I. El experimento
-Estoy contento de que hayas
venido, Clarke; de hecho, muy contento. No estaba seguro de que pudieras
darte el tiempo.
-Pude hacer algunos arreglos por unos pocos días; las cosas no están muy
activas justamente ahora. Pero Raymond, ¿no tienes dudas? ¿Es
absolutamente seguro?
Los dos hombres paseaban lentamente por la terraza frente a la casa del
doctor Raymond. El sol oriental aún colgaba sobre la línea montañosa, pero
brillaba con un pálido resplandor rojizo que no producía sombras, y el
aire estaba en calma; una dulce brisa vino desde el bosque en la ladera,
colina arriba, y con ella, por intervalos, el suave y murmurante arrullo
de las palomas silvestres. Abajo, en el largo y hermoso valle, el río
serpenteaba entre las colinas solitarias y, mientras el sol flotaba y se
desvanecía hacia el oeste, una suave bruma, de un blanco puro, comenzó a
emerger desde las colinas. El doctor Raymond se volvió seriamente hacia su
amigo:
-¿Seguro? Por supuesto que lo es. La operación es en sí misma una
intervención perfectamente simple, cualquier cirujano podría hacerla.
-¿Y no hay peligro durante alguna otra etapa?
-Ninguno; absolutamente ningún riesgo físico. Te doy mi palabra. Siempre
eres tan tímido, Clarke, siempre, pero tú conoces mi historia. Me he
dedicado a la medicina trascendental durante los últimos veinte años. He
sido llamado farsante, charlatán e impostor, sin embargo, todo el tiempo
supe que me encontraba en el camino correcto. Hace cinco años alcancé la
meta, y cada día desde entonces ha sido una preparación para lo que
haremos esta noche.
-Me gustaría creer que todo eso es cierto -Clarke frunció el entrecejo y
miró dubitativamente al doctor Raymond-. ¿Estás perfectamente seguro,
Raymond, que tu teoría no es una fantasmagórica -por cierto que una visión
espléndida, sin embargo, una mera visión después de todo?
El Dr. Raymond detuvo su marcha y se volvió seriamente. Era un hombre de
mediana edad, macilento y delgado, de complexión amarillo pálida, sin
embargo, mientras le respondía y enfrentaba a Clarke, un rubor asomó en
sus mejillas.
-Mira a tu alrededor, Clarke. Puedes ver las montañas, las colinas, como
ondulación tras ondulación, puedes ver los bosques y los huertos, los
campos maduros de maíz, y las praderas que se extienden hasta los lechos
de caña junto al río. Puedes verme aquí a tu lado, y oír mi voz; mas te
digo, que todas estas cosas -sí, desde la estrella que acaba de brillar en
el cielo hasta el suelo sólido bajo tus pies- te digo, que todas son sólo
sueños y sombras; las sombras que ocultan a nuestros ojos el verdadero
mundo. Existe un mundo real, pero trasciende este glamour y esta visión, y
se encuentra más allá de todo esto, tras un velo. No sé si alguna vez
algún ser humano ha corrido ese velo; sin embargo, Clarke, sé que tú y yo
lo veremos levantarse esta misma noche, en los ojos de otra persona. Quizá
pienses que todo esto es un sinsentido extravagante; puede ser extraño,
pero es real, y los antiguos sabían lo que significaba descorrer ese velo.
Lo llamaban presenciar al dios Pan.
Clarke se estremeció; la bruma blanca que se juntaba sobre el río estaba
helada.
-Esto es realmente asombroso-dijo-. Estamos parados al borde de un mundo
extraño, si lo que dices, Raymond, es verdad. ¿Debo suponer que el
cuchillo es absolutamente necesario?
-Sí. Una pequeña lesión en la sustancia gris, eso es todo; un
insignificante reordenamiento de ciertas células, una alteración
microscópica que escaparía a la atención de noventa y nueve de cien
especialistas. Clarke, no quiero molestarte hablándote de mi oficio;
podría darte muchos detalles técnicos que sonarían imponentes, mas tú
quedarías tan iluminado como estás ahora. Sin embargo, supongo que habrás
leído, por casualidad, en las apartadas esquinas de tu periódico, acerca
de los inmensos pasos que se han dado recientemente en la fisiología del
cerebro. El otro día divisé un párrafo de la teoría de Digby, y de los
descubrimientos de Browne Feber. ¡Teorías y descubrimientos! Donde ellos
se encuentran ahora yo ya estuve hace quince años, y no necesito decirte
que no he estado inactivo durante los últimos quince años. Bastará que te
diga que, hace cinco años hice el descubrimiento al que aludí cuando dije
que hace diez años había alcanzado la meta. Luego de años de labor, luego
de años de esfuerzo y de andar a tientas en la oscuridad, luego de días y
noches de desilusiones y, algunas veces, de desesperación, en los cuales,
una que otra vez, temblaba y me ponía helado ante el pensamiento de que
quizá otros estaban buscando lo que yo buscaba; pero por fin, después de
tanto tiempo, una punzada de alegría estremeció mi alma y supe que el
largo viaje había llegado a su fin. A través de lo que parecía y aún
parece suerte, por la sugerencia de un pensamiento fútil desprendido de
las líneas familiares y los caminos que había recorrido cientos de veces,
la verdad me invadió, y ví, delineado en líneas de visión, un mundo
completo, una esfera desconocida; islas y continentes, y grandes océanos,
en los cuales barco alguno ha navegado (según creo) desde que el hombre
alzó por primera vez su mirada y vislumbró el sol y las estrellas del
cielo, y la tranquila tierra debajo. Pensarás que esto es sólo lenguaje
alegórico, Clarke, pero es tan difícil ser literal. Y, sin embargo, no sé
si acaso lo que estoy insinuando no pueda ponerse en términos sencillos y
aislados. Por ejemplo, actualmente este mundo nuestro se encuentra
completamente conectado con cables y alambres de telégrafo; y con algo
menor que la velocidad del pensamiento, cruzan como un relámpago desde el
amanecer al atardecer, desde norte a sur, a través de las inundaciones y
los desiertos. Supón que un eléctrico de hoy se diera cuenta que él y sus
colegas han estado meramente jugando con guijarros, confundiéndolos con
las bases del mundo, supón que un hombre como aquél vislumbrara el espacio
infinito extendiéndose abierto frente a la corriente, y las voces de los
hombres viajando a la velocidad del trueno hacia el sol y más allá del
sol, hacia los sistemas más alejados, y el eco de la voz articulada de los
hombres en el desolado vacío que confina nuestro pensamiento. En relación
a las analogías, ésta es una muy buena analogía de lo que he hecho; puedes
entender ahora un poco de lo que sentí aquí una tarde; una tarde de verano
como ésta y el valle luciendo como ahora. Yo me encontraba aquí y, frente
a mí, vi el abismo inefable e impensable que se abre profundo entre dos
mundos, el mundo de la materia y el mundo del espíritu; vi el vacío y gran
abismo extenderse mortecino frente a mí, y, en aquel instante, un puente
de luz saltó desde la tierra hacia la orilla desconocida, y el abismo fue
unido. Puedes mirar en el libro de Browne Faber, si lo deseas, y te darás
cuenta que hasta el día de hoy los hombres de ciencia son incapaces de dar
cuenta de la presencia, o de especificar, las funciones de un cierto grupo
de neuronas del cerebro. Aquel grupo es, así como era, tierra de nadie,
sólo una pérdida de espacio para poner teorías imaginativas. Yo no estoy
el la posición de Browne Faber ni de los especialistas, yo estoy
perfectamente enterado de las posibles funciones de aquellos centros
nerviosos en el esquema de las cosas .Con un toque puedo hacerlas entrar
en juego, con un toque digo, puedo liberar la corriente, con un toque
puedo completar la comunicación entre este mundo de los sentidos y...
podremos terminar la oración más tarde. Sí, el cuchillo es necesario; mas
imagina lo que ese cuchillo realizará. Nivelará totalmente la sólida
muralla de los sentidos y, probablemente, por primera vez desde que el
hombre fue creado, un espíritu contemplará un mundo de espíritus. Clarke,
¡Mary verá al dios Pan!
-Pero, ¿recuerdas lo que me escribiste?. Pensé que era requisito que
ella... -susurró el resto al oído del doctor.
-No, para nada, para nada. Esas son tonterías. Te lo aseguro. De hecho, es
mejor como está; estoy completamente seguro de eso.
-Considera bien el asunto, Raymond. Es una gran responsabilidad. Algo
podría salir mal; serías un hombre miserable por el resto de tus días.
-No, no lo creo, aún si lo peor sucediera. Como sabes, yo rescaté a Mary
de la cuneta y de una muerte casi segura, cuando era una niña; pienso que
su vida es mía, para usarla como estime conveniente. Vamos, se está
haciendo tarde, mejor entramos.
El doctor Raymond encabezó la marcha hacia la casa, a través del hall, y
hacia abajo por un largo y oscuro corredor. Sacó una llave de su bolsillo
y abrió una pesada puerta, y le indicó a Clarke la entrada a su
laboratorio. Éste había sido alguna vez una sala de billar, iluminado por
una cúpula de vidrio en el centro del techo, donde aún brillaba una luz
triste y gris sobre la figura del doctor, mientras encendía una lámpara de
pesada pantalla y la ponía sobre una mesa en el centro de la habitación.
Clarke miró a su alrededor. Escasamente un pie del muro se mantenía
desnudo; por todos lados había estantes atiborrados con botellas y
frasquitos, de todas las formas y colores, y a un extremo se encontraba un
pequeño librero estilo Chippendale. Raymond le apuntó:
-¿Ves aquel pergamino de Osward Crollius? Él fue uno de los primeros en
mostrarme el camino, aunque pienso que él mismo jamás lo encontrara. Éste
es un extraño dicho suyo: "En cada grano de trigo se esconde el alma de
una estrella"
No había muchos muebles en el laboratorio. La mesa en el centro, en una
esquina un mesón de piedra con un desagüe, las dos butacas en las que Raymond y Clarke estaban sentados; eso era todo, excepto una silla de
extraña apariencia en el extremo más alejado de la habitación. Clarke la
miro y alzó sus cejas:
-Sí, ésa es la silla -dijo Raymond-. Debemos ponerla en posición. Se
levantó y empujó la silla hacia la luz, y comenzó a elevarla y a bajarla,
dejando el asiento abajo, poniendo el respaldo en varios ángulos, y
ajustando la pisadera. Se veía bastante cómoda, y Clarke pasó su mano
sobre el terciopelo verde, mientras el doctor manipulaba las palancas.
-Clarke, ponte cómodo. Yo tengo un par de horas de trabajo ante mí, tuve
que dejar algunos asuntos para el final.
Raymond se dirigió hacia el mesón de piedra, mientras Clarke,
melancólicamente, lo observaba inclinarse sobre una hilera de frascos y
encender la llama bajo el crisol. El doctor tenía una pequeña lámpara de
mano, ensombrecida como la más grande, en una saliente sobre su
instrumental. Clarke, sentado en las sombras, examinó la gran sala en
penumbras, asombrándose ante los grotescos efectos del contraste entre la
luz brillante y la oscuridad indefinida. Pronto tuvo conciencia de un
extraño olor en la habitación, al comienzo la mera sugerencia de un olor,
pero al hacerse más definido se sorprendió de no evocar una farmacia o un
pabellón. Clarke se encontró a sí mismo esforzándose inútilmente por
analizar la sensación y, poco conciente, comenzó a pensar en un día,
quince años atrás, que pasó vagando a través de los bosques y praderas
cercanas a su propio hogar. Era un caluroso día de comienzos de agosto, el
calor había desdibujado con una suave bruma los contornos de todas las
cosas y de todas las distancias, y la gente que observaba el termómetro
hablaba de un registro anormal, de una temperatura que era casi tropical.
Extrañamente, aquel caluroso día de los cincuentas emergió nuevamente en
la imaginación de Clarke; la sensación de encandilamiento por la luz del
sol que lo invadía todo, parecía anular las sombras y las luces del
laboratorio, y sintió nuevamente el aire caliente golpeando en ráfagas
sobre su rostro, y vio el resplandor elevándose de la turba, y oyó los
millares de murmullos del verano.
-Espero que el olor no te moleste, Clarke; no hay nada dañino en él. Te
pone un tanto soñoliento, eso es todo.
Clarke oyó las palabras claramente, y se dio cuenta de que Raymond se
dirigía a él, sin embargo, no podía salirse de ese letargo. Sólo podía
pensar en la caminata solitaria que había tomado, quince años atrás; era
la última visión que tenía desde que era niño de los campos y bosques que
había conocido, y ahora, todo eso surgía en una luz brillante, como una
fotografía, ante él. Y por encima de todo llegó hasta su nariz el aroma
del verano, el olor mezclado de las flores, de los bosques y de los
lugares templados en lo profundo de las verdes profundidades, emanando
producto del calor del sol; y el aroma de la buena tierra, yaciendo con
los brazos abiertos y los labios sonrientes, abrumándolo todo. Sus
fantasías le hicieron vagar, como había vagado hace mucho tiempo atrás,
desde los campos hacia el bosque, recorriendo un pequeño sendero entre la
maleza brillante de las hayas; mientras el hilo de agua que goteaba desde
la piedra caliza sonaba como una melodía de ensueño. Sus pensamientos
comenzaron a extraviarse y a fundirse con otros pensamientos; la avenida
de hayas se transformó en un sendero entre las encinas, y eventualmente,
alguna parra trepaba de rama en rama, confinando a los oscilantes
zarcillos y se inclinaba a causa de sus uvas púrpuras, y las escasas hojas
verdegrises del olivo silvestre contrastaban con las oscuras sombras de la
encina. Clarke, en los profundos pliegues del sueño, estaba conciente que
el sendero que partía de la casa de su padre lo había llevado hacia un
país desconocido. Repentinamente, mientras reflexionaba sobre la extrañeza
de todo esto, el murmullo del verano fue reemplazado por un silencio
infinito que parecía cernirse sobre todas las cosas, el bosque estaba en
silencio. Y por un momento se encontró cara a cara con una presencia, que
no era hombre ni bestia, ni vivo ni muerto, sino todas las cosas a la vez,
la forma de todas las cosas pero desprovisto de forma. Y en ese momento,
el sacramento entre el cuerpo y el ama se disolvió y una voz pareció
gritar: "déjennos salir", y entonces vino la oscuridad más oscura, de más
allá de las estrellas, la oscuridad de lo eterno.
Clarke se despertó de un sobresalto y vio a Raymond vertiendo unas cuantas
gotas de un líquido oleoso en un frasquito verde, tapándolo apretadamente.
-Estuviste dormitando -le dijo-, el viaje debe haberte agotado. Todo está
listo. Iré por Mary; estaré de vuelta en diez minutos.
Clarke se reclinó en su butaca, reflexionando. Le parecía como si
solamente hubiera pasado de un sueño a otro. Casi esperaba ver las paredes
del laboratorio derretirse y disolverse, y despertar en Londres,
estremeciéndose frente a sus propias ensoñaciones. Pero finalmente la
puerta se abrió y el doctor regresó. Tras de él venía una joven de
aproximadamente diecisiete años, toda vestida de blanco. Era tan hermosa
que Clarke no se extrañó de lo que el doctor le había escrito. Su rostro,
cuello y brazos se habían sonrojado, pero Raymond se mantenía
inconmovible.
-Mary -le dijo-, ha llegado el momento. Eres completamente libre. ¿Estás
dispuesta a confiarte enteramente a mí?
-Sí, querido.
-¿Oíste eso, Clarke? Tú eres mi testigo. Mary, aquí está la silla. Es
bastante simple. Sólo siéntate y recuéstate. ¿Estás lista?
-Si, querido, completamente lista. Bésame antes de comenzar.
El doctor se inclinó y la besó benévolamente en los labios.
-Ahora cierra tus ojos -le dijo.
La joven cerró sus párpados, como si estuviera cansada y anhelara dormir,
y Raymond puso el frasquito verde bajo su nariz. Su rostro se puso blanco,
más blanco que su vestido; luchó suavemente, mas luego, con el sentimiento
de sumisión tan fuerte en su interior, cruzó los brazos sobre su pecho,
como una niña pequeña a punto de decir sus oraciones. El brillo de la
lámpara cayó de lleno sobre ella, y Clarke observó los cambios pasar
rápidamente por su rostro, como cambian las colinas cuando las nubes del
verano flotan sobre el sol. Y luego allí estaba ella, totalmente quieta y
pálida, mientras el doctor levantaba uno de sus párpados. Estaba
completamente inconsciente. Raymond presionó con fuerza una de las
palancas e instantáneamente la silla se hundió hacia atrás. Clarke observó
cómo le cortaba el cabello, trazando un círculo parecido a una tonsura.
Raymond acercó la lámpara y sacó de su maletín un pequeño y brillante
instrumento, Clarke se volteó estremeciéndose. Al mirar nuevamente el
doctor estaba vendando la herida que había hecho.
-Despertará en cinco minutos -Raymond se mantenía aún perfectamente
tranquilo-. No hay nada más que hacer, sólo podemos esperar.
Los minutos pasaban lentamente; podían oír el lento y pesado tic tac de un
antiguo reloj en el pasillo. Clarke se sentía enfermo y débil; sus
rodillas temblaban, casi no podía mantenerse en pie.
Repentinamente, mientras vigilaban, percibieron un largo suspiro y, de
súbito, el color perdido regresó a las mejillas de la joven y sus ojos se
abrieron. Clarke se amilanó ante ellos. Brillaban con una luz
impresionante, mirando a la distancia, y un gran asombro se dibujó en su
rostro, y sus brazos se estiraron como para asir lo invisible; sin
embargo, en un instante el asombro se disolvió y fue reemplazado por el
más abominable terror. Los músculos de su rostro se convulsionaron
horriblemente, temblando desde la cabeza a los pies; su alma parecía
estremecerse y luchar dentro de ese hogar de carne. Fue una visión
espantosa, y Clarke se precipitó hacia adelante mientras ella caía al
suelo, temblando.
Tres días después Raymond condujo a Clarke junto al lecho de Mary. Ella se
encontraba completamente despierta, moviendo su cabeza de lado a lado y
gesticulando inexpresivamente.
-Sí -dijo el doctor, aun completamente sereno-, es una lástima, se ha
convertido en una idiota sin remedio. Sin embargo, no se pudo evitar y,
después de todo, ella ha visto al Gran Dios Pan.
II.
Las Memorias del Señor Clarke
Clarke,
el caballero elegido por el Dr. Raymond para presenciar el extraño
experimento del dios Pan, era una persona en cuyo carácter la cautela y la
curiosidad estaban peculiarmente mezcladas. En sus momentos de seriedad
pensaba en lo inusual y lo excéntrico con una abierta aversión, sin
embargo, en lo profundo de su corazón, exhibía una ingenua curiosidad
respecto a los elementos más esotéricos y recónditos de la naturaleza
humana. Esta última tendencia había prevalecido cuando aceptó la
invitación de Raymond y, aunque su juicio siempre había repudiado las
teorías del doctor, considerándolas como las necedades más extravagantes,
secretamente abrazaba la creencia en la fantasía, y se hubiera regocijado
de ver confirmada aquella creencia. Los horrores que presenció en aquel
espantoso laboratorio resultaron, hasta cierto punto, terapéuticos; era
conciente de estar involucrado en un asunto no del todo honorable, y por
muchos años después, se aferró firmemente a lo trivial, rechazando todas
las oportunidades de investigación ocultista. De hecho, sobre un principio
homeopático, por algún tiempo asistió a las sesiones de distinguidos
médiums, esperando que los torpes trucos de aquellos caballeros le
llevaran a enemistarse con cualquier tipo de misticismo, sin embargo, el
remedio, aunque cáustico, no era eficaz. Clarke sabía que aún se consumía
por lo invisible, y, poco a poco, la antigua pasión comenzó a reafirmarse,
al tiempo que el rostro de Mary, estremeciéndose y convulsionado con un
desconocido terror, se desvanecía lentamente en su memoria. Ocupado todo
el día en labores tanto serias como lucrativas, la tentación de relajarse
por la tarde era muy grande, especialmente durante los meses de invierno,
cuando el fuego echaba un cálido fulgor sobre su cómodo departamento de
soltero, y una botella de algún vino escogido descansaba presto a la mano.
Una vez digerida la cena, haría una breve pretensión de leer el periódico
de la tarde, sin embargo, el mero catálogo de noticias palidecía pronto
ante él, y Clarke se descubría echando vistazos de cálido deseo en
dirección de un antiguo escritorio japonés, que se erguía a una agradable
distancia del hogar. Como un niño frente a un armario atestado, por unos
pocos minutos lo rondaba indeciso, pero el placer siempre prevalecía, y
Clarke terminaba por acercar su silla, prender una vela y sentarse frente
al escritorio. Sus casilleros y cajones rebosaban con documentos acerca de
los más mórbidos temas, y en su espacio cerrado, descansaba un gran
volumen manuscrito, en el cual, esmeradamente, había introducido los
tesoros de su colección. Clarke sentía un magnífico desdén hacia la
literatura publicada; la historia más fantasmagórica dejaba de interesarle
si resultaba estar impresa; su único placer se encontraba en la lectura,
compilación y reorganización de lo que él llamaba, sus "Memorias para
probar la Existencia del Diablo" y, entregado a esta ocupación, la tarde
parecía volar y la noche parecía muy corta.
Durante una velada en
particular, una horrible noche de diciembre oscurecida por la niebla y
congelada con escarcha, Clarke apuró su cena y, escasamente, se dignó a
observar su acostumbrado ritual de tomar el periódico y dejarlo nuevamente
a un lado. Se paseó dos o tres veces por la habitación, abrió el
escritorio, se mantuvo estático por un momento, y se sentó. Se reclinó,
absorbido por una de esas ensoñaciones de las que era objeto y, al fin,
sacó su libro y lo abrió en la última entrada. Allí habían tres o cuatro
páginas densamente cubiertas por la redonda y ornada caligrafía de Clarke,
y al principio, había escrito lo siguiente, a mano y en una letra algo más
grande:
"Singular narración relatada
por mi Amigo, el Doctor Phillips. Me ha asegurado que todos los hechos
relatados aquí son estricta y completamente Verdaderos, pero se niega a
entregar, ya sea los Apellidos de las Personas Afectadas, o los Lugares
donde estos Extraordinarios Eventos sucedieron.
El señor Clake comenzó a leer,
por décima vez, la narración, dando un vistazo de vez en cuando a las
notas que había hecho a lápiz cuando su amigo lo sugería. Una de sus
gracias era enorgullecerse de una cierta habilidad literaria; pensaba bien
de su estilo, y se esforzó en arreglar de forma dramática las
circunstancias. Leyó la siguiente historia:
"Las personas involucradas en
esta exposición son: Helen V., quien, si aún está viva, debe ser una mujer
de veintitrés, Rachel M., ya fallecida, quien era un año menor que la
anterior, y Trevor W., un idiota, de 18 años. Estas personas, durante el
período de la historia, habitaban en una villa en los límites de Gales, un
lugar de alguna importancia durante la época de ocupación Romana, pero
ahora un caserío disperso de no más de quinientas almas. Se empalma sobre
terreno elevado, aproximadamente a seis millas del mar, y se encuentra
protegida por un extenso y pintoresco bosque.
"Hace unos once años atrás,
Helen V. llegó a la aldea bajo circunstancias peculiares. Era sabido que,
siendo huérfana, fue adoptada en su infancia por un pariente lejano, quien
la crió en su hogar hasta que cumplió los doce años. Sin embargo, pensando
que sería mejor para la niña tener compañeros de juegos de su misma edad,
publicó en varios periódicos locales avisos buscando un buen hogar para
una niña de doce en una cómoda hacienda. Este aviso fue contestado por el
señor R., un granjero acomodado, de la aldea antes mencionada. Siendo sus
referencias satisfactorias, el caballero envió a su hija adoptiva con el
señor R. La joven portaba una carta, en la cual se estipulaba que la niña
debería tener una habitación para ella sola y afirmaba que sus cuidadores
no necesitaban preocuparse por el tema de su educación, pues ella estaba
lo suficientemente educada para la posición que ocuparía en la vida. De
hecho, el señor R. fue dado a entender que debía permitir a la niña
encontrar sus propias actividades y pasar el tiempo como ella deseara.
Puntualmente, el Sr. R. la recibió en la estación más cercana, a siete
millas de su casa, y al parecer no advirtió nada fuera de lo común acerca
de la niña, excepto que se mostraba reservada respecto a su antigua vida y
a su padre adoptivo. Sin embargo, ella era diferente a la gente del
pueblo; su piel era de un oliva pálido y claro, y sus rasgos eran bien
marcados, en cierto modo, tenía un tipo extranjero. Al parecer, se
acostumbró fácilmente a la vida de la granja, y se convirtió en la
favorita de los niños, quienes algunas veces la acompañaban en sus
vagabundeos por el bosque, ya que éste era su pasatiempo favorito. El
Señor R. relata que conocía los vagabundeos solitarios de la joven, salía
inmediatamente después del desayuno, y no retornaba hasta después del
atardecer, y que, sintiéndose intranquilo de que una jovencita se
encontrara sola fuera de la casa por tantas horas, se comunicó con su
padre adoptivo, quién respondió, en una breve nota, que Helen debía hacer
lo que eligiera. En el invierno, cuando los caminos del bosque son
intransitables, pasaba la mayor parte del tiempo en su dormitorio, donde
dormía sola, de acuerdo a las instrucciones de su pariente. Fue durante
una de estas expediciones al bosque cuando sucedió el primero de los
singulares incidentes con los cuales la niña está conectada, siendo
aproximadamente un año después de su llegada al pueblo. El invierno
anterior había sido extraordinariamente severo, la nieve se había
acumulado hasta grandes profundidades, y la escarcha se había mantenido
por un período sin precedente, y el verano siguiente fue igual de notable
por su calor excesivo. Durante uno de los días más calurosos de dicho
verano, Helen V. abandonó la casa para dar uno de sus largos paseos por el
bosque, llevando con ella, como era usual, algo de pan y carne para
almorzar. Fue vista por algunos hombres en los campos dirigiéndose hacia
la antigua Calzada Romana, un verde sendero que recorre la parte más alta
del bosque. Se sorprendieron al observar que la niña se había quitado el
sombrero, a pesar de que el calor del sol era casi tropical. Mientras
pasaba, un obrero de nombre Joseph W. trabajaba en el bosque cerca de la
Calzada Romana. A las doce de día su hijo Trevor le llevó al hombre su
comida de pan y queso. Después de la merienda, el chico, de
aproximadamente siete años en aquella época, dejó a su padre en el trabajo
para buscar flores en el bosque, y el hombre, que podía escucharlo gritar
con deleite ante sus descubrimientos, no se sintió intranquilo. Sin
embargo, repentinamente, se horrorizó al escuchar los gritos más
espantosos, evidentemente producto de un gran terror, que procedían de la
dirección en que su hijo había ido. Rápidamente dejó sus herramientas y
corrió para ver qué había sucedido. Siguiendo su pista por el sonido,
encontró al pequeño niño corriendo precipitadamente, y se encontraba, era
evidente, terriblemente asustado. Al preguntarle, el hombre se enteró que
el niño, luego de recoger un ramillete de flores se sintió cansado y se
acostó en el pasto quedándose dormido. Fue súbitamente despertado, como
relató, por un ruido peculiar, una especie de canto -así lo llamó- y,
atisbando a través de las ramas, vio a Helen V. jugando en el pasto con un
"extraño hombre desnudo", a quien fue incapaz de describir con más
detalle. Dijo haberse sentido terriblemente asustado y que corrió
alejándose y llamando a su padre. Joseph W. se dirigió al lugar indicado
por su hijo, y encontró a Helen V. sentada en el pasto en el centro de un
claro, o de un espacio abierto dejado por los quemadores de carbón.
Irritadamente la culpó de haber asustado a su pequeño hijo, pero ella negó
completamente la acusación y se rió de la historia del niño sobre un
"hombre extraño", historia a la cual él mismo no le atribuía mucho
crédito. Joseph W. llegó a la conclusión de que el niño había despertado
con un súbito temor, como a veces les sucede a los niños, mas Trevor
persistía en su historia, y continúo en aquel evidente estrés hasta que
finalmente su padre lo llevó a casa, esperando que su madre fuese capaz de
consolarlo. Sin embargo, por varias semanas el niño les dio a sus padres
muchas preocupaciones: sus maneras se tornaron nerviosas y extrañas,
negándose a abandonar la cabaña solo, y alarmando constantemente a la
familia al despertar gritando: ¡El hombre del bosque! ¡Padre! ¡Padre!"
Con el transcurso del tiempo,
sin embargo, la impresión pareció desgastarse y, cerca de tres meses
después, acompañó a su padre a la casa de un caballero del vecindario para
el cual Joseph W. ocasionalmente trabajaba. El hombre fue conducido al
estudio y el pequeño niño fue dejado sentado en la recepción. Pero pocos
minutos después, mientras el caballero daba sus instrucciones a W., los
dos fueron espantados por un grito desgarrador y el sonido de una caída.
Precipitándose fuera descubrieron al chico sin sentido sobre el suelo, su
cara desfigurada por el terror. Inmediatamente llamaron al doctor, quien
luego de examinarlo declaró que el niño había sufrido una especie de
ataque, producto de un shock inesperado. El niño fue llevado a uno de los
dormitorios, y luego de un tiempo recuperó la conciencia, pero solo para
pasar a un estado, descrito por el médico, como histeria violenta. El
doctor le suministró un sedante fuerte, y en el curso de dos horas, le
declaro capaz de caminar a casa. Pero al pasar por la recepción, los
paroxismos de terror retornaron, con más violencia. El padre notó que el
niño apuntaba hacia algún objeto y oyó el antiguo grito, "¡El hombre del
bosque!", y mirando hacia la dirección señalada vio una cabeza de piedra
de apariencia grotesca, que había sido edificada en la pared sobre una de
las puertas. Al parecer, recientemente el dueño de la casa había hecho
algunas alteraciones en sus establecimientos, y mientras cavaba en las
fundaciones de algunas dependencias el hombre encontró una curiosa cabeza,
evidentemente del período Romano, la que había sido dispuesta en la manera
descrita. Los arqueólogos más experimentados del distrito habían declarado
que la cabeza era la de un fauno o de un sátiro. (El doctor Phillips me
cuenta que él ha visto la cabeza en cuestión, y me asegura que nunca ha
percibido una manifestación tan vívida de intensa maldad).
Pero cualquiera haya sido la
causa, este segundo golpe pareció demasiado severo para el joven Trevor, y
actualmente sufre de una debilidad del intelecto, que ofrece escasa
esperanza de recuperación. El asunto, en aquel tiempo, causó una gran de
sensación, y Helen fue detenidamente interrogada por el señor R., pero sin
resultados, pues ella negaba resueltamente que había asustado o molestado
a Trevor de alguna forma.
El segundo suceso con el que
el nombre de la niña está conectado tuvo lugar hace aproximadamente seis
años, y es de un carácter aún más extraordinario.
A comienzos del verano de
1882, Helen trabó una amistad, de características peculiarmente íntimas,
con Rachel M., la hija de un próspero granjero de la vecindad. Esta joven,
un año menor que Helen, era considerada por la mayoría como la más linda
de las dos, a pesar de que los rasgos de Helen se habían suavizado en gran
medida mientras crecía. Las dos niñas, que estaban juntas cada vez que
fuera posible, exhibían un singular contraste, la una con su clara y
olivácea piel, casi de apariencia italiana, y la otra con el proverbial
rojo y blanco de nuestros distritos rurales. Debe mencionarse, que los
pagos que señor R. hacía para la manutención de Helen, eran conocidos en
la villa por su excesiva generosidad, y era de impresión general que algún
día ella heredaría de su pariente una gran suma de dinero. De esta forma,
los padres de Rachel no se oponían a la amistad de su hija con la joven, e
incluso fomentaban la intimidad, aunque ahora se arrepienten amargamente
de haberlo hecho. Helen aún conservaba su extraordinaria inclinación por
el bosque y, en varias ocasiones Rachel la acompañaba. Ambas amigas salían
temprano por la mañana y se quedaban en el bosque hasta el crepúsculo. Una
o dos veces después de aquellas excursiones la señora M. notó algo
peculiar en el comportamiento de su hija; se la veía ida y lánguida, como
ha sido expresado, "diferente a sí misma", sin embargo, estas
peculiaridades le parecieron demasiado insignificantes como para ser
comentadas. Mas una tarde, luego del retorno de Rachel al hogar, su madre
oyó un ruido que sonaba como un llanto reprimido en la habitación de la
joven, y al entrar la encontró tirada sobre su cama, medio desnuda,
evidentemente presa de una gran angustia. Tan pronto como vio a su madre
exclamó: "Ah, madre, madre, ¿por qué me permitiste ir al bosque con Helen?".
La señora M. se sorprendió frente a tan extraña pregunta, y procedió a
indagar. Rachel le relató una extravagante historia. Contó que..."
Clarke
cerró el libro con un estruendo y volvió su silla hacia el fuego. La tarde
en que su amigo se encontraba sentado en esa misma silla, narrando su
historia, Clarke lo había interrumpido en un punto algo posterior a este,
cortando sus palabras en un paroxismo de horror. "¡Dios mío! -exclamó-
Piensa, piensa en lo que estás diciendo. Es demasiado increíble, demasiado
monstruoso; cosas como esas no pueden suceder en este modesto mundo, donde
los hombres y mujeres viven y mueren, y luchan, y conquistan, o quizá caen
bajo el dolor y el arrepentimiento, y sufren de extrañas suertes por
varios años; pero no esto, Phillips, no cosas como estas. Debe haber
alguna explicación, alguna salida de este terror. Porque, hombre, si tal
situación fuera posible, nuestra tierra sería una pesadilla."
Sin embargo, Phillips había
contado su historia hasta el final, concluyendo:
"Su huída permanece hasta hoy
como un misterio; se desvaneció a plena luz del sol; la vieron caminado
por una pradera y, pocos minutos después, ya no estaba allí".
Clarke
trató de imaginarse el asunto una vez más, sentado junto al fuego, y su
mente nuevamente se estremeció y retrocedió, consternada ante la visión de
tales horribles e innombrables elementos, entronados como estaban,
triunfantes en la carne humana. Ante él se extendía la oscura visión de la
verde calzada en el bosque, como su amigo la había descrito; vio las hojas
oscilantes y las temblorosas sombras sobre el pasto, vio la luz del sol y
las flores, y, en la distancia, ambas figuras se acercaban hacia él. Una
era Rachel, ¿y la otra?
Clarke
ha tratado de no creer en ello, sin embargo, al final del relato, como
está escrito en su libro, puso la siguiente inscripción:
ET DIABOLUS INCARNATE EST. ET
HOMO FACTUS EST.
III.
Ciudad de Resurrecciones
-¡Dios mío, Herbert! ¿Es esto
posible?
-Sí, mi nombre es Herbert.
Creo que conozco su cara también, pero no recuerdo su nombre. Mi memoria
está estropeada.
-¿No recuerdas a Villiers de
Wadham?
-Así es, así es. Ruego me
disculpes Villiers, nunca pensé que le estaba mendigando a un antiguo
amigo de universidad. Buenas noches.
-Mi querido amigo, esta prisa
es innecesaria. Mis habitaciones están cerca de aquí, pero no iremos allí
inmediatamente. ¿Qué te parece si caminamos un poco por Shaftesbury Avenue?
Pero Herbert, ¿cómo en nombre del cielo llegaste a esta situación?
-Es una larga historia,
Villiers, y extraña también, pero puedes escucharla si así lo deseas.
-Vamos, entonces. Toma mi
brazo, no luces muy fuerte.
La dispar pareja se movió
lentamente por la calle Rupert; el uno en sucios y funestos andrajos, y el
otro, ataviado en el uniforme reglamentario de un hombre de ciudad,
ordenado, lustroso y distinguidamente acomodado. Villiers había salido de
su restaurante luego de una excelente cena de muchos platos, asistido por
un congraciador frasco de Chianti. Mas, en aquel marco mental que casi era
crónico en él, se había demorado junto a la puerta, atisbando alrededor en
la mortecina luz de la calle, en busca de aquellos misteriosos incidentes
y personas que abundan en las calles de Londres a cada hora. Villiers se
enorgullecía de sí mismo por ser un hábil explorador de aquellos oscuros
laberintos y desvíos de la vida londinense, y en esta improductiva
ocupación desplegaba una asiduidad que era digna de actividades más
serias. De esta forma, se encontraba junto al poste de luz examinado a los
transeúntes con una abierta curiosidad y con la seriedad sólo conocida por
el comensal sistemático, cuando, habiendo recién enunciado en su mente la
siguiente fórmula: "Londres ha sido llamada la ciudad de los encuentros;
pero es más que eso, es la ciudad de las Resurrecciones", sus reflexiones
fueron súbitamente interrumpidas por un lastimero gemido junto a él, y un
lamentable pedido de limosna. Miró a su alrededor con enojo, y con un
súbito impacto se vio confrontado con la prueba encarnada de sus pomposas
fantasías. Allí, a su lado, la cara alterada y desfigurada por la pobreza
y desgracia, el cuerpo escasamente cubierto por unos grasientos y mal
traídos andrajos, se encontraba su antiguo amigo Charles Herbert, quién se
había matriculado el mismo día que él, con el cual había sido feliz y
sagaz por doce revueltos períodos académicos. Ocupaciones diferentes y
diversos intereses habían interrumpido la amistad, y hacía seis años que
Villiers no veía a Herbert; y ahora lo encontraba, a esa ruina de hombre,
con dolor y desaliento, mezclado con una cierta curiosidad respecto a qué
espantosa cadena de circunstancias lo habrían arrastrado a tan triste
situación. Villiers sintió junto con la compasión, todo el deleite del
aficionado a los misterios, y se felicitó por sus pausadas especulaciones
fuera del restaurante.
Caminaron en silencio por
algún tiempo, y más de algún transeúnte miró sorprendido aquel insólito
espectáculo de un hombre bien vestido con un indiscutible mendigo aferrado
a su brazo. Villiers, dándose cuenta de esto, dirigió los pasos hacia una
oscura calle en el Soho. Aquí repitió su pregunta:
-¿Cómo diablos sucedió,
Herbert? Siempre creí que asumirías una gran posición en Dorsetshire.
¿Acaso tu padre te desheredó? ¿Seguramente no?
-No, Villiers; obtuve toda la
propiedad cuando mi pobre padre murió, falleció un año después que dejé
Oxford. Fue un buen padre para mí, y lamenté su muerte sinceramente. Pero
tú sabes cómo son los jóvenes; pocos meses después me vine a la ciudad y
entré en sociedad. Tuve, por supuesto, presentaciones excelentes, y logré
divertirme mucho de una forma sana. Jugaba un poco ciertamente, pero nunca
a grandes riesgos, y las pocas apuestas que hice en las carreras me dieron
dinero -sólo unos cuantos peniques, tú sabes-, pero suficiente para pagar
los puros y aquellos placeres insignificantes. Fue durante mi segunda
temporada que la marea cambió. ¿Por supuesto supiste que me casé?
-No, nunca escuché nada sobre
eso.
-Si, me casé Villiers. Conocí
a una joven, una muchacha de la más maravillosa y extraña belleza en la
casa de ciertas personas que conocía. No podría decirte su edad; nunca la
supe. Hasta donde puedo imaginarme, debo pensar que tendría cerca de
diecinueve cuando trabamos conocimiento. Mis amigos la habían conocido en
Florencia; les había contado que era huérfana, hija de padre Inglés y
madre Italiana, y los cautivó tal como me cautivó a mí. La primera vez que
la vi fue durante una velada nocturna. Yo estaba junto a la puerta,
conversando con un amigo cuando de repente, sobre el murmullo y barullo de
la conversación, escuché una voz que pareció estremecer mi corazón. Estaba
cantando una canción italiana. Me la presentaron esa tarde, y a los tres
meses me casé con Helen. Villiers, esa mujer, si es que puedo llamarla
mujer, pervirtió mi alma. En la noche de bodas me encontré sentado en su
habitación de hotel, escuchándola. Ella estaba sentada sobre la cama,
mientras yo la escuchaba hablar con su hermosa voz. Habló de cosas que aún
ahora no me atrevería a susurrar en la noche más oscura, aunque estuviera
en medio del desierto. Villiers, puedes creer que conoces la vida, y
Londres, y lo que sucede día y noche en esta horrorosa ciudad; podrás
haber escuchado las palabras de los más viles, pero te digo, que no puedes
concebir lo que yo sé, ni siquiera en tus sueños más fantásticos y
repugnantes podrías imaginar una pálida sombra de lo que yo he oído... y
visto. Sí, visto. He visto lo increíble, horrores tales que incluso yo
mismo algunas veces me detengo en medio de la calle, y me pregunto si es
posible que un hombre sea testigo de tales cosas y sobreviva. En un año,
Villiers, era un hombre arruinado, en cuerpo y alma... en cuerpo y alma.
-Pero, Herbert, ¿tu propiedad?
Tenías tierras en Dorset.
-La vendí; los campos y los
bosques, la querida y antigua casa... todo.
- ¿Y el dinero?
-Se lo llevó todo.
-¿Y luego te dejó?
-Si; desapareció una noche. No
sé adónde fue, pero estoy seguro de que si la viera otra vez eso me
mataría. El resto de mi historia no interesa; sórdida miseria, eso es
todo. Quizá pienses que he exagerado y he hablado para causar efecto,
Villiers; pero no te he contado ni la mitad. Podría contarte ciertas cosas
que te convencerían, pero nunca más tendrías un día feliz. Pasarías el
resto de tu vida como yo, un hombre maldito, un hombre que ha visto el
infierno.
Villiers
llevó al desafortunado a sus habitaciones, y le dio alimento. Herbert
logró comer un poco, y escasamente tocó el vaso de vino dispuesto ante él.
Se sentó taciturno junto al fuego, y pareció aliviado cuando Villiers lo
despidió con un pequeño presente en dinero.
-A propósito, Herbert -dijo
Villiers, mientras se separaban en la puerta-, ¿cuál era el nombre de tu
esposa? Creo que dijiste Helen. ¿Helen cuánto?
-El nombre por el que pasaba
cuando la conocí era Helen Vaughan, pero cuál sería su verdadero nombre,
no podría decirlo. No creo que tuviera algún nombre. Sólo los seres
humanos tienen nombres, Villiers, no podría decirte nada más. Adiós. Sí,
no dejaré de llamar si necesito algo en lo que puedas ayudarme. Buenas
noches.
El hombre salió a la amarga
noche, y Villiers regresó junto al fuego. Había algo acerca de Herbert que
lo impactó inesperadamente; no sus pobres andrajos ni las marcas que la
pobreza había impreso en su rostro, sino más bien un terror indefinido que
colgaba de él como una niebla. Había reconocido que él mismo no estaba
desprovisto de culpa; la mujer, había declarado, lo había pervertido en
cuerpo y alma, y Villiers sintió que este hombre, alguna vez su amigo,
había actuado en escenas de una maldad que está más allá del poder de las
palabras. Su historia no necesitaba de confirmación, él mismo era la
prueba encarnada de ella. Villiers meditó con curiosidad acerca de la
historia que había oído, y se preguntó si había oído tanto el principio
como el final de ella. No -pensó-, ciertamente no el final, probablemente
sólo el comienzo. Un caso como este es como un nido de cajas Chinas; abres
una tras otra y descubres un exótico artificio en cada caja. Seguramente
el pobre Herbert no es más que una de las cajas exteriores; hay algunas
más extrañas que le siguen.
Villiers
no pudo desligar su mente de Herbert y su historia, la que pareció más
desenfrenada a medida que pasaba la noche. El fuego parecía arder
débilmente, y el frío aire de la mañana se filtraba dentro de la
habitación; Villiers se levantó dando una mirada sobre su hombro y,
estremeciéndose ligeramente, se fue a la cama.
Unos días después encontró a
uno de sus conocidos en su club, se llamaba Austin y era famoso por su
íntimo conocimiento de la vida londinense, tanto en sus fases tenebrosas
como luminosas. Villiers, aún repleto de su encuentro en el Soho y sus
consecuencias, pensó que quizá Austin podría echarle algo de luz a la
historia de Herbert, y así, luego de un poco de charla informal, lanzó la
pregunta:
-¿Por casualidad sabes algo de
un hombre llamado Herbert -Charles Herbert?
Austin
se volteó seriamente y miró a Villiers con asombro.
-¿Charles Herbert? ¿No estabas
en la ciudad hace tres años? No; ¿entonces no oíste acerca del caso de
Paul Street? Causó gran sensación en aquel tiempo.
-¿Cuál fue el caso?
-Bueno, un caballero, un
hombre de muy buena posición fue hallado muerto, tiesamente muerto, en el
terreno de cierta casa en Paul Street, lejos de Tottenham Court Road. Por
supuesto que la policía no hizo el descubrimiento; si te pasas despierto
toda la noche y tienes luz en tu ventana, el policía llamará a tu puerta,
sin embargo, si sucede que yaces muerto en el patio de alguien, te dejan
solo. En este caso, como en muchos otros, la alarma fue dada por una
suerte de vagabundo; no me refiero a un vago común, o a un haragán de
alguna taberna, sino a un caballero, cuyo negocio o placer, o ambos, lo
convirtieron en un espectador de Londres a las cinco de la mañana. Este
individuo estaba, como dijo, "yendo a casa", no se supo desde dónde ni
hacia dónde, y tuvo la ocasión de pasar por Paul Street entre las cuatro y
las cinco a.m. Algo captó su mirada en el número 20; bastante absurdamente
dijo, que la casa tenía la fisonomía más desagradable que había visto,
pero que de todas formas había mirado. Se sorprendió bastante al ver a un
hombre yaciendo sobre las piedras, sus extremidades completamente
agazapadas, y su rostro vuelto hacia arriba. A nuestro caballero el rostro
le pareció extrañamente espectral y, de esta forma, partió corriendo en
busca del policía más cercano. Al comienzo, el alguacil se inclinaba a
tratar el caso ligeramente, sospechando una borrachera común; sin embargo,
se dirigió al lugar y, luego de mirar el rostro del hombre, cambió su
tono, bastante rápidamente. El madrugador, quien había recogido este
"gusanito", fue enviado en busca del doctor, mientras el policía golpeaba
y llamaba a la puerta de la casa, hasta que una desaliñada sirvienta,
luciendo más que un poco dormida, abrió la puerta. El alguacil le señaló
el contenido del terreno a la sirvienta, quien gritó lo suficientemente
fuerte para despertar a toda la calle, mas no sabía nada acerca del
hombre; nunca lo había visto en la casa, etcétera. Mientras tanto, el
descubridor original había regresado con el médico, y lo siguiente fue
ingresar al área. La reja estaba abierta, por lo que el cuarteto completo
bajó pesadamente las escaleras. El doctor escasamente necesitó un momento
de inspección; dijo que el pobre tipo había estado muerto por varias
horas. Entonces fue cuando el caso se puso interesante. El muerto no había
sido asaltado, y en uno de sus bolsillos estaban sus papeles
identificándolo como...bueno, como un hombre de buena familia y medios, un
favorito de la sociedad, un enemigo de nadie, hasta donde se puede saber.
No te digo su nombre, Villiers, porque nada tiene que ver con la historia,
además no es nada bueno desentrañar estos asuntos de los muertos cuando no
hay familiares vivos. El siguiente punto curioso fue que el médico no pudo
acordar cómo encontró su muerte. Habían algunos ligeros moretones en los
hombros, pero eran tan tenues que parecía como si hubiese sido empujado
rudamente fuera por la puerta de la cocina, y no arrojado por sobre la
reja desde la calle o, más aún, arrastrado escaleras abajo. Sin embargo,
no había absolutamente ninguna otra marca de violencia en él, por cierto
ninguna que diera cuenta de su muerte; y cuando hicieron la autopsia, no
habían rastros de veneno, de ningún tipo. La policía, obviamente, quería
saber todo acerca de las personas del número 20 de Paul Street, y aquí
nuevamente, como he escuchado de fuentes privadas, surgieron uno o dos
puntos muy curiosos. Al parecer los ocupantes de la casa eran el señor y
la señora Charles Herbert; se decía que él era un terrateniente, lo que
impactó a la gente pues Paul Street no era exactamente un lugar en el cual
buscar a la burguesía hacendada. En cuanto a la señora Herbert, nadie
parecía saber quién o qué era y, entre nosotros, imagino que los que se
sumergieron tras la historia, se encontraron en aguas más bien extrañas.
Por supuesto que ambos negaron saber algo acerca del fallecido y, por
falta de evidencia en contra de ellos, fueron dejados en libertad. Sin
embargo, algunas cosas muy extrañas salieron respecto a ellos. A pesar de
que eran entre las cinco y las seis de la mañana cuando el muerto fue
removido, un gran gentío se reunió, y varios de los vecinos corrieron a
ver qué estaba sucediendo. Eran bastante desatados en sus cometarios, en
todo caso, y de estos apareció que el número 20 tenía muy mala fama en
Paul Street. Los detectives trataron de rastrear estos rumores hacia algún
fundamento sólido de los hechos, pero no pudieron agarrarse en nada. La
gente negaba con su cabeza y elevaban sus cejas pues los Herberts les
parecían más bien "raros", "mejor no ser visto entrando a su casa", y
etcétera. Pero no había nada tangible. Las autoridades estaban moralmente
convencidas que el hombre había encontrado su muerte, de alguna u otra
forma, en la casa y que había sido arrojado fuera por la puerta de la
cocina, pero no podían probarlo, y la ausencia de indicios de violencia o
envenenamiento los dejó impotentes. Un caso singular, ¿no es cierto?. Pero
curiosamente, hay algo más que no te he dicho. Resulta que conozco a uno
de los médicos que fue consultado acerca de la causa de muerte, y algún
tiempo después de la investigación me lo encontré, y le pregunte acerca
del tema. "¿Realmente quieres decirme -le dije-, que te viste
desconcertado con el caso, y que realmente no sabes de qué murió aquel
hombre?" "Discúlpame -respondió- conozco perfectamente bien la causa de la
muerte. Blank murió de miedo, de un verdadero y espantoso terror; nunca
durante el curso de mi práctica he visto rasgos tan terriblemente
desfigurados, y le he visto las caras a un sinnúmero de muertos". El
doctor era usualmente un tipo bastante sereno, pero un cierta intensidad
en sus modos me impresionó, sin embargo, no pude sonsacarle nada más.
Supongo que Hacienda no encontró la manera de procesar a los Herberts por
asustar a un hombre hasta matarlo; de cualquier forma, nada se hizo, y el
caso se retiró de la mente de los hombres. ¿Por casualidad, sabes tú algo
sobre Herbert?
-Bueno -contestó Villiers-,
era un antiguo amigo de universidad.
-No me digas. ¿Viste alguna
vez a su esposa?
-No, nunca. Perdí de vista a
Herbert por muchos años.
-Es extraño, ¿verdad?,
separarse de un hombre en la puerta de la universidad o en Paddington, no
saber nada de él por años, y luego, encontrarlo asomando su cabeza en tan
extraño lugar. Pero a mí me hubiera gustado ver a la señora Herbert; se
dicen cosas extraordinarias acerca de ella.
-¿Qué clase de cosas?
-Bueno, casi no sé cómo
contártelo. Todos los que la vieron en la corte policial dijeron que era,
al mismo tiempo, la mujer más hermosa y la más repulsiva, sobre la que
hayan fijado sus ojos. Hablé con un hombre que la había visto, y te lo
aseguro, realmente se estremecía mientras trataba de describirme a la
mujer, mas no podía decir por qué. Parece que ella era una especie de
enigma; y yo creo que si aquel muerto hubiera podido contar cuentos,
habría narrado unos extraordinariamente raros. Y nuevamente nos
encontramos frente a otro acertijo, ¿que podría haber querido el señor
Blank (lo llamaremos así, si no te molesta) en una casa tan extravagante
como la del número 20?. Es un caso del todo extraño, ¿no lo crees?.
-Realmente lo es, Austin; un
caso extraordinario. Nunca pensé, al preguntarte por mi antiguo amigo que
me encontraría frente a tan extraño metal. Bueno, debo irme, buen día.
Villiers
se alejó, pensando en su propia idea ingeniosa de las cajas Chinas; aquí
había un artificio exótico, de hecho.
IV.
El Descubrimiento en Paul Street
Pocos meses después del
encuentro entre Villiers y Herbert, el señor Clarke se encontraba, como
era usual, sentado junto al hogar después de la cena, cuidando
resueltamente que sus fantasías no erraran en dirección a su escritorio.
Por más de una semana había logrado mantenerse lejos de sus "Memorias",
abrigando esperanzas de una completa auto-reformación; sin embargo, a
pesar de sus esfuerzos, no podía acallar el interés y la extraña
curiosidad que el caso que había escrito, excitaba en él. Le había
expuesto el caso, o más bien un resumen de él , en forma de supuesto, a un
amigo científico, quien meneó su cabeza pensando que Clarke se estaba
volviendo excéntrico, y durante esta noche en especial, Clarke se
esforzaba en racionalizar la historia, cuando un repentino golpe a la
puerta lo sacó de sus meditaciones
-El señor Villiers le busca,
señor.
-¡Dios mío!. Villiers, es muy
amable de tu parte venir a visitarme, no te había visto en muchos meses,
debo pensar que cerca de un año. Entra, entra. ¿Cómo estás, Villiers?
¿Necesitas algún consejo sobre inversiones?
-No, gracias, creo que todo lo
que tengo en ese sentido está completamente a salvo. No, Clarke, vine más
bien a consultarte sobre una materia realmente curiosa de la cual me
enteré no hace mucho. Me temo que puedas encontrarla del todo absurda
cuando te la cuente. A veces yo mismo lo hago, y por esa razón decidí
recurrir a ti, pues sé que eres un hombre pragmático.
El seños Villiers ignoraba las
"Memorias para probar la existencia del Diablo".
-Bueno, Villiers, estaré feliz
de darte mi consejo, si mi habilidad lo permite. ¿Cuál es la naturaleza
del caso?
-Es un asunto del todo
extraordinario. Tú me conoces, siempre mantengo los ojos abiertos en las
calles, y durante mi vida me he encontrado con tipos realmente extraños, y
casos extraños también, pero creo que éste, los sobrepasa a todos. Hace
cerca de tres meses venía saliendo de un restaurante una desagradable
noche de invierno; había consumido una cena importante y una buena botella
de Chianti, y me detuve un momento en la acera, pensando acerca del
misterio que hay alrededor de las calles de Londres y de los visitantes
que las recorren. Una botella de vino rojo da alas a estas fantasías,
Clarke, y me atrevo a decir que debo haber pasado a través de una página
pero fui interrumpido por un mendigo que había aparecido trás de mí, y
hacía las peticiones usuales. Pos supuesto mire a mi alrededor y este
mendigo resultó ser lo que quedaba de un viejo amigo mío, un hombre
llamado Herbert. Le pregunté cómo había llegado a tan miserable pasar, y
me lo dijo. Caminamos por una de aquellas largas y oscuras calles del Soho,
y allí escuché su historia. Dijo que se había casado con una mujer
hermosa, algunos años más joven que él y, según dijo, lo había pervertido
en cuerpo y alma. No entró en detalles; dijo que no se atrevía, que lo que
había visto y oído lo acechaba día y noche, y al mirar en su rostro supe
que decía la verdad. Había algo respecto al hombre que me hacía
estremecer. No sé por qué, pero estaba allí. Le di algo de dinero y lo
despedí, y te aseguro que cuando se fue jadeé al respirar. Su presencia
parecía congelar la sangre.
- Yo creo que el pobre tipo
contrajo un matrimonio imprudente, y, en ingles llano, se fue por las
malas.
-Bueno, escucha esto -Villiers
le contó a Clarke la historia que había oído de Austin-. Ya ves -finalizó-
casi no hay duda de que este señor Blank, quienquiera que haya sido,
muriera de un verdadero terror; presenció algo tan espantoso, tan
terrible, que le arrebató la vida. Y lo que vio, seguramente lo vio en
aquella casa, la cual, de una u otra forma, tiene una mala reputación en
el vecindario. Tuve curiosidad de ir y ver el lugar por mí mismo. Es una
calle del tipo deprimente; las casa son suficientemente antiguas para ser
despreciables y terribles, pero no lo suficientemente viejas para ser
extravagantes. Hasta donde pude observar, la mayoría de ellas eran
hospedajes, amobladas y no amobladas, y casi cada casa tenía tres
campanillas en su puerta. Aquí y allá, los primeros pisos habían sido
transformados en negocios de la clase más corriente; es una calle lúgubre,
en todos los sentidos. Encontré que el número 20 estaba en alquiler, y fui
donde el agente y obtuve la llave. Por supuesto que no hubiera escuchado
nada de los Herberts en ese cuarto, pero le pregunté al hombre,
directamente, hace cuánto habían dejado la casa y si habían habido otros
inquilinos mientras tanto. Me miro extrañamente por un minuto, y me dijo
que los Herberts la habían abandonado inmediatamente después de lo
enojoso, como lo llamaba, y desde entonces la casa ha permanecido vacía.
Villiers
se detuvo por un momento.
-Siempre me he sentido atraído
por entrar a las casa vacías, hay una suerte de fascinación en los
desolados cuartos vacíos, con los clavos en las paredes, y el polvo
acumulado sobre los alfeizares de las ventanas. Pero no gocé entrando al
número 20 de Paul Street. Difícilmente había puesto un pie dentro del
pasaje, cuando noté un extraño y pesado sentimiento en el aire de la casa.
Por supuesto que todas las casas vacías son sofocantes, y otras cosas,
pero esto era algo totalmente diferente; no te lo puedo describir, pero
parecía cortar la respiración. Fui a la habitación delantera y a la
trasera, y a las cocinas escaleras abajo; todas estaban suficientemente
sucias y polvorientas, como esperarías, mas había algo extraño en todas
ellas. No podría definirlo, sólo se que me sentí raro. Sin embargo, una de
las habitaciones del primer piso era la peor. Era una habitación más bien
grande, y alguna vez el papel mural debió haber sido alegre, pero cuando
yo la vi, la pintura, el papel, y todo eran de lo más lúgubre. Y la
habitación estaba llena de horror; sentí rechinar mis dientes al poner la
mano sobre la puerta, y cuando entré, pensé que iba a desmayarme. Sin
embargo, me dominé y me situé junto a la pared del fondo, preguntándome
qué diablos podría haber en esa habitación que hacía temblar mis
extremidades y hacía latir mi corazón como si estuviera en la hora de la
muerte. En una esquina había un montón de periódicos esparcidos por el
suelo; comencé a mirarlos. Eran periódicos de hace tres o cuatro años,
algunos de ellos medio rasgados y algunos arrugados, como si hubieran sido
usados para embalar. Di vuelta toda la pila, y entre ellos encontré un
curioso dibujo -te lo mostraré inmediatamente. Pero no pude quedarme en la
habitación, sentía que me aplastaba. Agradecí haber salido de allí al aire
abierto, sano y salvo. La gente me miraba mientras caminaba por la calle,
y un hombre dijo que estaba borracho. Me tambaleaba de un lado a otro de
la acera, y lo más que pude hacer fue llegar donde el agente con la llave
e irme a casa. Estuve en cama por una semana, sufriendo de lo que mi
doctor diagnosticó como impacto nervioso y agotamiento. Uno de esos días
estaba leyendo el periódico y me topé por casualidad con el siguiente
titular: "Murió de hambre". Era lo usual, un hospedaje típico en
Marleybone, una puerta cerrada durante varios días, y un hombre muerto en
su silla cuando forzaron la puerta."El fallecido -decía el párrafo- era
conocido como Charles Herbert, y se cree que alguna vez fue un próspero
hacendado. Su nombre fue familiar para el público tres años atrás en
conexión con la misteriosa muerte en Paul Street, Tottenham Court Road,
siendo el difunto el inquilino de la casa número 20, en cuyo terreno fue
encontrado muerto un caballero de buena posición, bajo circunstancias no
desprovistas de sospechas". Un trágico final, ¿verdad?. Pero después de
todo, si lo que me contó era verdad, y estoy seguro que lo era, la vida de
aquel hombre era una completa tragedia, y una tragedia de la suerte más
extraña que la que pusieron en las tablillas.
-Y esa es la historia, ¿no es
cierto?
-Sí, esa es la historia.
-Bueno, Villiers, realmente no
sé que decir al respecto. No hay duda que existen circunstancias en el
caso que parecen peculiares, el descubrimiento de un muerto en el terreno
de la casa de Herbert, por ejemplo, y la extraordinaria opinión del médico
respecto a la causa de la muerte; sin embargo, después de todo, es posible
que todos esos hechos puedan ser explicados de una forma directa. En
relación a tus propias sensaciones cuando visitaste la casa, sugiero que
pudieron deberse a una imaginación vívida; debes haber estado meditando,
en un estado semiconsciente, sobre lo que habías escuchado. No veo
exactamente qué más podría decirse o hacerse al respecto; evidentemente
crees que hay un misterio de algún tipo, pero Herbert está muerto; ¿dónde
propones buscar?.
-Propongo buscar a la mujer;
la mujer con la que se casó. Ella es un misterio.
Los dos hombres estaban en
silencio junto al fuego; Clarke se felicitaba por haber mantenido el
personaje de abogado del lugar común, y Villiers se envolvía en sus
oscuras fantasías.
-Creo que fumaré un cigarrillo
-dijo finalmente, y pasó su mano por el bolsillo palpando la cajetilla de
cigarros.
-¡Ah! -dijo, sobresaltándose
ligeramente-. Había olvidado que tenía algo que mostrarte. ¿Recuerdas que
te dije que había encontrado un curioso bosquejo entre el montón de
periódicos viejos en la casa de Paul Street?. Aquí está.
Villiers
sacó un pequeño paquete de su bolsillo. Estaba cubierto con un papel
marrón, y asegurado con un cordel, y los nudos ofrecían problemas. A pesar
de sí mismo, Clarke sintió curiosidad; se inclinó en su silla mientras
Villiers deshacía con esfuerzo el cordel, y desenvolvía la cubierta
exterior. Dentro había una segunda envoltura de papel que Villiers sacó, y
sin una palabra, le alcanzó el pequeño pedazo de papel a Clarke.
Hubo un silencio mortal en la
habitación durante cinco minutos. Los dos hombres estaban tan quietos que
podían oír el sonido del anticuado reloj que se encontraba afuera en el
hall, y en la mente de uno de ellos, la lenta monotonía del sonido
despertó una memoria lejana. Miraba intensamente el boceto a tinta y lápiz
de la cabeza de la mujer; era evidente que había sido dibujado con gran
cuidado y por un verdadero artista, ya que el alma de la mujer asomaba por
sus ojos, y los labios se abrían en una extraña sonrisa. Clarke observaba
inmóvil el rostro; le trajo a la memoria una tarde de verano, hace mucho
tiempo; nuevamente presenció el largo y hermoso valle, el río serpenteando
entre las colinas, las praderas y los maizales, el pálido sol rojizo, y la
blanca y fría bruma elevándose del agua. Escuchó una voz hablándole a
través de las oleadas de años, diciendo: "Clarke, ¡Mary verá al Dios Pan!"
, y luego se encontraba en la siniestra habitación junto al doctor,
escuchando el pesado tic tac del reloj, esperando y observando, observando
la figura que se encontraba tendida en la silla verde bajo la lámpara.
Mary se levantó, él miró en sus ojos y su corazón se enfrío en su
interior.
-¿Quién es esta mujer? -dijo
finalmente. Su voz era seca y rasposa.
-Es la mujer con la que
Herbert se casó.
Clarke
miró nuevamente el boceto; no era Mary después de todo. Indudablemente era
el rostro de Mary, pero había algo más, algo que no había visto en los
rasgos de Mary cuando entró al laboratorio vestida de blanco con el
doctor, tampoco en su horrible despertar, ni cuando yacía gesticulando en
la cama. Fuera lo que fuera, la mirada que venía de aquellos ojos, la
sonrisa en los labios llenos, o la expresión del rostro entero, hizo
estremecer a Clarke en lo más recóndito de su alma, y reflexionó de manera
inconsciente sobre las palabras del doctor Phillips: "el presentimiento de
maldad más vívido que he visto". Mecánicamente volteó el papel en su mano
y miró la parte de atrás.
-¡Dios mío, Clarke! ¿Que
sucede? Estás pálido como la muerte.
Villiers
saltó violentamente de su silla, mientras Clarke se reclinaba con un
quejido, dejando caer el papel de sus manos.
-No me siento muy bien,
Villiers, soy objeto de estos ataques. Sírveme un poco de vino; gracias,
esto servirá. Me sentí mejor en unos minutos.
Villiers
recogió el caído boceto y lo volteó como Clarke había hecho.
-¿Viste eso? -dijo-. Así fue
como la identifiqué como el retrato de la esposa de Herbert, o debo decir
su viuda. ¿Cómo te sientes ahora?
-Mejor, gracias, fue sólo un
mareo pasajero. No creo que te entienda claramente. ¿Qué dijiste que te
permitió identificar la imagen?
-Esta palabra -Helen- estaba
escrita atrás. ¿No te dije que su nombre era Helen? Sí, Helen Vaughan.
Clarke
lanzó un gemido; no había ninguna sombra de duda.
-Ahora - dijo Villiers-, ¿no
estas de acuerdo que en la historia que te he contado esta noche, y el
papel que esta mujer juega en ella, hay algunos puntos muy extraños?
- Sí, Villiers -musitó Clarke-,
realmente es una historia extraña; una extraña historia, realmente. Debes
darme tiempo para reflexionar sobre ella, y quizá pueda ayudarte y quizá
no. ¿Te retiras ahora? Bueno, buenas noches Villiers, buenas noches. Ven a
visitarme en el transcurso de una semana.
V. La
carta de advertencia
-¿Sabes Austin -dijo Villiers,
mientras ambos amigos paseaban serenamente a lo largo de Picadilly una
agradable mañana de mayo- sabes que estoy convencido que lo que me
contaste acerca de Paul Street y de los Herberts es un mero episodio de
una historia extraordinaria? Además, debo confesarte que cuando te
pregunté por Herbert hace unos meses atrás, recién me lo había encontrado.
-¿Lo habías visto? ¿Dónde?
-Me pidió limosna una noche en
la calle. Se encontraba en la condición más lamentable, pero reconocí al
hombre y lo tuve contándome su historia, o por lo menos un esbozo de ella.
En resumen, llegó a lo siguiente: había sido arruinado por su mujer.
-¿De qué forma?
-No me lo dijo; sólo dijo que
ella lo había destruido, en cuerpo y alma. El hombre está muerto ahora.
-¿Y que fue de su mujer?
-Ah, eso es lo que me gustaría
saber, y pretendo encontrarla tarde o temprano. Conozco a un hombre
llamado Clarke, un tipo seco, de hecho, un hombre de negocios, pero
suficientemente despierto. Tú comprendes a lo que me refiero, no despierto
en el mero sentido comercial de la palabra, sino que un hombre que
realmente sabe algo acerca del hombre y la vida. Bueno, le expuse el caso
y realmente se impresionó. Dijo que necesitaba ser considerado y me pidió
que volviera en el transcurso de una semana. Pocos días después, recibí
esta extraordinaria carta.
Austin
tomó el sobre, extrajo la carta y leyó con curiosidad. Decía lo siguiente:
"MI QUERIDO VILLIERS, he
pensado en el caso sobre el cual me consultaste la otra noche, y mi
consejo es el siguiente. Arroja el retrato al fuego, borra la historia de
tu mente. Nunca le dediques otro pensamiento, Villiers, o te arrepentirás.
Pensarás, sin duda, que poseo alguna información secreta, y hasta cierto
punto ese es el caso. Pero sólo conozco un poco; sólo soy como un viajero
que ha atisbado sobre el abismo y se ha retirado con horror. Lo que sé, es
suficientemente extraño y terrible, sin embargo, más allá de mi
conocimiento hay profundidades y horrores aún más espantosos, más
increíbles que cualquier cuento narrado una noche de invierno junto al
fuego. He resuelto no explorar ni un ápice más allá, y nada conmoverá tal
resolución, y si valoras tu felicidad tomarás la misma determinación.
Ven a verme de todos modos;
pero hablaremos de temas más alegres que éste.
Austin
dobló metódicamente la carta, y se la devolvió a Villiers.
-Ciertamente es una carta
particular -dijo- ¿a qué se refiere el hombre con el retrato?
-¡Oh! Había olvidado mencionar
que estuve en Paul Street e hice un descubrimiento.
Villiers
relató su historia como lo había hecho con Clarke, mientras Austin
escuchaba en silencio. Parecía intrigado.
-¡Qué curioso que
experimentaras una sensación tan desagradable en aquella habitación! -dijo
finalmente-. Difícilmente creo que haya sido una mera cuestión de la
imaginación; en resumen, un sentimiento de repulsión.
-No. Era más físico que
mental. Era como si en cada inhalación, respirara alguna emanación
mortífera, que parecía penetrar en cada nervio, hueso y tendón de mi
cuerpo. Me sentí tironeado de pies a cabeza, mis ojos comenzaron a
oscurecerse, fue como la entrada a la muerte.
-Sí, sí, realmente muy
extraño. Como ves, tu amigo confesó que hay una historia muy oscura
conectada con esta mujer. ¿Percibiste alguna emoción particular en él
cuando le relatabas tu experiencia?
-Sí. Se puso muy débil, pero
me aseguró que no era más que un ataque pasajero de los cuales era objeto.
-¿Le creíste?
-En el momento lo hice, pero
ahora no. Escuchó lo que yo tenía que decir con bastante indiferencia,
hasta que le mostré el retrato. Entonces fue cuando el ataque del que
hablo le sobrevino. Te aseguro que lucía cadavérico.
-Entonces debe haber visto a
la mujer alguna vez. Sin embargo, puede haber otra explicación; puede
haber sido el nombre y no el rostro, el que le era familiar. ¿Qué crees
tú?
-No podría decírtelo. Hasta
donde creo, fue luego de voltear el retrato en su mano que casi se cae de
la silla. El nombre, como sabes, estaba escrito en la parte de atrás.
-¡Correcto! Después de todo,
es imposible llegar a una conclusión en un caso como este. Odio el
melodrama, y nada me choca más que la trivialidad y el tedio de las
historias comerciales de fantasmas; pero Villiers, realmente parece que
hay algo muy extraño en el fondo de todo esto.
Sin darse cuenta, los dos
hombres habían doblado por Ashley Street, dirigiéndose al norte de
Picadilly. Era una calle larga, y más bien sombría, mas aquí y allá, un
gusto más brillante había iluminado las oscuras casas con flores, y
cortinas alegres, y una agradable pintura en las puertas. Villiers
observaba al tiempo que Austin terminaba de hablar, y miró una de aquellas
casas; de cada alféizar colgaban geranios, rojos y blancos y cada ventana
estaba cubierta con cortinas de color narciso.
-Se ve alegre, ¿no te parece?
-dijo.
-Sí, y el interior es aún más
alegre. Una de las casas más agradables de la temporada, así he oído. Yo
mismo no he estado allí, pero he conocido a varios hombres que sí lo han
hecho, y me cuentan que es notablemente jovial.
- ¿De quién es la casa?
-De una tal señorita Beaumont.
-¿Y quién es ella?
-No sabría decirte. He
escuchado que viene de Sudamérica, pero después de todo, quién es ella es
de poca importancia. Es una mujer muy rica, no cabe duda de ello, y
algunas de las personas más distinguidas se han asociado con ella. He
escuchado que posee un clarete espléndido, un vino verdaderamente
maravilloso, que debe haberle costado una suma fabulosa. Lord Argentine me
estaba contando al respecto; estuvo allí la tarde del domingo pasado. Me
ha asegurado que nunca había probado un vino como ese y, como sabes,
Argentine es un experto. A propósito, eso me recuerda, debe ser una mujer
del tipo singular, esta señora Beaumont. Argentine le preguntó acerca de
la antigüedad del vino y, ¿qué crees que le respondió?. "Al rededor de
unos mil años, creo". Lord Argentine pensó que lo estaba engañando, tú
sabes, pero cuando se río ella le dijo que hablaba totalmente en serio y
le ofreció mostrarle la jarra. Por supuesto que luego de eso no pudo decir
nada más; pero me parece algo anticuado para una bebida, ¿no te parece?
Bueno, ya llegamos a mis habitaciones. ¿Quieres pasar?
-Gracias, creo que lo haré. No
he visto la tienda de curiosidades hace un buen tiempo.
Era una habitación ricamente
amoblada, aunque extravagantemente, donde cada jarrón, armario y mesa, y
cada alfombra, jarra y ornamento parecían ser una cosa aparte, preservando
cada una su propia individualidad.
-¿Algo fresco últimamente?
-dijo Villiers luego de un rato.
-No; creo que no. ¿Ya viste
esos cántaros extraños, no es cierto? Me lo imaginaba. No creo haberme
topado con nada durante las últimas semanas.
Austin
examinó la pieza de aparador en aparador, de estante a estante, en busca
de alguna nueva rareza. Finalmente, sus ojos se posaron sobre un extraño
cofre, agradable y exquisitamente tallado, que se encontraba en una oscura
esquina del cuarto.
-Ah -dijo- lo estaba
olvidando, tengo algo que mostrarte. Austin abrió el cofre, extrajo un
grueso volumen empastado, lo dejó sobre la mesa, y retomó el cigarro que
había dejado a un lado.
-Villiers, ¿conociste a Arthur
Meyrick, el pintor?
-Algo. Lo vi una o dos veces
en la casa de un amigo mío. ¿Qué ha sido de él? No he escuchado la mención
de su nombre por algún tiempo.
-Murió.
-¡Díos mío! Tan joven,
¿verdad?
-Si, tenía sólo treinta cuando
murió.
-¿De qué falleció?
-No lo sé. Era un íntimo amigo
mío, y un tipo realmente bueno. Acostumbraba a venir y hablar conmigo
durante horas, era uno de los mejores conversadores que he conocido.
Incluso podía hablar de la pintura, y eso es más de lo que se puede decir
de la mayoría de los pintores. Hace aproximadamente dieciocho meses
comenzó a sentirse estresado, y en parte siguiendo mi consejo, se embarcó
en una especie de expedición errante, sin un final ni un objetivo muy
definidos. Me parece que Nueva York sería uno de sus primeros puertos,
pero nunca supe de él. Hace tres meses recibí este libro, acompañado de
una cortés nota de un doctor inglés trabajando en Buenos Aires, afirmando
que había atendido al fallecido señor Meyrick durante su enfermedad, y que
el difunto había expresado el intenso deseo de que el paquete sellado
debía serme enviado luego de su muerte. Eso era todo.
-¿Y no escribiste para pedir
nuevos pormenores?
-He pensado en hacerlo. ¿Tú me
aconsejarías escribirle al doctor?
-Ciertamente. ¿Y el libro?
-Estaba sellado cuando lo
recibí. No creo que el doctor lo haya mirado.
-¿No es algo muy extraño? ¿Era
Meyrick un coleccionista?
-No, no lo creo, difícilmente
un coleccionista. Dime, ¿qué es lo que piensas de estas vasijas Ainu?
-Son singulares, pero me
gustan. Pero, ¿no me vas a mostrar el legado del pobre Meyrick?
-Si. Sí, por cierto. Lo que
sucede es que es un objeto bastante peculiar y no se lo he mostrado a
nadie. Si yo fuera tú, no diría nada al respecto. Aquí está.
Villiers
cogió el libro y lo abrió a azar.
-No es un volumen impreso,
entonces -dijo.
-No. Es una colección de
dibujos en blanco y negro hechos por mi pobre amigo Meyrick.
Villiers
dio vuelta la primera página, estaba en blanco; la segunda llevaba una
pequeña inscripción que decía:
"Silet per diem universus,
nec sine horror secretus est; lucet mocturnis ignibus, chorus Aeipanum
undique personatur: audiuntur et cantus tibiarum, et tinnitus cymbalorum
per oram maritimam".
En la tercera página había un
diseño que sobresaltó a Villiers y miró inmediatamente a Austin; éste
miraba abstraídamente por la ventana. Villiers volteó página tras página,
absorto, a pesar de sí mismo, en las espantosas Noches de Walpurgis de la
maldad, una maldad extraña y monstruosa, que el artista había plasmado en
duro blanco y negro. Las figuras de Faunos, Sátiros y Aegipos bailaban
frente a sus ojos, la oscuridad de la espesura, la danza en las cumbres,
las escenas de costas solitarias, en verdes viñedos, en lugares desiertos
y rocosos, pasaron frente a él: un mundo frente al cual el alma humana se
retrae y se estremece. Villiers pasó rápidamente las páginas restantes;
había visto suficiente, mas el dibujo de la última págna captó su mirada,
cuando casi cerraba el libro.
-¡Austin!
-Bueno, ¿qué sucede?
-¿Sabes quién es?
Era el rostro de una mujer,
sola en la página blanca.
-¿Que si la conozco? No, por
supuesto que no.
-Yo sí.
-¿Quién es?
-Es la señora Herbert.
-¿Estás seguro?
-Estoy perfectamente seguro de
ello. ¡Pobre Meyrick! Es un capítulo más en su historia.
-¿Qué te parecen los diseños?
-Son terribles. Sella el libro
nuevamente, Austin. Si yo fuera tú, lo quemaría; debe ser una horrible
compañía aún estando en un cofre.
-Sí, son unos dibujos
singulares. Pero me pregunto, ¿qué conexión había entre Meyrick y la
señora Herbert, o qué vínculo había entre ella y estos diseños?
-¿Quién podría decirlo? Es
posible que este asunto termine aquí, y nunca sepamos, sin embargo, en mi
opinión, esta Helen Vaughan o señora Herbert, es sólo el principio.
Volverá a Londres, Austin; pierde cuidado, ella regresará, y entonces
sabremos más acerca de ella. Dudo que sean noticias muy agradables.
VI. Los
Suicidios
Lord Argentine era un gran
favorito en la sociedad londinense. A los veinte años había sido un hombre
pobre, adornado por el apellido de una ilustre familia, sin embargo,
forzado a ganarse el sustento como fuera, y ni el más especulativo de los
prestamistas le hubiera confiado 5 peniques sobre la eventualidad de que
alguna vez cambiara su nombre por un título y su pobreza por una gran
fortuna. Su padre había estado lo suficientemente cerca de la fuente de
las cosas buenas como para asegurar a uno de los miembros vivos de la
familia, pero el hijo, aún si hubiera tomado los votos, no hubiera
obtenido más que eso, además, no tenía vocación para la orden
eclesiástica. De esta forma, enfrentó al mundo con una armadura no mejor
que la toga de bachiller y el ánimo de un joven nieto del hijo,
equipamiento con el cual se las ingeniaba de alguna forma para hacer de
esa una batalla bastante tolerable. A los veinticinco el señor Charles
Aubernon era aún un hombre de luchas y contiendas contra el mundo, sin
embargo, de los siete que se encontraban antes que él en los lugares más
altos de su familia, sólo quedaban tres. Estos tres, aunque "bien vivos",
no eran a prueba de la lanza Zulu ni de la fiebre tifoidea, por lo que,
una mañana, Aubernon despertó siendo Lord Argentine, un hombre de treinta
años que había enfrentado las dificultades de la existencia, y las había
conquistado. La situación lo divertía inmensamente, y resolvió que la
riqueza sería tan agradable para él como lo había sido siempre la pobreza.
Luego de algunas consideraciones, Argentine llegó a la conclusión de que
la cena, mirada como una de las bellas artes, era quizá la ocupación más
entretenida abierta a la humanidad arruinada, de esta forma, sus cenas se
hicieron famosas en Londres, y una invitación para su mesa era algo
codiciosamente deseado. Luego de diez años de señoría y cenas, Argentine
aún rehusaba a cansarse y siguió disfrutando de la vida , y, como una
suerte de infección, era reconocido como causa de alegría para los demás,
en suma, como la mejor de las compañías. De este modo, su repentina y
trágica muerte causó una extensa y profunda sensación. La gente
difícilmente lo creía, aún teniendo el periódico frente a sus ojos y el
grito de "Misteriosa muerte de un noble" resonando por las calles. Mas
allí estaba el párrafo: "Lord Argentine fue hallado muerto esta mañana por
su asistente bajo circunstancias intranquilizantes. Se ha afirmado que no
hay duda de que su señoría se habría suicidado, aunque no se ha encontrado
un motivo para el acto. El fallecido caballero era ampliamente conocido en
sociedad, y muy querido por sus joviales maneras y su regia hospitalidad.
Ha sido sucedido por..." etc., etc.
Lentamente los detalles
salieron a la luz, pero el caso era aún un misterio. El testigo principal
del interrogatorio era el ayudante del difunto, quien afirmó que la noche
anterior a la muerte Lord Argentine había cenado con una señora de buena
posición, cuyo nombre fue suprimido por los periódicos. Lord Argentine
había regresado aproximadamente a las once y había informado a su hombre
que no requeriría de sus servicios hasta la mañana siguiente. Un poco más
tarde, el sirviente tuvo la oportunidad de pasar por el hall y asombrarse
al ver a su amo saliendo tranquilamente por la puerta principal. Se había
cambiado la tenida de noche y vestía un abrigo Norfolk, unos bombachos, y
un sombrero bajo color marrón. El ayudante no tenía ninguna razón para
suponer que Lord Argentine lo había visto, y aunque su amo rara vez se
quedaba hasta tarde, jamás pensó en lo que ocurriría a la mañana siguiente
al llamar a su puerta un cuarto para las nueve, como era usual. No recibió
respuesta, y luego de golpear una o dos veces, entró a la habitación y vio
el cuerpo de Lord Argentine inclinado en ángulo desde los pies de la cama.
Descubrió que su amo había atado firmemente una cuerda a uno de los postes
cortos de la cama, y luego hizo un nudo corredizo y se lo deslizó
alrededor del cuello, el pobre hombre debe haberse dejado caer
resueltamente, para morir lentamente estrangulado. Vestía el delgado traje
con el que el sirviente lo había visto salir, y el doctor que fue llamado
declaró que la su vida se había extinguido hacía más de cuatro horas.
Todos los papeles, cartas, y demás, estaban en perfecto orden, y no se
descubrió nada que apuntara remotamente a algún escándalo, fuera grande o
pequeño. Hasta aquí llegaba la evidencia; nada más pudo ser descubierto.
Varias personas se encontraban presentes en la cena a la que Lord
Argentine había asistido, y a todas ellas les pareció que se encontraba de
un humor afable, como siempre. Sin embargo, el asistente afirmó que su amo
le había parecido algo agitado al llegar a casa, mas la alteración era a
su manera muy tenue, de hecho, difícilmente perceptible. Buscar más pistas
parecía inútil, y la sugerencia de que Lord Argentine había sufrido de un
repentino ataque de manía suicida aguda, fue ampliamente aceptado.
Sin embargo, resultó de otra
manera, cuando dentro de las tres semanas siguientes, otros tres
caballeros, uno de ellos un noble, y dos hombres más de buena posición y
abundantes medios, perecieron atrozmente en casi la misma forma. Lord
Swanleigh fue encontrado una mañana en su vestidor, colgando de un gancho
fijado a la pared, y el señor Collier-Stuart y el señor Herries habían
elegido morir como Lord Argentine. Ninguno de los casos tenía explicación;
uno cuantos hechos conocidos: un hombre vivo en la tarde y un cadáver con
el rostro hinchado y amoratado, en la mañana. La policía se vio obligada a
declararse impotente para arrestar o explicar los sórdidos asesinaos de
Whitechapel; sin embargo, ante los horribles suicidios de Picadilly y
Mayfair se encontraban atónitos, porque ni siquiera la sola ferocidad que
había servido como explicación de los crímenes del East End, podía servir
en el West. Todos estos hombres que habían resuelto morir una muerte
tormentosa y vergonzosa eran ricos, prósperos y, según las apariencias,
enamorados del mundo, y ni siquiera la investigación más detallada pudo
descubrir en alguno de los casos alguna sombra de un motivo latente. Había
horror en el aire, y los hombres se miraban unos a otros al encontrarse,
cada uno preguntándose si el otro sería la víctima de la quinta tragedia
sin nombre. Los periodistas revisaban en vano sus apuntes en busca de
material con el cual mezclar artículos anteriores. Y el periódico matutino
era abierto en más de algún hogar con un sentimiento de terror; nadie
sabía cuándo o dónde atacaría el próximo golpe.
Poco tiempo después del último
de estos terribles sucesos, Austin fue a visitar al señor Villiers. Sentía
curiosidad por saber si Villiers había tenido éxito en descubrir alguna
pista fresca de la señora Herbert, ya fuera a través de Clarke o de otra
fuente, y a penas se hubo sentado hizo la pregunta.
-No -dijo Villiers-, le
escribí a Clarke pero sigue inexorable, y he tratado por otros canales sin
resultados. No he podido saber qué ha sido de Helen Vaughan después de
dejar Paul Street, pienso que deber haberse ido al extranjero. Pero para
serte franco Austin, no le he prestado mucha atención al tema durante las
últimas semanas; conocía íntimamente al pobre Herries, y su terrible
muerte ha sido un gran golpe para mí, un gran golpe.
-Lo creo -contestó Austin
solemnemente-, tú sabes que Argentine era amigo mío. Si recuerdo
correctamente, estuvimos hablando de él ese día que viniste a mis
habitaciones.
-Sí; era en relación a aquella
casa en Ashley Street, la casa de la señora Beaumont. Dijiste algo acerca
de Argentine cenando allá.
-De hecho. Seguramente sabrás
que fue allí donde Argentine cenó la noche antes... antes de su muerte.
-No, no había escuchado eso.
-Oh, si; el nombre fue
excluido de los periódicos para ahorrarle molestias a la señora Beaumont.
Argentine era un gran favorito suyo, y se comentaba que ella se encontraba
en un terrible estado.
Una curiosa expresión asomó en
el rostro de Villliers; parecía indeciso acerca de hablar o no. Austin
comenzó nuevamente.
-Nunca experimenté tal
sentimiento de horror como cuando leí el informe de la muerte de Argentine.
En el momento no lo comprendí, y tampoco ahora. Lo conocía bien, y mi
entendimiento se ve completamente superado al preguntarme por qué posible
causa él -o cualquiera de los otros- podría haber resuelto morir a sangre
fría, de aquella espantosa manera. Tú sabes cómo los hombres murmuran
sobre cada personaje de Londres, y te aseguro que cualquier escándalo
enterrado o esqueleto escondido habría aparecido en un caso como este;
pero nada por el estilo ha sucedido. Y respecto a la teoría de manía,
bueno, eso está muy bien para la improvisación del forense, pero todos
sabemos que es una tontería. La manía suicida no es una pequeña infección.
Austin
se hundió en un oscuro silencio. Villiers también estaba en silencio,
observando a su amigo. La expresión de indecisión aún se movía por su
rostro; parecía sopesar sus pensamientos en una balanza, y las
consideraciones que estaba tomando lo mantenían en silencio. Austin trató
de quitarse de encima las memorias de tragedias tan imposibles y confusas
como el laberinto de Dédalo, y comenzó a hablar con voz indiferente de
sucesos más agradables y de las aventuras de la temporada.
-Esa señora Beaumont -dijo- de
la cual hablábamos, es un gran éxito; ha tomado Londres casi por asalto.
La conocí la otra noche en Fulham; realmente es una mujer extraordinaria.
-¿Conociste a la señora
Beaumont?
-Sí; estaba rodeada por un
verdadero séquito. Supongo que podría decirse que es muy atractiva, sin
embargo, hay algo en su rostro que no me agradó. Sus rasgos son
exquisitos, pero la expresión es extraña. Y durante todo el tiempo que la
estuve observando, y luego, cuando me dirigía a casa, tuve la curiosa
sensación de que me era familiar, de alguna u otra forma.
-La debes haber visto en la
calle.
-No, estoy seguro que nunca
había visto a la mujer; eso es lo que lo hace misterioso. Y según creo,
nunca he visto a nadie como ella; lo que sentí fue como un recuerdo lejano
y velado, vago pero persistente. La única sensación con la que puedo
compararlo es ese extraño sentimiento que se tiene a veces en los sueños,
cuando las ciudades fantásticas, las tierras maravillosas y los personajes
fantasmales nos parecen familiares y habituales.
Villiers
asintió y echó un vistazo sin dirección al rededor de la habitación,
posiblemente en busca de algo sobre lo que continuar la conversación. Sus
ojos se posaron en un antiguo cofre situado debajo de un escudo gótico,
parecido en cierta forma a aquél en que el artista había escondido su
extraño legado.
-¿Le escribiste al doctor
acerca del pobre Meyrick? -preguntó.
-Sí, le escribí pidiéndole
todos los pormenores respecto a su enfermedad y su muerte. No espero
recibir respuesta durante otras tres semanas o un mes. Pensé que también
debería indagar si Meyrick conocía a alguna mujer inglesa apellidada
Herbert, y si ese era el caso, si el doctor podía entregarme información
sobre ella. Sin embargo, es muy posible que Meyrick se halla encontrado
con ella en Nueva York, o México, o San Francisco. No tengo idea del
alcance o dirección de sus viajes.
-Sí, y es muy posible que esta
mujer tenga más de un nombre.
-Exactamente. Hubiera deseado
pensar en pedirte el retrato de ella que posees. Podría haberlo incluido
en mi carta al doctor Matthews.
-Podrías haberlo hecho; nunca
se me había ocurrido. Debemos enviarlo ahora.¡Escucha! ¿Qué están gritando
esos niños?
Mientras los dos hombres
conversaban, un ruido confuso de gritos había aumentado gradualmente en
intensidad. El ruido se elevaba desde la parte este y cobraba fuerzas en
Picadilly, acercándose más y más, como un torrente de sonido; agitando las
calles usualmente tranquilas, y haciendo de cada ventana el marco para una
cara, curiosa o excitada. Los gritos y las voces reverberaban a lo largo
de la silenciosa calle donde vivía Villiers, haciéndose más claras a
medida que avanzaban, y mientras Villiers hablaba, la respuesta subió
desde la acera:
"¡Los Horrores del West End;
otro espantoso suicidio; informe completo!"
Austin
se precipitó escaleras abajo y compró un periódico, y le leyó a Villiers,
mientras el alboroto en la calle se elevaba y decaía. La ventana estaba
abierta y el aire parecía estar lleno de ruido y terror.
"Otro caballero ha caído
víctima de la terrible epidemia de suicidios que, durante el último mes,
ha prevalecido en West End. El señor Sydney Crashaw, de Stoke House,
Fulhan y King's Pomeroy, Devon, fue hallado muerto a la una de esta tarde,
luego de una prolongada búsqueda, colgado a la rama de un árbol en su
jardín. El difunto caballero cenó anoche en el Club Carlton y su salud y
humor se veían como siempre. Abandonó el club cerca de las diez y, algo
más tarde fue visto caminando sin prisa por St. James Street. Luego de
esto, se le pierde el rastro a sus movimientos. Apenas encontrado el
cuerpo se llamó al médico, pero era evidente que la vida se había
extinguido hace tiempo. Hasta donde se sabe, el señor Crashaw no tenía
ningún tipo de problema o ansiedad. Este doloroso suicidio, como se
recordará, es el quinto de su clase en el último mes. Las autoridades de
Scotland Yard son incapaces de sugerir alguna explicación para estos
terribles sucesos."
Austin
dejó el periódico con un mudo horror.
-Dejaré Londres mañana
-declaró-, esta es una ciudad de pesadilla. ¡Qué espantoso es esto,
Villiers!
El señor Villiers estaba
sentado junto a la ventana, tranquilamente mirando a la calle. Había
escuchado atentamente al informe del periódico, y la huella de indecisión
había desaparecido de su rostro.
-Espera, Austin -replicó- he
decidido mencionarte un asunto que sucedió anoche. ¿Creo que se afirmaba
que Crashaw había sido visto con vida en St. James Street, poco después de
las diez?
-Sí, eso creo. Miraré
nuevamente. Si, estás en lo cierto.
-Correcto. Entonces, me
encuentro en la posición de contradecir completamente el relato. Crashaw
fue visto después de eso; de hecho, considerablemente más tarde.
-¿Cómo lo sabes?
-Porque por casualidad vi a
Crashaw, cerca de las dos de esta madrugada.
-¿Viste a Crashaw? ¿Tú,
Villiers?
-Sí, lo vi claramente, de
hecho, nos separaban tan sólo unos pocos pasos.
-¿Dónde, en nombre del cielo,
lo viste?
-No lejos de aquí. Lo ví en
Ashley Street. Precisamente cuando salía de una casa.
-¿Reconociste cuál era la
casa?
-Sí. Era la de la señora
Beaumont.
-¡Villiers! Piensa en lo que
estás diciendo; debe haber algún error. ¿Cómo podría Crashaw haber estado
en casa de la señora Beaumont a las dos de la mañana? Seguro, seguro debes
haber estado soñando, Villiers; siempre has sido algo fantasioso.
-No; estaba completamente
despierto. Incluso si hubiera estado soñando, como tú dices, lo que ví me
hubiera despertado efectivamente.
-¿Lo que viste? ¿Qué viste?
¿Había algo extraño en Crashaw? Pero no lo puedo creer, es imposible.
-Bueno, si lo deseas te
contaré lo que vi, o si te place, lo que creo haber visto. Puedes juzgar
por tí mismo.
-Muy bien, Villiers.
El ruido y el clamor de la
calle se habían extinguido, aunque algunos sonidos de gritos aún llegaban
repentinamente desde la distancia, y el apagado y pesado silencio se
parecía a la calma que sigue al terremoto o a la tormenta. Villiers dio la
espalda a la ventana y comenzó a hablar.
-Anoche yo estaba en una casa
cerca de Regent's Park y al dejarla, me asaltó la idea de caminar a casa
en vez de tomar un cabriolé. Era una noche lo suficientemente clara y
agradable, y luego de unos minutos ya tenía las calles para mí solo. Es
curioso, Austin, estar solo en Londres de noche, las lámparas alargándose
en perspectiva, y el silencio sin vida, y quizá de repente, la acometida y
estruendo de un coche sobre las piedras y los cascos de los caballos
echando chispas. Caminaba vigorosamente pues me sentía algo cansado de
estar fuera en la noche, y cuando los relojes daban las dos, doblé por
Ashley Street, la que, como sabes, está en mi camino. Estaba más tranquila
que nunca y eran pocas las lámparas; en resumen, lucía tan oscura y
tenebrosa como un bosque en invierno. Había recorrido casi la mitad de la
calle cuando oí el sonido de una puerta cerrándose suavemente y, como es
natural, miré para ver quién andaba allí como yo, a tales horas. Por
casualidad hay una lámpara cerca de la casa en cuestión y vi a un hombre
en el portal. Recién había cerrado la puerta y su cara estaba hacia mí,
inmediatamente reconocí a Crashaw. Nunca lo conocí tanto como para
hablarle, sin embargo, lo había visto frecuentemente, por lo que estoy
seguro que no confundí a mi hombre. Le miré a la cara por un momento, y
entonces -debo decir la verdad- emprendí una buena carrera y seguí
corriendo hasta que estaba en mi propia puerta.
-¿Por qué?
-¿Por qué? Porque verle la
cara a ese hombre me congeló la sangre. Nunca habría imaginado que una
combinación de pasiones como aquella podría haber fulgurado en los ojos de
ningún hombre. Casi me desmayé al mirar. Sabía que había atisbado en los
ojos de un alma perdida, Austin. El exterior de ese hombre permanecía,
pero todo el infierno estaba dentro de él. Una lasciva furiosa y un odio
que era como el fuego, más la pérdida de toda esperanza y la completa
oscuridad de la desesperación parecían dar alaridos a la noche, aunque su
boca estaba cerrada. Estoy seguro que no me vio; no veía nada de lo que tú
o yo podemos ver, sin embargo, lo que presenciaba espero que jamás lo
veamos. No sé cuándo murió; supongo que dentro de una hora, o quizá dos,
pero cuando pasé por Ashley Street y oí la puerta cerrándose, el hombre ya
no pertenecía a este mundo. Lo que ví fue la cara de un demonio.
Hubo un intervalo de silencio
en la habitación cuando Villiers terminó de hablar. La luz estaba
menguando y todo el tumulto de una hora atrás se había acallado por
completo. Austin había inclinado su cabeza al final del relato, y las
manos cubrían sus ojos.
-¿Qué puede significar todo
esto? -dijo finalmente.
-Quién sabe, Austin, quién
sabe. Este es un asunto oscuro, pero creo que será mejor que quede entre
nosotros por ahora, sea como sea. Veré si puedo saber algo acerca de esa
casa a través de algunos canales privados de información, y si me
encuentro con algo, te lo haré saber.
VII.
Encuentros en el Soho
Tres semanas más tarde Austin
recibió una nota de Villiers, pidiéndole que lo visitara aquella noche o
la siguiente. Eligió la fecha más cercana. Encontró a Villiers sentado,
como era usual, junto a la ventana, aparentemente perdido en meditaciones
en el adormecedor tráfico de las calles. A su lado había una mesa de
bambú, un objeto fantástico, enriquecido con oropel y exóticas escenas
pintadas, y sobre ella había una pila de papeles arreglados y rotulados
tan pulcramente como cualquier cosa en la oficina del señor Clarke.
-Bueno, Villiers, ¿has hecho
algunos descubrimientos durante las últimas tres semanas?
-Eso creo: aquí tengo uno o
dos apuntes que me impactaron por su singularidad, y hay un informe sobre
el cual quisiera llamar tu atención.
-¿Y estos documentos se
relacionan con la señora Beaumont? ¿Era realmente Crashw a quien viste esa
noche en la puerta de la casa de Ashley Street?
-En relación a ese asunto mi
creencia se mantiene inalterada, sin embargo, ninguna de mis indagaciones
ni sus resultados tiene alguna especial relación con Crashaw. Pese a eso,
mis investigaciones han tenido un extraño resultado. ¡He descubierto quién
es la señora Beaumont!
-¿A qué te refieres con quién
es ella?
-Me refiero a que tú y yo la
conocemos mejor bajo otro nombre.
-¿Cuál es ese nombre?
-Herbert.
-¡Herbert! -Austin repitió
esta palabra aturdido por la sorpresa.
-Sí, la señora Herbert de Paul
Street, o Helen Vaughan, cuyas anteriores aventuras desconocía. Tuviste
razón al reconocer la expresión de su rostro; al llegar a casa observa el
rostro del libro de horrores de Meyrick, y conocerás la fuente de tus
recuerdos.
-¿Tienes pruebas de esto?
-Sí, la mejor de las pruebas.
He visto a la señora Beaumont, ¿o debo decir la señora Herbert?
-¿Dónde la viste?
-En un lugar donde
difícilmente esperarías ver a una dama que vive en Ashley Street,
Picadilly. La vi entrando a una casa en una de las calles más
despreciables y de peor reputación del Soho. De hecho, yo había concertado
una cita, aunque no con ella, y ella estaba precisamente allí, en el mismo
lugar y al mismo tiempo.
-Todo esto parece muy
sorprendente, pero no puedo llamarlo increíble. Debes recordar Villliers,
que yo he visto a esta mujer en la corriente aventura de la sociedad
londinense, conversando y riéndose, sorbiendo su café en un salón común y
corriente, con gente común y corriente. Pero tú sabes lo que dices.
-Lo sé; no me he permitido ser
guiado por conjeturas ni fantasías. No era con la intención de descubrir a
Helen Vaughan que buscaba a la señora Beaumont en las oscuras aguas de la
vida londinense, sin embargo, ese ha sido el resultado.
-Debes haber estado en lugares
extraños, Villiers.
-Sí, he estado en lugares
bastante extraños. Como sabes, hubiera sido inútil dirigirme a Ashley
Street y haberle pedido a la señora Beaumont que me hiciera un corto
esbozo de su historia pasada. No; asumiendo que, como tuve que asumir, sus
antecedentes no eran de los más limpios, era bastante seguro que en algún
período pasado debió haberse movido en círculos no tan refinado como los
actuales. Si ves lodo en la superficie del arroyo, puede estar seguro que
alguna vez estuvo en el fondo. Y yo fui hacia el fondo. Siempre me he sido
aficionado a sumergirme en la Calle Extraña por placer, y me di cuenta que
mi conocimiento de la localidad y sus habitantes me era muy útil. Tal vez
sea innecesario mencionar que mis amigos jamás habían escuchado el
apellido Beaumont, y como yo jamás había visto a la dama y no podía dar su
descripción, tuve que ponerme a trabajar de una manera indirecta. La gente
del lugar me conoce; eventualmente he podido prestarles algún servicio,
así que no pusieron ninguna dificultad en darme su información; estaban
concientes que yo no tenía ninguna comunicación directa o indirecta con
Scotland Yard. Sin embargo, tuve que eliminar una buena cantidad de líneas
antes de obtener lo que quería, y cuando pesqué el pez no pensé ni por un
momento que ese era mi pez. Sin embargo escuché lo que me decían desde un
constitucional aprecio por la información inútil, y me encontré en
posesión de una historia muy curiosa, aunque como imaginé, no la historia
que buscaba. Resultó ser lo siguiente.. Aproximadamente cinco o seis años
atrás, una mujer de apellido Raymond apareció repentinamente en el barrio
al que me refiero. Me la describieron como una mujer bastante joven,
probablemente de no más de diecisiete o dieciocho, muy atractiva, y
luciendo como si viniera del campo. Me equivocaría si dijera que ella
encontró su nivel entrando a este barrio en particular, o asociándose con
esta gente, pues por lo que me contaron, pensaría que la peor pocilga de
Londres es demasiado buena para ella. La persona de la cual obtuve la
información, no un gran puritano como puedes suponer, se estremeció y se
puso pálido al contarme acerca de las infamias sin nombre de las que se le
acusaba. Después de vivir allí por un año, o quizá un poco más,
desapareció tan repentinamente como había llegado, y no supieron nada de
ella hasta la época del caso de Paul Street. Al principio venía a su
guarida ocasionalmente, luego con más frecuencia y finalmente, se
estableció allí como antes, y permaneció por seis u ocho meses. No tiene
sentido que entre en detalles acerca de la vida que la mujer llevaba; si
quieres detalles puedes mirar en el legado de Meyrick. Aquellos diseños
salieron de su imaginación. Ella desapareció nuevamente, y nadie del lugar
la vio hasta hace unos pocos meses atrás. Mi informante me contó que había
tomado algunas habitaciones en una casa que me indicó, y que tenía el
hábito de visitarlas una o dos veces a la semana, siempre a las diez de la
mañana. Esperaba que realizara una de esas visitas cierto día de la semana
pasada, y de acuerdo a ello logré estar vigilando, acompañado de mi
cicerone un cuarto para las diez, y la hora y la dama llegaron con igual
puntualidad. Mi amigo y yo nos encontrábamos bajo un pasaje abovedado,
algo retirado de la calle, sin embargo, ella nos vio y me dirigió una
mirada que me tomará tiempo olvidar. Aquella mirada fue suficiente para
mí; sabía que la señora Raymond era la señora Herbert; mientras que la
señora Beaumont se había ido completamente de mi cabeza. Entró a la casa,
y vigilé hasta las cuatro de la tarde, cuando salió, y luego la seguí. Fue
una larga cacería, y tuve que mantener gran cuidado de mantenerme a lo
lejos, en un segundo plano, pero sin perder de vista a la mujer. Me llevó
por el Strand, luego hacia Westminster, para continuar por St Jame's
Street, y a lo largo de Picadilly. Me sentí de lo más extraño cuando la vi
doblar por Ashley Street; la idea de que la señora Herbert era la señora
Beaumont vino a mi mente, pero parecía demasiado imposible para ser
verdad. Esperé en la esquina, sin perderla de vista en ningún momento,
poniendo especial cuidado en identificar la casa en la que se había
detenido. Era la casa de las cortinas alegres, la casa de las flores, la
casa de la cual Crashaw salió la noche en que se colgó en su jardín. Casi
me estaba yendo con mi descubrimiento, cuando vi que un carruaje vacío
viró y se detuvo frente a la casa, llegué a la conclusión que la señora
Herbert tomaría un paseo, y tenía razón. Allí, de casualidad, me encontré
con un hombre que conocía, y estuvimos conversando a poca distancia del
camino por donde pasaría el carruaje, que se encontraba a mis espaldas. No
habíamos estado allí ni diez minutos cuando mi amigo se quitó el sombrero,
di un vistazo a mi alrededor y allí vi a la dama a la que había estado
siguiendo todo el día. "¿Quién es ella?" -le pregunté. Y su respuesta fue:
"La señora Beaumont; vive en Ashley Street". Después de eso no cabía
ninguna duda. No sé si ella me vio, pero creo que no lo hizo.
Inmediatamente regresé a casa y, considerándolo, pensé que tenía un caso
suficientemente bueno como para presentarme donde Clarke.
-¿Por qué donde Clarke?
-Porque estoy seguro de que
Clarke conoce hechos acerca de esta mujer, hechos de los que yo no sé
nada.
-Bueno, ¿qué pasó entonces?
El señor Villiers se reclinó
en su butaca y miró a Austin reflexivamente un momento antes de contestar
su pregunta:
-Mi idea era que Clake y yo
deberíamos visitar a la señora Beaumont.
-¿Jamás irías a una casa como
esa? No, no, Villiers, no puedes hacerlo. Además, considera qué
resultado...
-Pronto te lo diré. Pero iba
decirte que mi información no terminaba aquí; sino que fue completada de
una forma extraordinaria.
Mira este lindo paquetito
manuscrito; está compaginado, como ves, y tuve que perdonar la atenta
coquetería de una banda de cinta roja. ¿Cierto que tiene un aire casi
legal? Desliza tus ojos por él, Austin. Es la relación de las diversiones
que la señora Beaumont prodigaba a sus invitados favoritos. El hombre que
escribió esto escapó con vida, pero pienso que no vivirá muchos años. Los
doctores le han dicho que debe haber sufrido algún severo impacto
nervioso.
Austin
cogió el manuscrito pero nunca lo leyó. Al abrir sus elegantes páginas al
azar, su mirada fue atrapada por una palabra y una frase que le seguían;
y, angustiado, con los labios pálidos y un sudor frío corriendo como agua
por sus sienes, arrojó los papeles al suelo.
-Llévatelo, Villiers, nunca
menciones esto nuevamente. ¿Estás hecho de piedra, hombre? Porque ni el
temor ni el horror de la misma muerte, ni los pensamientos del hombre que
se encuentra en el aire punzante de la mañana sobre la oscura plataforma,
condenado, escuchando el tañido de las campanas, esperando que el severo
rayo retumbe, no son nada comparados con esto. No lo leeré; y jamás podré
conciliar el sueño.
-Muy bien, puedo imaginarme lo
que viste. Sí, es lo suficientemente horrible; pero después de todo es una
vieja historia, un antiguo misterio representado en nuestros días, en las
oscuras calles de Londres en vez de entre los viñedos y los jardines de
olivos. Ambos sabemos lo que le ocurre a aquellos que llegan a conocer al
Gran Dios Pan, y aquellos que son prudentes saben que todos los símbolos
son símbolo de algo, no de nada. De hecho, fue bajo un símbolo exquisito
que los hombres velaron, hace mucho tiempo, su conocimiento de las fuerzas
más terribles y más secretas, fuerzas que se encuentran en el corazón de
todas las cosas; fuerzas ante las cuales el alma de los hombres se
marchita y muere, y se ennegrece, como sus cuerpos al electrocutarse.
Tales fuerzas no pueden ser nombradas, no se puede hablar de ellas, no
pueden ser imaginadas excepto bajo un velo y un símbolo, un símbolo que a
la mayoría nos parece una imagen exótica y poética , mientras para otros
es un disparate. De todos modos, tú y yo hemos conocido algo del terror
que debe habitar en el secreto lugar de la vida, manifestado en carne
humana; aquello que no tiene forma tomando para sí una forma. Oh, Austin,
¿cómo eso puede existir? ¿Cómo es que la misma luz del sol no se oscurece
frente a esta cosa ni la sólida tierra se derrite y hierve bajo tal carga?
Villiers
se movía de un lado a otro por la habitación, y las gotas de sudor
resaltaban en su frente. Austin se mantuvo en silencio por un rato, sin
embargo, Villiers lo vio realizando un signo sobre su pecho.
-Nuevamente te digo, Villiers,
¿no serás capaz de entrar en una casa como esa? Jamás saldrías de ella con
vida.
-Sí, Austin. Saldré con
vida... y Clarke conmigo.
-¿A qué te refieres? No
puedes, no te atreverías...
-Espera un momento. Esta
mañana el aire estaba muy fresco y agradable; soplaba una brisa, incluso
por esta calle deprimente, pensé entonces en dar un paseo. Picadilly se
extendía clara frente a mí, el sol destellaba sobre los carruajes y sobre
las hojas temblorosas del parque. Era una mañana alegre, los hombres y las
mujeres miraban hacia el cielo y sonreían mientras se dirigían a su
trabajo o a sus placeres, y el viento soplaba tan despreocupadamente como
lo hace sobre las praderas y el aromático tojo. Pero de una u otra manera
me alejé del bullicio y del alborozo, me descubrí caminando lentamente a
lo largo de una tranquila y oscura calle, donde parecía no existir la luz
del sol ni el aire, y donde los pocos peatones vagabundeaban al caminar, y
merodeaban indecisos por las esquinas y las arcadas. Seguí caminando, sin
saber realmente hacia dónde me dirigía o qué estaba haciendo allí, mas me
sentía empujado, como a veces uno se siente, a explorar aún más allá, con
la vaga idea de alcanzar alguna meta desconocida. De esta forma avancé por
la calle, notando el movimiento en la lechería, y sorprendido por la
incongruente mezcla de pipas de un penique, tabaco negro, dulces, y
canciones cómicas, que aquí y allá se empujaban unas a otras en el
reducido espacio de una sola ventana. Creo que un escalofrío que me
recorrió repentinamente fue lo que en un principio me indicó que había
encontrado lo que quería. Miré desde la acera y me detuve frente a un
polvoriento negocio sobre el cual la inscripción se había borrado, donde
los ladrillos de doscientos años se habían tiznado, donde las ventanas
habían acumulado el polvo de los innumerables inviernos. Vi lo que
necesitaba; sin embargo, creo que pasaron cinco minutos antes de que me
calmara y pudiera entrar y pedir con una voz tranquila y un rostro
impasible. Creo que aún así hubo un ligero temblor en mis palabras, pues
el viejo que salió de la recepción, tambaleándose lentamente entre su
mercancía, me observó de un manera extraña al envolverme el paquete. Le
pagué lo que pedía, y me mantuve inclinado sobre el mostrador con un
extraño rechazo a tomar mi mercadería e irme. Le pregunté por el negocio y
me entré que las ventas no estaban buenas y que los beneficios habían
bajado deprimentemente; que la calle no era la misma que antes de que el
tráfico fuera desviado, pero eso había sido hace cuarenta años, "justo
antes que mi padre muriera" -dijo. Finalmente me alejé y caminé
solemnemente; era realmente una calle lúgubre y estuve feliz de volver a
bullicio y al ruido.¿Quisieras ver mi adquisición?
Austin
no dijo nada, pero asintió suavemente con su cabeza; aún se veía pálido y
enfermo. Villiers abrió uno de los cajones de la mesa de bambú y le enseñó
a Austin un largo rollo e cuerda, nueva y resistente; y en un extremo
había un nudo corredizo.
-Es la mejor cuerda de cáñamo
-dijo Villiers-, tal como las que se hacían antes, según me dijo el
hombre. Ni una sola pulgada de yuta de punta a cabo.
Austin
apretó los dientes y miró a Villiers, palideciendo cada vez más.
-No deberías hacerlo -murmuró
finalmente. ¡Por Dios! No te ensuciarías las manos con sangre -exclamó con
una repentina vehemencia-, ¿no hablas en serio, Villiers, eso te
convertiría en un verdugo?
-No. Ofreceré la opción,
dejaré a Helen Vaughan sola con esta soga por quince minutos en una
habitación cerrada. Si cuando entre la cosa no está hecha, llamaré al
policía más cercano. Eso es todo.
-Debo irme. No puedo quedarme
ni un minuto más, no puedo soportar esto. Buenas noches.
-Buenas noches, Austin.
La puerta se cerró, pero se
abrió nuevamente en un momento. Austin estaba en la entrada, pálido y
cadavérico.
-Se me estaba olvidando
-dijo-, que yo también tengo algo que contarte. Recibí una carta del
doctor Hardon desde Buenos Aires. Me dice que él atendió a Meytick durante
los tres meses anteriores a su muerte.
-¿Y menciona qué se lo llevó a
la tumba en la flor de su vida? ¿No fue la fiebre?
-No, no fue la fiebre. De
acuerdo al doctor, fue un colapso total del sistema, probablemente causado
por algún shock severo. Pero asegura que el paciente no le mencionó nada,
por lo que se encontraba en cierta desventaja para tratar el caso.
-¿Hay algo más?
-Sí, el doctor Harding
concluye su carta diciendo: "Creo que esta es toda la información que
puedo darle acerca de su pobre amigo. No estuvo mucho tiempo en Buenos
Aires, y casi no conocía a nadie, a excepción de una persona que no
ostentaba el mejor de los caracteres, y que desde entonces se ha
marchado... una tal señora Vaughan.
VIII.
Los Fragmentos
[Hoja de un manuscrito,
cubierta con anotaciones hechas a lápiz, encontrada entre los papeles del
conocido médico, doctor Robert Matheson, de Ashley Street, Picadilly,
quien murió repentinamente de un ataque de apoplejía, a comienzos de 1892.
Las notas se encontraban en latín, muy abreviadas y, evidentemente
escritas con gran prisa. El manuscrito fue descifrado con gran dificultad
y algunas palabras han evadido, hasta ahora, todos los esfuerzos de los
expertos contratados. La fecha, XXV de julio de 1888, está escrita en el
costado superior derecho del manuscrito. Lo siguiente es la traducción del
manuscrito del doctor Matheson]
No sé si acaso la ciencia se
vería beneficiada por la publicación de estas notas, en caso de que
pudieran ser publicadas, mas lo dudo. Pero ciertamente, nunca tomaría la
responsabilidad de publicar o divulgar ninguna palabra de lo que aquí
escribo, no sólo en consideración del juramento que presté libremente a
aquellas dos personas que estuvieron presentes, sino además porque los
detalles son demasiado abominables. Probablemente, luego de una
consideración madura y luego de sopesar el bien y el mal, destruiré este
texto, o por lo menos se lo entregaré sellado a mi amigo D, confiando en
su discreción, para usarlo o quemarlo, como él estime apropiado.
Como era apropiado, hice todo
lo que mis conocimientos me sugería para estar seguro de que no me
encontraba delirando. Pasmado en el comienzo difícilmente podía pensar,
pero en poco tiempo estuve seguro que mi pulso era estable y regular, y
que yo me encontraba en mis cabales. Después de eso fijé tranquilamente
mis ojos en lo que estaba frente a mí.
A pesar que dentro de mí
surgieron el horror y la náusea, y un hedor de podredumbre sofocó mi
respiración, me mantuve firme. Fui entonces privilegiado o maldito, no me
atrevo a decir cuál de las dos, de ver aquello que se encontraba sobre la
cama, yaciendo negro como la tinta, transformándose frente a mis ojos. La
piel, la carne, los músculos, los huesos y la firme estructura del cuerpo
humano que yo había creído invariable y permanente como el diamante,
comenzó a derretirse y disolverse.
Sé que el cuerpo puede ser
dividido en sus elementos por agentes externos, pero me hubiera negado a
creer lo que vi. Porque allí había alguna fuerza interna, de la cual nada
sé, que causaba la disolución y el cambio.
Aquí también se encontraba
todo el trabajo través del cual fue creado el hombre, recreado frente a
mis ojos. Vi aquella forma oscilando de sexo a sexo, dividiéndose a sí
mismo de sí mismo, y luego nuevamente reunido. Luego vi el cuerpo
descender hacia las bestias desde donde ascendió, y aquello que estaba en
las alturas bajar a las profundidades, incluso hasta el abismo de todo
ser. El principio de la vida, que crea al organismo, se mantuvo siempre
mientras la forma exterior cambiaba.
La luz del cuarto se había
transformado en oscuridad, no la oscuridad de la noche donde los objetos
se perciben difusamente, pues yo podía ver claramente y sin dificultad.
Sin embargo, era la negación de la luz; los objetos se presentaban a mi
visión, si puedo decirlo de esta manera, sin ninguna mediación, de tal
manera que si hubiera habido un prisma en la habitación no hubiera visto
ningún color representado sobre él.
Miré y al final no ví nada más
que una sustancia gelatinosa. Luego ascendió nuevamente el escalafón...
[aquí el manuscrito se hace ilegible] ... por un momento vi un Forma,
perfilada frente a mí en la oscuridad , la cual no describiré en detalle.
Sin embargo, el símbolo de esta forma puede ser vista en antiguas
esculturas y en las pinturas que sobrevivieron a la lava, demasiado
obscenas para ser nombradas... como una horrible e indescriptible figura,
ni hombre ni bestia, fue cambiando hasta tomar forma humana, cuando
finalmente llegó la muerte.
Yo, que presencié todas estas
cosas, no sin el gran horror y aversión de mi alma, escribo aquí mi
nombre, declarando que todo lo que puse en este papel es verdad.
ROBERT
METHESON, Med. Dr.
***
... Raymond, este es el relato
de lo que se y he visto. La carga era demasiado pesada para llevarla yo
solo y, sin embargo, no podía contárselo a nadie más que a tí. Villiers,
quien se encontraba conmigo en el final no sabe nada de aquel terrible
secreto del bosque, de cómo aquello que ambos vimos perecer sobre la verde
y suave hierba, entre las flores del varano, mitad en la luz mitad en
penumbra, sosteniendo la mano de la joven Rachel, llamó y convocó a
aquellos compañeros que adoptaron la forma de sólidas figuras sobre la
tierra que pisamos, convocó al terror que nosotros sólo podemos insinuar,
aquel que sólo podemos nombrar bajo una figura. No le contaré a Villiers
de esto, ni tampoco acerca de aquel parecido que me impactó como un golpe
en el corazón al ver el retrato, que colmó en el final la copa del terror.
No me atrevo a adivina qué puede significar esto. Estoy seguro de que lo
que vi perecer no era Mary, sin embargo, en la última agonía fueron los
ojos de Mary los que me miraron. No sé si existe alguien que pueda
mostrarme el último eslabón de la cadena de este horrible misterio, pero
si hay alguien que puede hacerlo, ese eres tú, Raymond. Y si conoces el
secreto, depende de tí si lo revelas o no, como prefieras.
Te escribo esta carta
inmediatamente al regresar a la ciudad. He estado en el campo durante los
últimos día; posiblemente seas capaz de adivinar dónde. Mientras en
Londres el terror y asombro estaban en su punto máximo -pues la señora
Beaumont, como te había contado, era conocida en sociedad-, le escribí a
mi amigo el doctor Phillips, dándole un breve resumen, más bien una
insinuación, de lo que había sucedido, y pidiéndole que me revelara el
nombre de la aldea donde sucedieron los eventos que me había relatado. Me
dio el nombre, pues como dijo sin el menor titubeo, los padres de Rachel
habían fallecido, y el resto de la familia se habían marchado donde un
pariente en el estado de Washington, seis meses atrás. Me dijo que los
padres habían muerto, indudablemente, debido al dolor y el espanto
causados por la terrible muerte de la hija, y por aquello que había
acontecido antes de esa muerte. La misma tarde del día que recibí la carta
de Phillips, ya me encontraba en Caermaen. Y bajo las desmoronadas
murallas romanas, blancas por los inviernos de diecisiete siglos, miré
hacia la pradera donde alguna vez se irguió el templo al "Dios de los
Abismos", y vi una casa brillando en la luz del sol. Era la casa donde
Helen había vivido. Me quedé en Caermaen por varios días. La gente del
lugar, descubrí, poco sabían y aún menos habían adivinado. Aquellos con
los que hablé sobre la materia parecían asombrarse de que un anticuario
(así fue como me presenté) se preocupara por la tragedia del pueblo, sobre
la cual me dieron una versión muy trivial y, como puedes imaginarte, no
les revelé nada de lo que yo sabía. Pasé la mayoría del tiempo en el gran
bosque que se eleva justo sobre la aldea, escalando la ladera, y se
descuelga hacia el río en el valle; otro hermoso y extenso valle, Raymond,
como aquel que observamos una noche, yendo de un lado a otro frente a tu
casa. Por varias horas me extraviaba en el laberíntico bosque, ahora
virando hacia la derecha y ahora hacia la izquierda, caminando lentamente
a lo largo de pasadizos de maleza, sombríos y helados, incluso bajo el sol
del mediodía y deteniéndome bajo los inmensos robles. Yaciendo en la
hierba rala de algún claro donde el suave y dulce aroma de las rosas
silvestres me era traído por el viento, mezclado con el fuerte perfume del
saúco, cuyos aromas mezclados se parecen al hedor que hay en la habitación
de un muerto, un vaho de incienso y podredumbre. Estuve en los confines
del bosque, observando toda la pompa y desfile de las dedaleras,
elevándose entre los helechos y brillando rojizas en el pronunciado
atardecer, y más allá de ellas, hacía la espesura de la maleza abigarrada,
donde los manantiales bullen desde la roca, regando los juncos, húmedos y
nocivos. Sin embargo, durante todos mis vagabundeos, evité una parte del
bosque; no fue sino hasta ayer que ascendí hasta la cima de la colina, y
me paré sobre la antigua calzada romana que se abre paso a través de la
cresta más alta del bosque. Por aquí habían caminado ellas, Helen y Rachel,
a lo largo de esta tranquila calzada, sobre el pavimento de hierba verde,
encerrada a ambos lados por bancos de tierra roja y protegida por los
elevados setos de hayas. Y por aquí seguí sus pasos, una y otra vez
mirando a través de los espacios entre las ramas, viendo a un lado el
alcance del bosque, extendiéndose lejos hacia la derecha y hacia la
izquierda, y sumergiéndose en el valle. Y, más allá, el océano amarillo, y
la tierra allende del mar. Al otro lado se encontraba el valle y el río, y
colina tras colina como onda tras onda, y el bosque, y la pradera, y los
maizales, las brillantes casa blancas, la gran pared montañosa, y los
lejanos picos azules en el norte. Hasta que finalmente llegué al lugar. La
huella ascendía por una suave pendiente y se ensanchaba hacia el espacio
abierto, rodeada por una espesa muralla de maleza, y se estrechaba
nuevamente, para perderse en la distancia y en la tenue y azulosa niebla
de verano. Y en este agradable claro estival Rachel le entregó y le dejó
algo a una joven, quién sabe qué. No me quedé allí por mucho tiempo.
En un pequeño pueblo cercano a
Caermaen hay un museo, que contiene la mayor parte de los vestigios
romanos que se han encontrado durante todas las épocas en los alrededores.
El día siguiente a mi llegada a Caermaen me dirigí al pueblo en cuestión,
y aproveché la oportunidad de inspeccionar el museo. Luego de haber visto
la mayor parte de las esculturas en piedra, los baúles, anillos, monedas y
fragmentos de pavimento teselado que contiene el lugar, fui llevado ante
un pequeño pilar rectangular de piedra blanca, el cual había sido
recientemente descubierto en el bosque sobre el cual he estado hablando y,
como me enteré indagando, en aquel espacio abierto donde la calzada romana
se ensancha. A un lado del pilar había una inscripción, de la cual tomé
nota. Alguna de las letras han sido borradas, sin embargo pienso que no
cabe duda sobre las otras que puedo proveer. La inscripción es la
siguiente:
DEVOMNODENTi
FLAvIVSSENILISPOSSvit PROPTERNVPtias quaSVIDITSVBVMra
"Al gran dios Nodens (el
Gran Dios de las Profundidades o de los Abismos), Flavius Senilis ha
erguido este pilar en consideración del matrimonio que presenció bajo
esta sombra"
El guardia del museo me
informó que los anticuarios locales se encontraban muy intrigados, no por
la inscripción, o por alguna dificultad en traducirla, sino por la
circunstancia o rito al que se alude.
***
... Y ahora, mi querido Clarke,
acerca de lo que me cuentas sobre Helen Vaughan, a quien me dices que
viste morir bajo circunstancias de lo más y del más increíble horror. Me
sentí interesado por tu relato, sin embargo, de lo que me contaste yo ya
sabía, si no todo, una buena parte. Comprendo el extraño parecido que
notaste entre el retrato y el rostro mismo; tú viste a la madre de Helen.
Recuerdas aquella tranquila noche de verano, hace muchos años atrás,
cuando te hablé del mundo más allá de las sombras y del dios Pan.
Recuerdas a Mary. Ella era la madre de Helen Vaughan, quien nació nueve
meses después de aquella noche.
Mary
jamás recobró la razón. Todo el tiempo yació en cama, como tú la viste, y
pocos días después del parto murió. Tengo la idea de que justo al final me
reconoció; me encontraba junto a su cama cuando la antigua mirada asomó en
sus ojos por un segundo, y luego se estremeció y gimió, y estaba muerta.
Hice un funesto trabajo aquella noche en que estuviste presente; forcé la
entrada a la casa de la vida, sin saber o sin importarme lo que sucedería
al entrar allí. Te recuerdo en ese momento diciéndome, solemne y
correctamente también, que, en cierto sentido, había arruinado la razón de
un ser humano a causa de un ridículo experimento basado en una teoría
absurda. Hiciste bien en culparme, sin embargo, mi teoría no era del todo
absurda. Lo que dije que Mary vería, lo vio, pero olvidé que ningún ojo
humano puede presenciar tal visión sin impunidad. Y, como recién mencioné,
olvidé que cuando la casa de la vida es echada abajo de esa manera, puede
entrar aquello para lo cual no poseemos un nombre, y la carne puede
convertirse en un velo de horror que uno no se atrevería a expresar. Jugué
con energías que no comprendía, tu viste el resultado de ello. Helen
Vaughan hizo bien al atarse la cuerda al rededor de su cuello y morir, a
pesar de que la muerte fue horrible. La cara amoratada, la obscena forma
sobre la cama, cambiando y disolviéndose frente a tus ojos, de mujer a
hombre, de hombre a bestia, de bestia a algo peor que las bestias, todos
estos extraños horrores que presenciaste, no me sorprenden en lo absoluto.
Aquello frente a lo que el doctor que mandaron a buscar vio y frente a lo
que se estremeció, yo ya lo había conocido hace tiempo; supe lo que había
hecho desde que la niña nació, y cuando escasamente tenía cinco años la
sorprendí, no una vez ni dos, sino muchas veces, con un compañero de
juegos.....tú puedes adivinar de qué tipo. Para mí era una constante, un
horror encarnado, y luego de unos pocos años sentí que no podía soportarlo
más, por lo que mandé a Helen lejos. Ahora sabes qué asustó al niño en el
bosque. El resto de esta espantosa historia, y todo lo demás que me has
contado que tu amigo descubrió, me las he ingeniado para conocerlo, de
tiempo en tiempo, hasta casi el último capítulo. Y Helen ahora está con
sus compañeros... FIN
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