetuamente, que abundan horribles enfermedades de
la piel, que el aire está saturado de un veneno que penetra por el
mínimo poro, corte o rozadura implantando úlceras malignas, y que muchos
hombres fuertes que logran escapar a la muerte vuelven a sus países de
origen convertidos en piltrafas. Es cierto también que los nativos de
las Salomón son seres salvajes dotados de un apetito insaciable de carne
humana y de una marcada propensión a coleccionar cabezas. A lo más que
llega su instinto de deportividad es a sorprender a un hombre vuelto de
espaldas y pegarle a traición un hachazo en la base del cráneo
partiéndole la columna vertebral. Es igualmente cierto que en algunas
islas, como Malaita, por ejemplo, el prestigio social del nativo está en
proporción directa con los homicidios que cuenta en su haber. Las
cabezas se utilizan para el trueque, y las de los blancos son valiosas
en extremo. Suele ocurrir que una docena de aldeas vaya acumulando un
fondo que engrosan luna tras luna hasta que llega el momento en que un
valiente guerrero presenta la cabeza de un hombre blanco, fresca y
sanguinolenta, y reclama el premio.
Todo esto es indudablemente cierto y,
sin embargo, hay blancos que han pasado en ese archipiélago una veintena
de años y que sienten añoranza cuando lo dejan. El que quiera vivir en
las Salomón necesita sobre todo cautela y suerte, pero ha de tener
también madera para ello. Ha de llevar impreso en su espíritu el
marchamo del hombre blanco. Ha de ser inevitable.
Tiene que estar poseído de una noble
despreocupación con respecto a la adversidad, de una presunción colosal,
y de un egoísmo racial que le tenga convencido de que un blanco vale más
que mil negros de lunes a sábado y que el domingo es capaz de terminar
él solo con dos mil de ellos. Porque eso es lo que ha hecho siempre el
hombre blanco inevitable. ¡Ah! Una cosa más. El blanco que desee ser
inevitable no sólo debe despreciar a las razas inferiores y creerse
superior a todas ellas, sino que ha de carecer también de excesiva
imaginación. No debe entender demasiado ni los instintos, ni las
costumbres, ni los procesos mentales de los negros, cobrizos o
amarillos, porque no es así como la raza blanca se ha abierto camino por
el mundo.
Bertie Arkwright no era inevitable.
Era demasiado sensible, demasiado fino, y poseía excesiva imaginación.
Le afectaba en demasía todo lo que ocurría a su alrededor y, por tanto,
el último lugar adonde debía dirigirse eran las islas Salomón. Nunca
pensó en quedarse allí. Había decidido que una estancia de cinco semanas
entre la llegada de un vapor y la salida del siguiente bastaría para
satisfacer esa llamada de lo primitivo que hacía vibrar con su tañido
hasta la última fibra de su ser. Al menos eso fue lo que dijo a las
turistas del Makembo, aunque en distintos términos. Y ellas le
adoraron como a un héroe porque eran sólo turistas y no soñaban con
abandonar el refugio que ofrecía la cubierta del vapor a su paso por las
Salomón.
A bordo iba otro personaje en el cual
ni se fijaron las señoras. Era una pizca de hombre, arrugado y
consumido, con la tez marchita y del color de la caoba. El nombre con
que figuraba en la lista de pasajeros no viene al caso, pero el de
capitán Malu, por el que se le conocía en las islas, era el que
utilizaban los nativos para sus conjuros y el que bastaba pronunciar
para atraer al buen camino a los negritos traviesos desde Nueva Hannover
hasta las Nuevas Hébridas. Había colonizado a salvajes y hasta al mismo
salvajismo, y de fiebres y penurias, del resonar de los rifles y del
látigo de los capataces había logrado extraer una fortuna en forma de
cohombro de mar, sándalo, madreperla, carey, nuez de taguas, copra,
tierras de pastos, almacenes y plantaciones. Había más inevitabilidad en
el meñique del capitán Malu, fracturado como estaba en aquel momento,
que en todo el esqueleto de Bertie Arkwright. Pero las turistas sólo
juzgaban por las apariencias, y Bertie era, indudablemente, un hombre
guapo.
Arkwright habló con el capitán Malu
en el salón de fumar y le confió sus planes de enfrentarse con la vida
sangrienta y descarnada de las islas Salomón. El capitán admitió que era
aquél un propósito ambicioso y, desde luego, laudable. Pero no se
interesó realmente por Bertie hasta varios días después, cuando el joven
aventurero insistió en enseñarle una pistola automática del calibre 44.
Le explicó cómo funcionaba el mecanismo y le hizo una demostración
introduciendo en la culata un cargador de ocho cartuchos.
––Es facilísimo ––le dijo. Luego tiró
de la manija del cerrojo y volvió a soltarla––. Con esto queda cargada y
montada. Después no tiene más que apretar el gatillo ocho veces a la
mayor velocidad posible. ¿Ve este mecanismo? Es lo que más me gusta de
esta pistola. Es segurísima. No hay posibilidad alguna de que ocurra un
accidente. ––La descargó––. ¿Ve lo segura que es?
Y mientras mostraba el cargador, el
cañón de la pistola apuntaba al estómago de su interlocutor.
Los ojos azules del capitán Malu le
miraban inmutables.
––¿Le importaría apuntar en otra
dirección? ––preguntó.
––No puede pasar nada ––le aseguró
Bertie––. Le he sacado el cargador. Ya no está cargada, ¿sabe?
––Las pistolas están siempre
cargadas.
––Ésta no.
––Apártela de todos modos.
El capitán Malu hablaba con una voz
sin inflexiones, metálica y roma, pero su mirada no abandonó el cañón de
la pistola hasta que lo vio apuntar en otra dirección.
––Le apuesto cinco dólares a que no
está cargada ––propuso Bertie alegremente.
El otro negó con la cabeza.
––Entonces se lo demostraré.
Bertie acercó el cañón a su propia
sien con intención de apretar el gatillo.
––Un momento ––dijo el capitán Malu
tranquilamente, extendiendo la mano––. Déjeme verlo.
Apuntó hacia el mar y apretó el
gatillo. Se oyó una fuerte explosión confundida con un clic del
mecanismo. Un cartucho salió despedido para caer a un lado sobre la
cubierta. Bertie abrió la boca asombrado.
––Tiré del cerrojo una vez, ¿no?
––preguntó––. He sido un estúpido, tengo que reconocerlo.
Soltó una risita débil y se desplomó
en una hamaca de cubierta. La sangre se había retirado de su rostro,
revelando unos círculos oscuros bajo sus ojos. Le temblaban las manos y
no acertaba a llevarse el cigarrillo a los labios. Amaba mucho la vida
y, por un segundo, se vio con los sesos fuera, tumbado boca abajo sobre
cubierta.
––La verdad. No sé qué decir...
––Es un arma muy bonita ––dijo el
capitán Malu devolviéndole la pistola.
El gobernador volvía de Sidney a
bordo del Makembo y, con su permiso, el barco hizo escala en Ugi
para dejar en tierra a un misionero. Y dio la casualidad que en el
puerto estaba anclado el Arla, un queche al mando del capitán
Hensen. Era uno de los muchos barcos que poseía el capitán Malu y fue
por invitación de éste como Bertie subió a bordo para recorrer durante
cuatro días las costas de Malaita, adonde se dirigía la nave con el fin
de reclutar trabajadores. El Arla le dejaría luego en la
plantación de Reminge (propiedad también del capitán Malu), donde
pasaría una semana para trasladarse después a Tulagi, sede del gobierno,
invitado por el gobernador. El capitán Malu fue también el responsable
de otras dos sugerencias, hechas las cuales desaparece de nuestra
narración. Una iba dirigida al capitán Hansen y la otra al señor
Harriwell, administrador de la plantación de Reminge. Ambas eran, más o
menos, del mismo tenor. Recomendaba a sus dos empleados que
proporcionaran al señor Arkwright la visión más completa posible de lo
que era la vida sangrienta y descarnada en las islas Salomón. Se murmura
que el capitán Malu mencionó en aquella ocasión que un cajón de botellas
de whisky coincidiría con cualquier impresión inolvidable que recibiera
el visitante en cuestión.
––Sí, Swartz fue siempre
excesivamente testarudo. Verá usted, llevó a cuatro miembros de su
tripulación a Tulagi para que les azotaran oficialmente y luego volvió
con ellos en su bote. Al salir del puerto les alcanzó una borrasca. El
bote se fue a pique y Swartz fue el único que murió ahogado.
Naturalmente, fue un accidente.
––¿De veras? ––preguntó Bertie,
interesado sólo a medias en la conversación, mientras miraba fijamente
al negro que empuñaba la rueda del timón.
Ugi se había perdido en la distancia
y el Arla surcaba el mar estival en dirección a las montañas
cubiertas de bosques de Malaita. El timonel, que de tal modo acaparaba
la atención de Bertie, llevaba un clavo de tres pulgadas atravesándole
la nariz de parte a parte. De su cuello pendía una sarta de botones de
pantalón. En los agujeros practicados en sus orejas lucía un abrelatas,
el mango roto de un cepillo de dientes, una pipa de cerámica, una rueda
de latón de un reloj despertador y varios cartuchos de winchester.
Adornaba su pecho la mitad de un plato de porcelana colgado de un
cordel. Había en cubierta unos cuarenta negros acicalados de forma
parecida, quince de los cuales formaban parte de la tripulación. El
resto eran trabajadores recién reclutados.
––Naturalmente, fue un accidente
––dijo Jacobs, el contramaestre del Arla, un hombre enjuto, de
ojos negros y aspecto más de profesor que de marino––. A John Bedip le
sucedió algo parecido. Volvía con varios hombres a los que había hecho
azotar, cuando su bote zozobró. Pero él sabía nadar tan bien como los
nativos, y dos de éstos se ahogaron. Bedip se salvó gracias a un madero
y a su revólver. Naturalmente, fue todo accidental.
––Son muy corrientes aquí ese tipo de
accidentes ––intervino el capitán––. ¿Ve usted ese hombre que lleva el
timón, señor Arkwright? Es un caníbal. Hace seis meses él y el resto de
la tripulación ahogaron al que era entonces capitán del Arla.
Aquí mismo, sí, señor, a popa, junto al palo de mesana.
––La cubierta quedó en un estado
espantoso ––dijo el contramaestre.
––¿He entendido bien...? ––comenzó
Bertie.
––Sí, como lo oye ––dijo el capitán
Hansen––. Se ahogó accidentalmente.
––Pero ¿en cubierta?
––Exactamente. No me importa decirle,
en secreto, claro está, que se sirvieron de un hacha.
––¿Esta misma tripulación que lleva
usted ahora? .
El capitán Hansen afirmó con la
cabeza.
––El capitán anterior era muy
descuidado ––explicó el contramaestre––. Acababa de volverse de espaldas
cuando le asestaron el golpe.
––No tenemos la más mínima protección
––se lamentó Hansen––. El gobierno da siempre preferencia al negro. El
blanco no puede abrir fuego. Tiene que dar al nativo la oportunidad de
defenderse o, de otro modo, le acusan de asesino y le envían a Fiji. Por
eso hay tantos casos de ahogados accidentalmente.
Llamaron para la cena y Bertie y el
capitán bajaron, dejando al contramaestre la vigilancia de cubierta.
––No pierdas de vista a Auiki, ese
demonio de negro ––le advirtió el capitán a modo de despedida––. No me
gusta nada la expresión que tiene hace varios días.
––Descuide ––dijo el contramaestre.
Ya habían empezado a servir la cena,
y el capitán narraba la historia de la matanza sucedida en el
Scottish Chiefs. ––Era el mejor navío de toda la costa ––decía––.
Pero antes de que llegara siquiera al arrecife, las canoas salieron en
su persecución. Iban a bordo cinco hombres blancos y la tripulación,
compuesta por veinte nativos de Santa Cruz y de Samoa. Sólo escapó con
vida el sobrecargo. Llevaban además sesenta nativos que acababan de
reclutar. Todos acabaron kai-kai. Perdón, quiero decir que se los
comieron. Y recuerden el caso del James Edwards, aquel navío tan
marinero de...
Pero en aquel momento llegó a sus
oídos desde cubierta un juramento del contramaestre seguido de un coro
de gritos salvajes. Se oyeron tres disparos de revólver y después un
chapoteo. El capitán Hansen subió la escala de cámara de una carrera.
Bertie se quedó asombrado al comprobar la rapidez con que desenfundaba
el revólver mientras se precipitaba hacia cubierta. Le siguió poco
después, más circunspecto, dudando antes de asomar la cabeza por la
puerta del camarote. Pero no ocurrió nada. El contramaestre temblaba de
excitación con el revólver en la mano. Echó a andar hacia delante y, de
pronto, se volvió con un movimiento súbito, como si le amenazara algún
peligro a su espalda.
––Uno de los nativos ha caído por la
borda ––dijo con una voz extraña, cargada de tensión––. No sabía nadar.
––¿Quién era? ––preguntó el capitán.
––Auiki ––fue la respuesta.
––Pero yo le aseguro que he oído
disparos ––dijo Bertie temblando de emoción porque todo aquello olía a
aventura, una aventura que, por fortuna, ya había pasado.
El contramaestre se lanzó sobre él
aullando.
––¡Eso es una mentira indecente! No
se ha hecho un solo disparo. El negro se ha caído por la borda.
El capitán Hansen miró a Bertie sin
pestañear, bien abiertos los ojos negros y lustrosos.
––Pues a mí me ha parecido...
––empezó a decir Bertie.
––¿Disparos? ––dijo el capitán Hansen
distraídamente––. ¿Dice usted que ha oído disparos? ¿Ha oído usted algún
disparo, señor Jacobs?
––Ninguno ––replicó el aludido.
El capitán miró triunfante a su
invitado y dijo:
––Está claro que ha sido un
accidente. Bajemos, señor Arkwright, y acabemos de cenar.
Bertie durmió aquella noche en el
camarote del capitán, una cabina pequeña situada junto a la cámara
principal. El mamparo de proa estaba decorado con un muestrario de
rifles. Sobre la litera colgaban tres más. Bajo ella había un cajón
repleto, según descubrió Bertie al abrirlo, de munición, dinamita y
cajas de detonadores. Decidió instalarse en el canapé situado al lado
opuesto. Sobre la mesita y en lugar destacado se hallaba el diario de
navegación. Bertie ignoraba que había sido especialmente preparado para
la ocasión por el capitán Malu y, por tanto, leyó con verdadera emoción
cómo el 21 de septiembre dos tripulantes habían muerto ahogados después
de caer por la borda. Adivinó entre líneas y sospechó que el suceso
había sido más que un accidente. Leyó que la ballenera del Arla
había caído en Su´u en una emboscada que costó la vida a tres hombres,
que el capitán había sorprendido al cocinero guisando carne humana
comprada por la tripulación en las costas de Fui y cómo una descarga de
dinamita había matado accidentalmente a uno de los marineros mientras
hacía señales. Leyó de ataques nocturnos, de huidas de puertos
efectuadas en medio de la noche, de ataques de hombres del interior en
los pantanos de mangles y de hombres de agua salada en los pasajes más
grandes. Con frecuente monotonía se hacía alusión a muertes provocadas
por la disentería. Advirtió con alarma que a bordo del Aria habían
fallecido por esta causa dos invitados como él.
––Verá usted ––dijo Bertie al capitán
a la mañana siguiente––. He estado hojeando el diario de navegación.
El capitán expresó inmediatamente su
arrepentimiento por haberlo dejado allí en medio, al alcance de
cualquiera.
––Y eso de la disentería, ¿sabe
usted?, me parece puro cuento. Como lo de tanto ahogado por accidente
––continuó Bertie––. ¿Cuál fue la verdadera causa de todas esas muertes?
El capitán se hizo lenguas de la
agudeza que demostraba su invitado, expresó una negativa formal e
indignada de sus sospechas y, al final, se rindió graciosamente.
––Verá, le explicaré, señor Arkwright.
Bastante mala fama tienen ya estas islas. Cada día nos resulta más
difícil reclutar a tripulantes blancos. Supongamos que matan a un
hombre. La compañía se ve obligada a pagar una suma elevadísima para que
otro le reemplace. Pero si ese hombre muere de enfermedad, entonces ya
no hay problema. Los nuevos no temen a las enfermedades. Lo que no
quieren es morir asesinados. Cuando vine a ocupar este puesto creí que
el capitán que me había precedido había muerto de disentería. Luego fue
demasiado tarde. Ya había
firmado el contrato.
––Además ––intervino el señor Jacobs––,
ya había demasiados ahogados por accidente. Resultaba un poco
sospechoso. La culpa es del gobierno. El blanco no tiene oportunidad de
defenderse de los negros.
––Eso. Recuerden el caso del Princess
y de su contramaestre yanqui ––dijo el capitán, iniciando su historia––.
Iban a bordo en aquel viaje cinco hombres blancos, además de un agente
del gobierno. El capitán, el agente y el sobrecargo habían ido a tierra
en los dos botes. El segundo y el contramaestre quedaron abordo con unos
quince marineros, todos nativos de Tonga y de Samoa. Una muchedumbre de
negros llegó desde la costa. Cuando el contramaestre quiso darse cuenta
de lo que ocurría, el segundo y toda la tripulación habían muerto en el
primer asalto. Cogió tres cartucheras y dos winchesters y se encaramó en
la cruceta. Fue el único superviviente, y se comprende que hasta hoy no
haya recobrado el juicio. Disparó una y otra vez hasta que el rifle se
calentó tanto que no pudo tenerlo en la mano y se vio obligado a
utilizar el otro. La cubierta estaba alfombrada de negros. La limpió
totalmente. Los fue derribando conforme saltaban por la borda y los
siguió derribando conforme empuñaban los remos de sus canoas. Cuando los
negros se arrojaron al agua y empezaron a nadar para ponerse a salvo,
seguía tan furioso que mató a media docena más. Y ¿qué le dieron como
recompensa?
––Siete años en Fiji ––replicó el
contramaestre.
––El gobernador dijo que no estaba
justificado seguir disparando una vez que los negros se habían lanzado
ya al agua ––explicó el capitán.
––Por eso ahora mueren de disentería
––añadió el contramaestre.
––¡Quién iba a suponerlo! ––dijo
Bertie, deseando interiormente que el crucero acabara cuanto antes.
Más tarde, aquel mismo día, interrogó
al negro que, según le habían dicho, era caníbal. Se llamaba Sumasai.
Había pasado tres años en una plantación de Queensland, conocía Samoa,
Fiji y Sidney y había recorrido las costas de Nueva Bretaña, Nueva
Irlanda, Nueva Guinea y las Islas del Almirantazgo en los barcos que
navegaban por aquellos mares reclutando trabajadores. Era un bromista
nato y se había dado cuenta de lo que se proponía el capitán. Sí, había
comido a muchos hombres. ¿Cuántos? No recordaba el número. Sí, blancos
también. Tenían una carne muy sabrosa cuando estaban sanos. Una vez se
había comido a un enfermo.
––Yo decir verdad ––exclamó al
recordarlo––. Yo enfermar mucho como él. Mi estómago moverse demasiado.
Bertie se estremeció y pasó a hablar
de cabezas. Sí. Sumasai tenía enterradas varias en muy buenas
condiciones, secadas al sol y curadas a base de humo. Una de ellas era
la del capitán de un barco. Tenía unos bigotes muy largos. Estaba
dispuesto a venderla por dos libras esterlinas. Las cabezas de negros
podía dejárselas en un dólar la pieza. Tenía también unas cuantas
cabezas de negritos en bastante mal estado que podía cederle por diez
chelines.
Cinco minutos después, Bertie se
hallaba en cubierta sentado junto a un negro que padecía una horrible
enfermedad de la piel. Se apartó de él, y cuando después preguntó qué
tenía aquel hombre, le dijeron que era lepra. Bajó inmediatamente al
camarote y se lavó con un jabón desinfectante. En el transcurso de aquel
día repitió muchas veces la operación porque todos los nativos de a
bordo tenían úlceras malignas de un tipo u otro.
Cuando el Arla fondeó en medio
de un pantano de mangles, colocaron sobre la borda una doble fila de
alambradas. Parecía que la cosa iba en serio, y cuando Bertie vio las
canoas de los nativos alineadas en la playa, una junto a otra, armadas
con lanzas, arcos, flechas y rifles, deseó como nunca que el crucero
terminara pronto.
Aquella tarde, los nativos que habían
subido a bordo se resistieron a abandonar el barco cuando se puso el
sol. Unos cuantos respondieron con descaro cuando se les conminó a que
volvieran a tierra.
––No importa. Yo me encargaré de
ellos ––dijo el capitán Hansen, desapareciendo por la escala de cámara.
Cuando regresó, le enseñó a Bertie un cartucho de dinamita atado a un
anzuelo. Se da la coincidencia de que una botella de clorodina envuelta
en papel por el que asoma una mecha inofensiva puede engañar a
cualquiera. Desde luego, engañó a Bertie y engañó también a los nativos.
Cuando el capitán Hansen prendió fuego a la mecha y enganchó el anzuelo
a la parte trasera del taparrabos de un nativo, a éste se le despertaron
unos deseos tan ardientes de ir a tierra que olvidó quitarse el
taparrabos. Echó a correr con la mecha siseando y chisporroteando a su
espalda, sembrando el pánico entre sus compañeros, que se lanzaban al
agua por encima de la alambrada con cada salto que él daba. Bertie
estaba horrorizado. Y también el capitán Hansen. Se había olvidado de
los veinticinco hombres que había reclutado aquel día, a cada uno de los
cuales había pagado treinta chelines por adelantado. Los así enrolados
se arrojaron al agua con el resto de los nativos, seguidos por el que
arrastraba la botella de clorodina con la mecha que chisporroteaba sin
cesar.
Bertie no vio cómo explotaba la
botella, pero como el contramaestre hizo estallar oportunamente un
cartucho de auténtica dinamita a popa, donde no pudiera hacer daño a
nadie, habría jurado ante cualquier tribunal del Almirantazgo que había
visto volar un negro en mil pedazos.
La huida de los veinticinco hombres
reclutados costó al Arla cuarenta libras esterlinas. Habían huido
a la selva del interior de la isla, por lo cual no cabía esperanza de
recuperarlos. El capitán y el contramaestre decidieron ahogar sus penas
en té frío, un té que se sirvió en botellas de whisky, por lo cual
Bertie no pudo saber que no era alcohol lo que con tanta prisa se
echaban al coleto. Sólo supo que aquellos hombres se emborracharon mucho
y que discutieron con gran elocuencia y meticulosidad si la muerte del
negro que había estallado en mil pedazos debía atribuirse a la
disentería o a un accidente. Cuando los dos hombres comenzaron a roncar,
Bertie fue el único blanco que quedaba despierto a bordo, por lo cual
montó una peligrosa guardia hasta el amanecer, temiendo un ataque de los
nativos de la isla o un motín de la tripulación.
Tres días más pasó el Arla
junto a la costa y tres noches más abusaron del té frío el capitán y el
contramaestre, dejando a Bertie encargado de la vigilancia. Estaban
convencidos de que podían fiarse de él del mismo modo que Bertie sabía
que si llegaba a salir con vida de aquel trance informaría al capitán
Malu de la conducta de aquellos borrachos. Finalmente, el Arla
fondeó en la plantación Reminge, en Guadalcanal. Bertie echó pie a
tierra con un suspiro de alivio y estrechó la mano del administrador. El
señor Harriwell estaba preparado para recibirle.
––No se sorprenda usted si ve a los
muchachos algo alicaídos ––le dijo tras llevárselo a un rincón para
hablarle en secreta––. Se rumorea que va a haber un motín. Estoy
dispuesto a admitir que he visto dos o tres síntomas sospechosos, pero
personalmente creo que se trata de una falsa alarma.
––¿Cuántos negros hay en la
plantación? ––preguntó Bertie con el corazón en un puño.
––En este momento tenemos
cuatrocientos ––replicó despreocupadamente el señor Harriwell––, pero
entre nosotros tres, más usted, naturalmente, el capitán y el
contramaestre del Arla, podremos dominarlos sin dificultad.
Bertie se volvió para estrechar la
mano de un tal McTavish, el intendente, que apenas le saludó, tal era la
prisa que llevaba por presentar la dimisión.
––Dado que soy hombre casado, señor
Harriwell, no puedo permitirme el lujo de quedarme por más tiempo. Aquí
se cuece algo, tan claro como la nariz que veo en su cara. Los negros
van a amotinarse y en Reminge va a repetirse el horror de Hohono.
––¿A qué horror se refería?
––preguntó Bertie después que el administrador de la plantación lograra
convencer al intendente para que se quedara hasta fin de mes.
––Hablaba de la plantación de Hohono,
en la isla Isabel ––dijo el administrador––. Los negros mataron a cinco
blancos que estaban en tierra firme, se hicieron con la goleta,
liquidaron al capitán y al contramaestre, y huyeron en la nave a Malaita.
Pero siempre he dicho que en Hohono pasó lo que pasó porque no tomaron
precauciones. Aquí no nos sorprenderán durmiendo. Venga, señor Arkwright,
y vea el panorama que se divisa desde la galería.
Bertie estaba demasiado preocupado
pensando cómo escapar a Tulagi, a casa del gobernador, para interesarse
mucho por el panorama. Seguía meditando cómo salir de aquel atolladero
cuando sonó un rifle a su espalda, muy cerca de donde se hallaba. En
aquel mismo instante, el señor Harriwell le arrastró al interior de la
casa con tal precipitación que a poco le disloca el brazo.
––¡Qué barbaridad, amigo mío! Se ha
salvado por un pelo ––le dijo mientras le inspeccionaba todo el cuerpo
para ver si estaba herido––. No se imagina usted lo preocupado que
estoy. A plena luz del día. Nunca lo hubiera creído...
Bertie empezó a palidecer.
––Así es como mataron al
administrador anterior ––admitió McTavish––. Y hay que ver lo bueno que
era aquel hombre. Le volaron los sesos en esa misma galería. ¿Ha
reparado usted en una mancha oscura que hay entre los escalones y la
puerta?
Bertie no veía el momento de beberse
el cóctel que el señor Harriwell había preparado para él y que en ese
momento le ofrecía. Pero antes de que pudiera probarlo, entró un hombre
con pantalones de montar y polainas.
––¿Qué pasa ahora? ––preguntó al
administrador después de echar una ojeada al rostro del recién
llegado––. ¿Ha vuelto a subir el río?
––¡Qué río ni qué demonios! Ha sido
un negro. Salió de la espesura, se detuvo ni a una docena de pasos de
donde yo estaba, y me pegó un tiro. Tenía un fusil y disparó apoyando la
culata en la cadera. Lo que me gustaría saber es de dónde ha sacado el
rifle. ¡Ah, perdone usted! Encantado de conocerle, señor Arkwright.
––El señor Brown es mi ayudante
––explicó el señor Harriwell––. Ahora vamos a tomarnos esa copa.
––Pero ¿de dónde habrá sacado ese
rifle? ––insistió Brown––. Siempre me he opuesto a que tengamos aquí ese
tipo de armas.
––Pues de aquí no se han movido
––dijo el señor Harriwell en un acceso de cólera.
El señor Brown sonrió incrédulo.
––Venga a verlo ––dijo el
administrador.
Bertie siguió a la procesión hasta la
oficina donde Harriwell señaló triunfante un cajón de embalaje que había
en un rincón polvoriento.
––Entonces, ¿de dónde sacó el snider
ese desgraciado? ––insistió de nuevo Brown.
Pero en aquel preciso momento
McTavish alzaba el cajón del suelo. Dio un respingo y arrancó la tapa.
Estaba vacío. Todos se miraron en medio de un silencio espeluznante.
Harriwell se encogió.
McTavish soltó un juramento.
––Lo que he dicho siempre. No se
puede uno fiar de los criados.
––Esto parece serio ––admitió
Harriwell––, pero saldremos con bien del trance. Lo que necesitan estos
negros sanguinarios es un buen susto. Caballeros, ¿quieren traer sus
rifles al comedor? Y usted, señor Brown, prepare cuarenta o cincuenta
cartuchos de dinamita. Ponga las mechas muy cortas. Les daremos una
lección. Y ahora, señores, la cena está servida.
Si algo detestaba Bertie era el arroz
con curry, y así fue como se sirvió él solamente de una tortilla que
ofrecía un aspecto bastante apetitoso. Había terminado de comer, cuando
Harriwell se sirvió del mismo plato. Probó un bocado y lo escupió
vociferando.
––Ya es la segunda vez ––anunció
McTavish ominosamente.
Harriwell seguía escupiendo y
carraspeando.
––¿A qué se refiere? ––preguntó
Bertie trémulamente.
––Veneno ––fue la respuesta––.
Acabaré colgando a ese cocinero.
––Así fue como murió el contable de
Cabo Marsh ––dijo Brown––. Fue una muerte horrible. Dicen en el Jessie
que sus gritos se oían en tres millas a la redonda.
––Cargaré a ese cocinero de grilletes
––farfulló Harriwell––. Afortunadamente lo hemos descubierto a tiempo.
Bertie seguía paralizado. El color
había huido de su rostro. Quiso hablar, pero sólo logró emitir un
gorgoteo inarticulado. Todos le miraron ansiosamente.
––¡No me lo diga! ¡No me lo diga!
––exclamó McTavish con voz tensa.
––Sí, he comido tortilla, y mucha. Un
plato lleno ––estalló Bertie como un buceador que de pronto recobrara el
aliento.
El terrible silencio que se hizo a
continuación se prolongó durante medio minuto. Bertie leyó en los ojos
de todos su destino.
––Quizá no esté envenenada ––dijo
Harriwell débilmente.
––Llamen al cocinero ––ordenó Brown.
Y acudió el aludido, un negrito
sonriente con la nariz y las orejas perforadas.
––Wi-wi, ¿qué nombre esto? ––gritó
Harriwell señalando la tortilla acusadoramente.
Wi-wi, naturalmente, estaba asustado
y azorado.
––Bueno para kai-kai ––murmuró
con tono de disculpa.
––Hágaselo comer ––sugirió McTavish––.
Ésa es la mejor prueba.
Harriwell llenó una cuchara de
tortilla y saltó hacia el cocinero, que salió corriendo presa de pánico.
––Con eso está dicho todo ––fue el
juicio que pronunció Brown solemnemente––. No quiere probarla.
––Señor Brown, ¿quiere ir a ponerle
los grilletes? ––Harriwell se volvió alegremente hacia Bertie––. No se
preocupe usted. El gobernador le ajustará las cuentas y puede estar
seguro de que si usted muere le ahorcarán.
––No creo que lo hagan ––objetó
McTavish.
––Pero, caballeros, caballeros...
––exclamó Bertie––. Mientras tanto piensen ustedes en mí.
Harriwell se encogió de hombros,
compasivo.
––Lo siento, amigo mío, pero no se
conocen antídotos para los venenos que utilizan los nativos. Procure
serenarse y si...
Fuera sonaron dos disparos de rifle
que interrumpieron el diálogo. Brown entró, cargó su winchester y se
sentó a la mesa.
––El cocinero ha muerto ––dijo––. De
fiebres. Ha sido un ataque fulminante.
––Estaba diciéndole al señor
Arkwright que no se conocen antídotos para los venenos de los nativos...
––Excepto la ginebra ––dijo Brown.
Harriwell se tildó de idiota y
distraído y corrió a buscar una botella.
––Cuidado, hombre, cuidado ––advirtió
a Bertie, que se había bebido de un trago un vaso casi lleno de ginebra
y que, bajo los efectos de la mordedura del alcohol, tosía y se
atragantaba de tal modo que las lágrimas rodaban por sus mejillas.
Harriwell le tomó el pulso y la
temperatura, le atendió con la mayor ostentación posible y manifestó sus
dudas acerca de que la tortilla estuviera envenenada. Brown y McTavish
se expresaron en el mismo sentido, pero Bertie creyó adivinar un tono
falso en sus palabras. El apetito le había abandonado como por ensalmo y
se tomaba furtivamente el pulso bajo la mesa. Indudablemente aumentaba
de velocidad, pero no se le ocurrió achacarlo a la ginebra que se
acababa de tomar. McTavish, rifle en mano, salió a la galería para hacer
una visita de inspección.
––Están reuniéndose en la cocina
––informó a su vuelta––. Y tienen un montón de rifles. Lo mejor será que
nos acerquemos sigilosamente y les ataquemos por el flanco. Que seamos
nosotros los que abramos fuego. ¿Quiere venir conmigo, Brown?
Harriwell continuó comiendo mientras
Bertie descubría que su pulso había aumentado de velocidad, cinco
latidos por minuto. A pesar de estar advertido, no pudo evitar dar un
salto cuando los rifles empezaron a sonar. A los disparos de los rifles
se superponía el constante martillear de los winchesters de Brown y de
McTavish, confundidos unos y otros con gritos y exclamaciones
demoníacas.
––Les han dispersado ––observó
Harriwell, mientras el sonido de voces y disparos se perdía en la
distancia.
Apenas habían vuelto a sentarse a la
mesa Brown y McTavish, cuando este último aventuró una observación.
––Tienen dinamita ––dijo.
––Entonces, ataquémosles con dinamita
––propuso Harriwell.
Se metieron cada uno media docena de
cartuchos en los bolsillos y, tras equiparse con puros encendidos, se
dirigieron a la puerta.
Fue en ese preciso momento cuando
sucedió. Más tarde culparon de ello a McTavish, quien admitió que la
carga había sido un poco excesiva. En cualquier caso, lo cierto es que
estalló bajo la casa, la cual se alzó de costado y volvió a posarse
sobre sus cimientos. La mitad de los platos que había sobre la mesa se
hicieron añicos, mientras que el reloj, que tenía cuerda para ocho días,
se paró en seco. Clamando venganza, los tres hombres se precipitaron al
exterior y comenzó el bombardeo en medio de la noche.
Cuando regresaron, Bertie había
desaparecido. Se había arrastrado hasta la oficina del administrador,
donde se había encerrado levantando una barricada. Allí, tendido en el
suelo y hundido en una pesadilla empapada en ginebra pura, murió mil
muertes sucesivas mientras a su alrededor se libraba el valeroso
combate. Por la mañana, con el estómago revuelto y un buen dolor de
cabeza, salió de su encierro y encontró el sol brillando en el
firmamento y a Dios presumiblemente en el Cielo, porque sus anfitriones
seguían vivos e ilesos.
Harriwell le instó a
que prolongara su estancia en la plantación, pero Bertie insistió en
zarpar inmediatamente en el Arla en dirección a Tulagi, donde no
se apartó de las cercanías de la casa del gobernador hasta que llegó el
día de la partida del primer vapor. Iban a bordo turistas femeninas, y
Bertie volvió a ser el héroe, mientras que el capitán Malu, como de
costumbre, pasaba desapercibido. Pero envió desde Sidney dos cajones del
mejor whisky escocés que pudo encontrar, porque no pudo decidir cuál de
sus dos empleados, si el capitán Hansen o el señor Harriwell, había
proporcionado a Bertie Arkwright la impresión más inolvidable de la vida
en las islas Salomón. FIN.
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