I. El experimento -Estoy contento de que hayas
venido, Clarke; de hecho, muy contento. No estaba seguro de que pudieras
darte el tiempo.
II. Las Memorias del Señor Clarke Clarke, el caballero elegido por el Dr. Raymond para presenciar el extraño experimento del dios Pan, era una persona en cuyo carácter la cautela y la curiosidad estaban peculiarmente mezcladas. En sus momentos de seriedad pensaba en lo inusual y lo excéntrico con una abierta aversión, sin embargo, en lo profundo de su corazón, exhibía una ingenua curiosidad respecto a los elementos más esotéricos y recónditos de la naturaleza humana. Esta última tendencia había prevalecido cuando aceptó la invitación de Raymond y, aunque su juicio siempre había repudiado las teorías del doctor, considerándolas como las necedades más extravagantes, secretamente abrazaba la creencia en la fantasía, y se hubiera regocijado de ver confirmada aquella creencia. Los horrores que presenció en aquel espantoso laboratorio resultaron, hasta cierto punto, terapéuticos; era conciente de estar involucrado en un asunto no del todo honorable, y por muchos años después, se aferró firmemente a lo trivial, rechazando todas las oportunidades de investigación ocultista. De hecho, sobre un principio homeopático, por algún tiempo asistió a las sesiones de distinguidos médiums, esperando que los torpes trucos de aquellos caballeros le llevaran a enemistarse con cualquier tipo de misticismo, sin embargo, el remedio, aunque cáustico, no era eficaz. Clarke sabía que aún se consumía por lo invisible, y, poco a poco, la antigua pasión comenzó a reafirmarse, al tiempo que el rostro de Mary, estremeciéndose y convulsionado con un desconocido terror, se desvanecía lentamente en su memoria. Ocupado todo el día en labores tanto serias como lucrativas, la tentación de relajarse por la tarde era muy grande, especialmente durante los meses de invierno, cuando el fuego echaba un cálido fulgor sobre su cómodo departamento de soltero, y una botella de algún vino escogido descansaba presto a la mano. Una vez digerida la cena, haría una breve pretensión de leer el periódico de la tarde, sin embargo, el mero catálogo de noticias palidecía pronto ante él, y Clarke se descubría echando vistazos de cálido deseo en dirección de un antiguo escritorio japonés, que se erguía a una agradable distancia del hogar. Como un niño frente a un armario atestado, por unos pocos minutos lo rondaba indeciso, pero el placer siempre prevalecía, y Clarke terminaba por acercar su silla, prender una vela y sentarse frente al escritorio. Sus casilleros y cajones rebosaban con documentos acerca de los más mórbidos temas, y en su espacio cerrado, descansaba un gran volumen manuscrito, en el cual, esmeradamente, había introducido los tesoros de su colección. Clarke sentía un magnífico desdén hacia la literatura publicada; la historia más fantasmagórica dejaba de interesarle si resultaba estar impresa; su único placer se encontraba en la lectura, compilación y reorganización de lo que él llamaba, sus "Memorias para probar la Existencia del Diablo" y, entregado a esta ocupación, la tarde parecía volar y la noche parecía muy corta. Durante una velada en particular, una horrible noche de diciembre oscurecida por la niebla y congelada con escarcha, Clarke apuró su cena y, escasamente, se dignó a observar su acostumbrado ritual de tomar el periódico y dejarlo nuevamente a un lado. Se paseó dos o tres veces por la habitación, abrió el escritorio, se mantuvo estático por un momento, y se sentó. Se reclinó, absorbido por una de esas ensoñaciones de las que era objeto y, al fin, sacó su libro y lo abrió en la última entrada. Allí habían tres o cuatro páginas densamente cubiertas por la redonda y ornada caligrafía de Clarke, y al principio, había escrito lo siguiente, a mano y en una letra algo más grande: "Singular narración relatada por mi Amigo, el Doctor Phillips. Me ha asegurado que todos los hechos relatados aquí son estricta y completamente Verdaderos, pero se niega a entregar, ya sea los Apellidos de las Personas Afectadas, o los Lugares donde estos Extraordinarios Eventos sucedieron. El señor Clake comenzó a leer, por décima vez, la narración, dando un vistazo de vez en cuando a las notas que había hecho a lápiz cuando su amigo lo sugería. Una de sus gracias era enorgullecerse de una cierta habilidad literaria; pensaba bien de su estilo, y se esforzó en arreglar de forma dramática las circunstancias. Leyó la siguiente historia: "Las personas involucradas en esta exposición son: Helen V., quien, si aún está viva, debe ser una mujer de veintitrés, Rachel M., ya fallecida, quien era un año menor que la anterior, y Trevor W., un idiota, de 18 años. Estas personas, durante el período de la historia, habitaban en una villa en los límites de Gales, un lugar de alguna importancia durante la época de ocupación Romana, pero ahora un caserío disperso de no más de quinientas almas. Se empalma sobre terreno elevado, aproximadamente a seis millas del mar, y se encuentra protegida por un extenso y pintoresco bosque. "Hace unos once años atrás, Helen V. llegó a la aldea bajo circunstancias peculiares. Era sabido que, siendo huérfana, fue adoptada en su infancia por un pariente lejano, quien la crió en su hogar hasta que cumplió los doce años. Sin embargo, pensando que sería mejor para la niña tener compañeros de juegos de su misma edad, publicó en varios periódicos locales avisos buscando un buen hogar para una niña de doce en una cómoda hacienda. Este aviso fue contestado por el señor R., un granjero acomodado, de la aldea antes mencionada. Siendo sus referencias satisfactorias, el caballero envió a su hija adoptiva con el señor R. La joven portaba una carta, en la cual se estipulaba que la niña debería tener una habitación para ella sola y afirmaba que sus cuidadores no necesitaban preocuparse por el tema de su educación, pues ella estaba lo suficientemente educada para la posición que ocuparía en la vida. De hecho, el señor R. fue dado a entender que debía permitir a la niña encontrar sus propias actividades y pasar el tiempo como ella deseara. Puntualmente, el Sr. R. la recibió en la estación más cercana, a siete millas de su casa, y al parecer no advirtió nada fuera de lo común acerca de la niña, excepto que se mostraba reservada respecto a su antigua vida y a su padre adoptivo. Sin embargo, ella era diferente a la gente del pueblo; su piel era de un oliva pálido y claro, y sus rasgos eran bien marcados, en cierto modo, tenía un tipo extranjero. Al parecer, se acostumbró fácilmente a la vida de la granja, y se convirtió en la favorita de los niños, quienes algunas veces la acompañaban en sus vagabundeos por el bosque, ya que éste era su pasatiempo favorito. El Señor R. relata que conocía los vagabundeos solitarios de la joven, salía inmediatamente después del desayuno, y no retornaba hasta después del atardecer, y que, sintiéndose intranquilo de que una jovencita se encontrara sola fuera de la casa por tantas horas, se comunicó con su padre adoptivo, quién respondió, en una breve nota, que Helen debía hacer lo que eligiera. En el invierno, cuando los caminos del bosque son intransitables, pasaba la mayor parte del tiempo en su dormitorio, donde dormía sola, de acuerdo a las instrucciones de su pariente. Fue durante una de estas expediciones al bosque cuando sucedió el primero de los singulares incidentes con los cuales la niña está conectada, siendo aproximadamente un año después de su llegada al pueblo. El invierno anterior había sido extraordinariamente severo, la nieve se había acumulado hasta grandes profundidades, y la escarcha se había mantenido por un período sin precedente, y el verano siguiente fue igual de notable por su calor excesivo. Durante uno de los días más calurosos de dicho verano, Helen V. abandonó la casa para dar uno de sus largos paseos por el bosque, llevando con ella, como era usual, algo de pan y carne para almorzar. Fue vista por algunos hombres en los campos dirigiéndose hacia la antigua Calzada Romana, un verde sendero que recorre la parte más alta del bosque. Se sorprendieron al observar que la niña se había quitado el sombrero, a pesar de que el calor del sol era casi tropical. Mientras pasaba, un obrero de nombre Joseph W. trabajaba en el bosque cerca de la Calzada Romana. A las doce de día su hijo Trevor le llevó al hombre su comida de pan y queso. Después de la merienda, el chico, de aproximadamente siete años en aquella época, dejó a su padre en el trabajo para buscar flores en el bosque, y el hombre, que podía escucharlo gritar con deleite ante sus descubrimientos, no se sintió intranquilo. Sin embargo, repentinamente, se horrorizó al escuchar los gritos más espantosos, evidentemente producto de un gran terror, que procedían de la dirección en que su hijo había ido. Rápidamente dejó sus herramientas y corrió para ver qué había sucedido. Siguiendo su pista por el sonido, encontró al pequeño niño corriendo precipitadamente, y se encontraba, era evidente, terriblemente asustado. Al preguntarle, el hombre se enteró que el niño, luego de recoger un ramillete de flores se sintió cansado y se acostó en el pasto quedándose dormido. Fue súbitamente despertado, como relató, por un ruido peculiar, una especie de canto -así lo llamó- y, atisbando a través de las ramas, vio a Helen V. jugando en el pasto con un "extraño hombre desnudo", a quien fue incapaz de describir con más detalle. Dijo haberse sentido terriblemente asustado y que corrió alejándose y llamando a su padre. Joseph W. se dirigió al lugar indicado por su hijo, y encontró a Helen V. sentada en el pasto en el centro de un claro, o de un espacio abierto dejado por los quemadores de carbón. Irritadamente la culpó de haber asustado a su pequeño hijo, pero ella negó completamente la acusación y se rió de la historia del niño sobre un "hombre extraño", historia a la cual él mismo no le atribuía mucho crédito. Joseph W. llegó a la conclusión de que el niño había despertado con un súbito temor, como a veces les sucede a los niños, mas Trevor persistía en su historia, y continúo en aquel evidente estrés hasta que finalmente su padre lo llevó a casa, esperando que su madre fuese capaz de consolarlo. Sin embargo, por varias semanas el niño les dio a sus padres muchas preocupaciones: sus maneras se tornaron nerviosas y extrañas, negándose a abandonar la cabaña solo, y alarmando constantemente a la familia al despertar gritando: ¡El hombre del bosque! ¡Padre! ¡Padre!" Con el transcurso del tiempo, sin embargo, la impresión pareció desgastarse y, cerca de tres meses después, acompañó a su padre a la casa de un caballero del vecindario para el cual Joseph W. ocasionalmente trabajaba. El hombre fue conducido al estudio y el pequeño niño fue dejado sentado en la recepción. Pero pocos minutos después, mientras el caballero daba sus instrucciones a W., los dos fueron espantados por un grito desgarrador y el sonido de una caída. Precipitándose fuera descubrieron al chico sin sentido sobre el suelo, su cara desfigurada por el terror. Inmediatamente llamaron al doctor, quien luego de examinarlo declaró que el niño había sufrido una especie de ataque, producto de un shock inesperado. El niño fue llevado a uno de los dormitorios, y luego de un tiempo recuperó la conciencia, pero solo para pasar a un estado, descrito por el médico, como histeria violenta. El doctor le suministró un sedante fuerte, y en el curso de dos horas, le declaro capaz de caminar a casa. Pero al pasar por la recepción, los paroxismos de terror retornaron, con más violencia. El padre notó que el niño apuntaba hacia algún objeto y oyó el antiguo grito, "¡El hombre del bosque!", y mirando hacia la dirección señalada vio una cabeza de piedra de apariencia grotesca, que había sido edificada en la pared sobre una de las puertas. Al parecer, recientemente el dueño de la casa había hecho algunas alteraciones en sus establecimientos, y mientras cavaba en las fundaciones de algunas dependencias el hombre encontró una curiosa cabeza, evidentemente del período Romano, la que había sido dispuesta en la manera descrita. Los arqueólogos más experimentados del distrito habían declarado que la cabeza era la de un fauno o de un sátiro. (El doctor Phillips me cuenta que él ha visto la cabeza en cuestión, y me asegura que nunca ha percibido una manifestación tan vívida de intensa maldad). Pero cualquiera haya sido la causa, este segundo golpe pareció demasiado severo para el joven Trevor, y actualmente sufre de una debilidad del intelecto, que ofrece escasa esperanza de recuperación. El asunto, en aquel tiempo, causó una gran de sensación, y Helen fue detenidamente interrogada por el señor R., pero sin resultados, pues ella negaba resueltamente que había asustado o molestado a Trevor de alguna forma. El segundo suceso con el que el nombre de la niña está conectado tuvo lugar hace aproximadamente seis años, y es de un carácter aún más extraordinario. A comienzos del verano de 1882, Helen trabó una amistad, de características peculiarmente íntimas, con Rachel M., la hija de un próspero granjero de la vecindad. Esta joven, un año menor que Helen, era considerada por la mayoría como la más linda de las dos, a pesar de que los rasgos de Helen se habían suavizado en gran medida mientras crecía. Las dos niñas, que estaban juntas cada vez que fuera posible, exhibían un singular contraste, la una con su clara y olivácea piel, casi de apariencia italiana, y la otra con el proverbial rojo y blanco de nuestros distritos rurales. Debe mencionarse, que los pagos que señor R. hacía para la manutención de Helen, eran conocidos en la villa por su excesiva generosidad, y era de impresión general que algún día ella heredaría de su pariente una gran suma de dinero. De esta forma, los padres de Rachel no se oponían a la amistad de su hija con la joven, e incluso fomentaban la intimidad, aunque ahora se arrepienten amargamente de haberlo hecho. Helen aún conservaba su extraordinaria inclinación por el bosque y, en varias ocasiones Rachel la acompañaba. Ambas amigas salían temprano por la mañana y se quedaban en el bosque hasta el crepúsculo. Una o dos veces después de aquellas excursiones la señora M. notó algo peculiar en el comportamiento de su hija; se la veía ida y lánguida, como ha sido expresado, "diferente a sí misma", sin embargo, estas peculiaridades le parecieron demasiado insignificantes como para ser comentadas. Mas una tarde, luego del retorno de Rachel al hogar, su madre oyó un ruido que sonaba como un llanto reprimido en la habitación de la joven, y al entrar la encontró tirada sobre su cama, medio desnuda, evidentemente presa de una gran angustia. Tan pronto como vio a su madre exclamó: "Ah, madre, madre, ¿por qué me permitiste ir al bosque con Helen?". La señora M. se sorprendió frente a tan extraña pregunta, y procedió a indagar. Rachel le relató una extravagante historia. Contó que..." Clarke cerró el libro con un estruendo y volvió su silla hacia el fuego. La tarde en que su amigo se encontraba sentado en esa misma silla, narrando su historia, Clarke lo había interrumpido en un punto algo posterior a este, cortando sus palabras en un paroxismo de horror. "¡Dios mío! -exclamó- Piensa, piensa en lo que estás diciendo. Es demasiado increíble, demasiado monstruoso; cosas como esas no pueden suceder en este modesto mundo, donde los hombres y mujeres viven y mueren, y luchan, y conquistan, o quizá caen bajo el dolor y el arrepentimiento, y sufren de extrañas suertes por varios años; pero no esto, Phillips, no cosas como estas. Debe haber alguna explicación, alguna salida de este terror. Porque, hombre, si tal situación fuera posible, nuestra tierra sería una pesadilla." Sin embargo, Phillips había contado su historia hasta el final, concluyendo: "Su huída permanece hasta hoy como un misterio; se desvaneció a plena luz del sol; la vieron caminado por una pradera y, pocos minutos después, ya no estaba allí". Clarke trató de imaginarse el asunto una vez más, sentado junto al fuego, y su mente nuevamente se estremeció y retrocedió, consternada ante la visión de tales horribles e innombrables elementos, entronados como estaban, triunfantes en la carne humana. Ante él se extendía la oscura visión de la verde calzada en el bosque, como su amigo la había descrito; vio las hojas oscilantes y las temblorosas sombras sobre el pasto, vio la luz del sol y las flores, y, en la distancia, ambas figuras se acercaban hacia él. Una era Rachel, ¿y la otra? Clarke ha tratado de no creer en ello, sin embargo, al final del relato, como está escrito en su libro, puso la siguiente inscripción: ET DIABOLUS INCARNATE EST. ET HOMO FACTUS EST.
III. Ciudad de Resurrecciones -¡Dios mío, Herbert! ¿Es esto posible? -Sí, mi nombre es Herbert. Creo que conozco su cara también, pero no recuerdo su nombre. Mi memoria está estropeada. -¿No recuerdas a Villiers de Wadham? -Así es, así es. Ruego me disculpes Villiers, nunca pensé que le estaba mendigando a un antiguo amigo de universidad. Buenas noches. -Mi querido amigo, esta prisa es innecesaria. Mis habitaciones están cerca de aquí, pero no iremos allí inmediatamente. ¿Qué te parece si caminamos un poco por Shaftesbury Avenue? Pero Herbert, ¿cómo en nombre del cielo llegaste a esta situación? -Es una larga historia, Villiers, y extraña también, pero puedes escucharla si así lo deseas. -Vamos, entonces. Toma mi brazo, no luces muy fuerte. La dispar pareja se movió lentamente por la calle Rupert; el uno en sucios y funestos andrajos, y el otro, ataviado en el uniforme reglamentario de un hombre de ciudad, ordenado, lustroso y distinguidamente acomodado. Villiers había salido de su restaurante luego de una excelente cena de muchos platos, asistido por un congraciador frasco de Chianti. Mas, en aquel marco mental que casi era crónico en él, se había demorado junto a la puerta, atisbando alrededor en la mortecina luz de la calle, en busca de aquellos misteriosos incidentes y personas que abundan en las calles de Londres a cada hora. Villiers se enorgullecía de sí mismo por ser un hábil explorador de aquellos oscuros laberintos y desvíos de la vida londinense, y en esta improductiva ocupación desplegaba una asiduidad que era digna de actividades más serias. De esta forma, se encontraba junto al poste de luz examinado a los transeúntes con una abierta curiosidad y con la seriedad sólo conocida por el comensal sistemático, cuando, habiendo recién enunciado en su mente la siguiente fórmula: "Londres ha sido llamada la ciudad de los encuentros; pero es más que eso, es la ciudad de las Resurrecciones", sus reflexiones fueron súbitamente interrumpidas por un lastimero gemido junto a él, y un lamentable pedido de limosna. Miró a su alrededor con enojo, y con un súbito impacto se vio confrontado con la prueba encarnada de sus pomposas fantasías. Allí, a su lado, la cara alterada y desfigurada por la pobreza y desgracia, el cuerpo escasamente cubierto por unos grasientos y mal traídos andrajos, se encontraba su antiguo amigo Charles Herbert, quién se había matriculado el mismo día que él, con el cual había sido feliz y sagaz por doce revueltos períodos académicos. Ocupaciones diferentes y diversos intereses habían interrumpido la amistad, y hacía seis años que Villiers no veía a Herbert; y ahora lo encontraba, a esa ruina de hombre, con dolor y desaliento, mezclado con una cierta curiosidad respecto a qué espantosa cadena de circunstancias lo habrían arrastrado a tan triste situación. Villiers sintió junto con la compasión, todo el deleite del aficionado a los misterios, y se felicitó por sus pausadas especulaciones fuera del restaurante. Caminaron en silencio por algún tiempo, y más de algún transeúnte miró sorprendido aquel insólito espectáculo de un hombre bien vestido con un indiscutible mendigo aferrado a su brazo. Villiers, dándose cuenta de esto, dirigió los pasos hacia una oscura calle en el Soho. Aquí repitió su pregunta: -¿Cómo diablos sucedió, Herbert? Siempre creí que asumirías una gran posición en Dorsetshire. ¿Acaso tu padre te desheredó? ¿Seguramente no? -No, Villiers; obtuve toda la propiedad cuando mi pobre padre murió, falleció un año después que dejé Oxford. Fue un buen padre para mí, y lamenté su muerte sinceramente. Pero tú sabes cómo son los jóvenes; pocos meses después me vine a la ciudad y entré en sociedad. Tuve, por supuesto, presentaciones excelentes, y logré divertirme mucho de una forma sana. Jugaba un poco ciertamente, pero nunca a grandes riesgos, y las pocas apuestas que hice en las carreras me dieron dinero -sólo unos cuantos peniques, tú sabes-, pero suficiente para pagar los puros y aquellos placeres insignificantes. Fue durante mi segunda temporada que la marea cambió. ¿Por supuesto supiste que me casé? -No, nunca escuché nada sobre eso. -Si, me casé Villiers. Conocí a una joven, una muchacha de la más maravillosa y extraña belleza en la casa de ciertas personas que conocía. No podría decirte su edad; nunca la supe. Hasta donde puedo imaginarme, debo pensar que tendría cerca de diecinueve cuando trabamos conocimiento. Mis amigos la habían conocido en Florencia; les había contado que era huérfana, hija de padre Inglés y madre Italiana, y los cautivó tal como me cautivó a mí. La primera vez que la vi fue durante una velada nocturna. Yo estaba junto a la puerta, conversando con un amigo cuando de repente, sobre el murmullo y barullo de la conversación, escuché una voz que pareció estremecer mi corazón. Estaba cantando una canción italiana. Me la presentaron esa tarde, y a los tres meses me casé con Helen. Villiers, esa mujer, si es que puedo llamarla mujer, pervirtió mi alma. En la noche de bodas me encontré sentado en su habitación de hotel, escuchándola. Ella estaba sentada sobre la cama, mientras yo la escuchaba hablar con su hermosa voz. Habló de cosas que aún ahora no me atrevería a susurrar en la noche más oscura, aunque estuviera en medio del desierto. Villiers, puedes creer que conoces la vida, y Londres, y lo que sucede día y noche en esta horrorosa ciudad; podrás haber escuchado las palabras de los más viles, pero te digo, que no puedes concebir lo que yo sé, ni siquiera en tus sueños más fantásticos y repugnantes podrías imaginar una pálida sombra de lo que yo he oído... y visto. Sí, visto. He visto lo increíble, horrores tales que incluso yo mismo algunas veces me detengo en medio de la calle, y me pregunto si es posible que un hombre sea testigo de tales cosas y sobreviva. En un año, Villiers, era un hombre arruinado, en cuerpo y alma... en cuerpo y alma. -Pero, Herbert, ¿tu propiedad? Tenías tierras en Dorset. -La vendí; los campos y los bosques, la querida y antigua casa... todo. - ¿Y el dinero? -Se lo llevó todo. -¿Y luego te dejó? -Si; desapareció una noche. No sé adónde fue, pero estoy seguro de que si la viera otra vez eso me mataría. El resto de mi historia no interesa; sórdida miseria, eso es todo. Quizá pienses que he exagerado y he hablado para causar efecto, Villiers; pero no te he contado ni la mitad. Podría contarte ciertas cosas que te convencerían, pero nunca más tendrías un día feliz. Pasarías el resto de tu vida como yo, un hombre maldito, un hombre que ha visto el infierno. Villiers llevó al desafortunado a sus habitaciones, y le dio alimento. Herbert logró comer un poco, y escasamente tocó el vaso de vino dispuesto ante él. Se sentó taciturno junto al fuego, y pareció aliviado cuando Villiers lo despidió con un pequeño presente en dinero. -A propósito, Herbert -dijo
Villiers, mientras se separaban en la puerta-, ¿cuál era el nombre de tu
esposa? Creo que dijiste Helen. ¿Helen cuánto? El hombre salió a la amarga noche, y Villiers regresó junto al fuego. Había algo acerca de Herbert que lo impactó inesperadamente; no sus pobres andrajos ni las marcas que la pobreza había impreso en su rostro, sino más bien un terror indefinido que colgaba de él como una niebla. Había reconocido que él mismo no estaba desprovisto de culpa; la mujer, había declarado, lo había pervertido en cuerpo y alma, y Villiers sintió que este hombre, alguna vez su amigo, había actuado en escenas de una maldad que está más allá del poder de las palabras. Su historia no necesitaba de confirmación, él mismo era la prueba encarnada de ella. Villiers meditó con curiosidad acerca de la historia que había oído, y se preguntó si había oído tanto el principio como el final de ella. No -pensó-, ciertamente no el final, probablemente sólo el comienzo. Un caso como este es como un nido de cajas Chinas; abres una tras otra y descubres un exótico artificio en cada caja. Seguramente el pobre Herbert no es más que una de las cajas exteriores; hay algunas más extrañas que le siguen. Villiers no pudo desligar su mente de Herbert y su historia, la que pareció más desenfrenada a medida que pasaba la noche. El fuego parecía arder débilmente, y el frío aire de la mañana se filtraba dentro de la habitación; Villiers se levantó dando una mirada sobre su hombro y, estremeciéndose ligeramente, se fue a la cama. Unos días después encontró a uno de sus conocidos en su club, se llamaba Austin y era famoso por su íntimo conocimiento de la vida londinense, tanto en sus fases tenebrosas como luminosas. Villiers, aún repleto de su encuentro en el Soho y sus consecuencias, pensó que quizá Austin podría echarle algo de luz a la historia de Herbert, y así, luego de un poco de charla informal, lanzó la pregunta: -¿Por casualidad sabes algo de un hombre llamado Herbert -Charles Herbert? Austin se volteó seriamente y miró a Villiers con asombro. -¿Charles Herbert? ¿No estabas
en la ciudad hace tres años? No; ¿entonces no oíste acerca del caso de
Paul Street? Causó gran sensación en aquel tiempo. -Bueno -contestó Villiers-,
era un antiguo amigo de universidad. Villiers se alejó, pensando en su propia idea ingeniosa de las cajas Chinas; aquí había un artificio exótico, de hecho.
IV. El Descubrimiento en Paul Street Pocos meses después del encuentro entre Villiers y Herbert, el señor Clarke se encontraba, como era usual, sentado junto al hogar después de la cena, cuidando resueltamente que sus fantasías no erraran en dirección a su escritorio. Por más de una semana había logrado mantenerse lejos de sus "Memorias", abrigando esperanzas de una completa auto-reformación; sin embargo, a pesar de sus esfuerzos, no podía acallar el interés y la extraña curiosidad que el caso que había escrito, excitaba en él. Le había expuesto el caso, o más bien un resumen de él , en forma de supuesto, a un amigo científico, quien meneó su cabeza pensando que Clarke se estaba volviendo excéntrico, y durante esta noche en especial, Clarke se esforzaba en racionalizar la historia, cuando un repentino golpe a la puerta lo sacó de sus meditaciones -El señor Villiers le busca, señor. -¡Dios mío!. Villiers, es muy amable de tu parte venir a visitarme, no te había visto en muchos meses, debo pensar que cerca de un año. Entra, entra. ¿Cómo estás, Villiers? ¿Necesitas algún consejo sobre inversiones? -No, gracias, creo que todo lo que tengo en ese sentido está completamente a salvo. No, Clarke, vine más bien a consultarte sobre una materia realmente curiosa de la cual me enteré no hace mucho. Me temo que puedas encontrarla del todo absurda cuando te la cuente. A veces yo mismo lo hago, y por esa razón decidí recurrir a ti, pues sé que eres un hombre pragmático. El seños Villiers ignoraba las "Memorias para probar la existencia del Diablo". -Bueno, Villiers, estaré feliz de darte mi consejo, si mi habilidad lo permite. ¿Cuál es la naturaleza del caso? -Es un asunto del todo extraordinario. Tú me conoces, siempre mantengo los ojos abiertos en las calles, y durante mi vida me he encontrado con tipos realmente extraños, y casos extraños también, pero creo que éste, los sobrepasa a todos. Hace cerca de tres meses venía saliendo de un restaurante una desagradable noche de invierno; había consumido una cena importante y una buena botella de Chianti, y me detuve un momento en la acera, pensando acerca del misterio que hay alrededor de las calles de Londres y de los visitantes que las recorren. Una botella de vino rojo da alas a estas fantasías, Clarke, y me atrevo a decir que debo haber pasado a través de una página pero fui interrumpido por un mendigo que había aparecido trás de mí, y hacía las peticiones usuales. Pos supuesto mire a mi alrededor y este mendigo resultó ser lo que quedaba de un viejo amigo mío, un hombre llamado Herbert. Le pregunté cómo había llegado a tan miserable pasar, y me lo dijo. Caminamos por una de aquellas largas y oscuras calles del Soho, y allí escuché su historia. Dijo que se había casado con una mujer hermosa, algunos años más joven que él y, según dijo, lo había pervertido en cuerpo y alma. No entró en detalles; dijo que no se atrevía, que lo que había visto y oído lo acechaba día y noche, y al mirar en su rostro supe que decía la verdad. Había algo respecto al hombre que me hacía estremecer. No sé por qué, pero estaba allí. Le di algo de dinero y lo despedí, y te aseguro que cuando se fue jadeé al respirar. Su presencia parecía congelar la sangre. - Yo creo que el pobre tipo contrajo un matrimonio imprudente, y, en ingles llano, se fue por las malas. -Bueno, escucha esto -Villiers le contó a Clarke la historia que había oído de Austin-. Ya ves -finalizó- casi no hay duda de que este señor Blank, quienquiera que haya sido, muriera de un verdadero terror; presenció algo tan espantoso, tan terrible, que le arrebató la vida. Y lo que vio, seguramente lo vio en aquella casa, la cual, de una u otra forma, tiene una mala reputación en el vecindario. Tuve curiosidad de ir y ver el lugar por mí mismo. Es una calle del tipo deprimente; las casa son suficientemente antiguas para ser despreciables y terribles, pero no lo suficientemente viejas para ser extravagantes. Hasta donde pude observar, la mayoría de ellas eran hospedajes, amobladas y no amobladas, y casi cada casa tenía tres campanillas en su puerta. Aquí y allá, los primeros pisos habían sido transformados en negocios de la clase más corriente; es una calle lúgubre, en todos los sentidos. Encontré que el número 20 estaba en alquiler, y fui donde el agente y obtuve la llave. Por supuesto que no hubiera escuchado nada de los Herberts en ese cuarto, pero le pregunté al hombre, directamente, hace cuánto habían dejado la casa y si habían habido otros inquilinos mientras tanto. Me miro extrañamente por un minuto, y me dijo que los Herberts la habían abandonado inmediatamente después de lo enojoso, como lo llamaba, y desde entonces la casa ha permanecido vacía. Villiers se detuvo por un momento. -Siempre me he sentido atraído por entrar a las casa vacías, hay una suerte de fascinación en los desolados cuartos vacíos, con los clavos en las paredes, y el polvo acumulado sobre los alfeizares de las ventanas. Pero no gocé entrando al número 20 de Paul Street. Difícilmente había puesto un pie dentro del pasaje, cuando noté un extraño y pesado sentimiento en el aire de la casa. Por supuesto que todas las casas vacías son sofocantes, y otras cosas, pero esto era algo totalmente diferente; no te lo puedo describir, pero parecía cortar la respiración. Fui a la habitación delantera y a la trasera, y a las cocinas escaleras abajo; todas estaban suficientemente sucias y polvorientas, como esperarías, mas había algo extraño en todas ellas. No podría definirlo, sólo se que me sentí raro. Sin embargo, una de las habitaciones del primer piso era la peor. Era una habitación más bien grande, y alguna vez el papel mural debió haber sido alegre, pero cuando yo la vi, la pintura, el papel, y todo eran de lo más lúgubre. Y la habitación estaba llena de horror; sentí rechinar mis dientes al poner la mano sobre la puerta, y cuando entré, pensé que iba a desmayarme. Sin embargo, me dominé y me situé junto a la pared del fondo, preguntándome qué diablos podría haber en esa habitación que hacía temblar mis extremidades y hacía latir mi corazón como si estuviera en la hora de la muerte. En una esquina había un montón de periódicos esparcidos por el suelo; comencé a mirarlos. Eran periódicos de hace tres o cuatro años, algunos de ellos medio rasgados y algunos arrugados, como si hubieran sido usados para embalar. Di vuelta toda la pila, y entre ellos encontré un curioso dibujo -te lo mostraré inmediatamente. Pero no pude quedarme en la habitación, sentía que me aplastaba. Agradecí haber salido de allí al aire abierto, sano y salvo. La gente me miraba mientras caminaba por la calle, y un hombre dijo que estaba borracho. Me tambaleaba de un lado a otro de la acera, y lo más que pude hacer fue llegar donde el agente con la llave e irme a casa. Estuve en cama por una semana, sufriendo de lo que mi doctor diagnosticó como impacto nervioso y agotamiento. Uno de esos días estaba leyendo el periódico y me topé por casualidad con el siguiente titular: "Murió de hambre". Era lo usual, un hospedaje típico en Marleybone, una puerta cerrada durante varios días, y un hombre muerto en su silla cuando forzaron la puerta."El fallecido -decía el párrafo- era conocido como Charles Herbert, y se cree que alguna vez fue un próspero hacendado. Su nombre fue familiar para el público tres años atrás en conexión con la misteriosa muerte en Paul Street, Tottenham Court Road, siendo el difunto el inquilino de la casa número 20, en cuyo terreno fue encontrado muerto un caballero de buena posición, bajo circunstancias no desprovistas de sospechas". Un trágico final, ¿verdad?. Pero después de todo, si lo que me contó era verdad, y estoy seguro que lo era, la vida de aquel hombre era una completa tragedia, y una tragedia de la suerte más extraña que la que pusieron en las tablillas. -Y esa es la historia, ¿no es cierto? -Sí, esa es la historia. -Bueno, Villiers, realmente no sé que decir al respecto. No hay duda que existen circunstancias en el caso que parecen peculiares, el descubrimiento de un muerto en el terreno de la casa de Herbert, por ejemplo, y la extraordinaria opinión del médico respecto a la causa de la muerte; sin embargo, después de todo, es posible que todos esos hechos puedan ser explicados de una forma directa. En relación a tus propias sensaciones cuando visitaste la casa, sugiero que pudieron deberse a una imaginación vívida; debes haber estado meditando, en un estado semiconsciente, sobre lo que habías escuchado. No veo exactamente qué más podría decirse o hacerse al respecto; evidentemente crees que hay un misterio de algún tipo, pero Herbert está muerto; ¿dónde propones buscar?. -Propongo buscar a la mujer; la mujer con la que se casó. Ella es un misterio. Los dos hombres estaban en silencio junto al fuego; Clarke se felicitaba por haber mantenido el personaje de abogado del lugar común, y Villiers se envolvía en sus oscuras fantasías. -Creo que fumaré un cigarrillo -dijo finalmente, y pasó su mano por el bolsillo palpando la cajetilla de cigarros. -¡Ah! -dijo, sobresaltándose ligeramente-. Había olvidado que tenía algo que mostrarte. ¿Recuerdas que te dije que había encontrado un curioso bosquejo entre el montón de periódicos viejos en la casa de Paul Street?. Aquí está. Villiers sacó un pequeño paquete de su bolsillo. Estaba cubierto con un papel marrón, y asegurado con un cordel, y los nudos ofrecían problemas. A pesar de sí mismo, Clarke sintió curiosidad; se inclinó en su silla mientras Villiers deshacía con esfuerzo el cordel, y desenvolvía la cubierta exterior. Dentro había una segunda envoltura de papel que Villiers sacó, y sin una palabra, le alcanzó el pequeño pedazo de papel a Clarke. Hubo un silencio mortal en la habitación durante cinco minutos. Los dos hombres estaban tan quietos que podían oír el sonido del anticuado reloj que se encontraba afuera en el hall, y en la mente de uno de ellos, la lenta monotonía del sonido despertó una memoria lejana. Miraba intensamente el boceto a tinta y lápiz de la cabeza de la mujer; era evidente que había sido dibujado con gran cuidado y por un verdadero artista, ya que el alma de la mujer asomaba por sus ojos, y los labios se abrían en una extraña sonrisa. Clarke observaba inmóvil el rostro; le trajo a la memoria una tarde de verano, hace mucho tiempo; nuevamente presenció el largo y hermoso valle, el río serpenteando entre las colinas, las praderas y los maizales, el pálido sol rojizo, y la blanca y fría bruma elevándose del agua. Escuchó una voz hablándole a través de las oleadas de años, diciendo: "Clarke, ¡Mary verá al Dios Pan!" , y luego se encontraba en la siniestra habitación junto al doctor, escuchando el pesado tic tac del reloj, esperando y observando, observando la figura que se encontraba tendida en la silla verde bajo la lámpara. Mary se levantó, él miró en sus ojos y su corazón se enfrío en su interior. -¿Quién es esta mujer? -dijo finalmente. Su voz era seca y rasposa. -Es la mujer con la que Herbert se casó. Clarke miró nuevamente el boceto; no era Mary después de todo. Indudablemente era el rostro de Mary, pero había algo más, algo que no había visto en los rasgos de Mary cuando entró al laboratorio vestida de blanco con el doctor, tampoco en su horrible despertar, ni cuando yacía gesticulando en la cama. Fuera lo que fuera, la mirada que venía de aquellos ojos, la sonrisa en los labios llenos, o la expresión del rostro entero, hizo estremecer a Clarke en lo más recóndito de su alma, y reflexionó de manera inconsciente sobre las palabras del doctor Phillips: "el presentimiento de maldad más vívido que he visto". Mecánicamente volteó el papel en su mano y miró la parte de atrás. -¡Dios mío, Clarke! ¿Que sucede? Estás pálido como la muerte. Villiers saltó violentamente de su silla, mientras Clarke se reclinaba con un quejido, dejando caer el papel de sus manos. -No me siento muy bien, Villiers, soy objeto de estos ataques. Sírveme un poco de vino; gracias, esto servirá. Me sentí mejor en unos minutos. Villiers recogió el caído boceto y lo volteó como Clarke había hecho. -¿Viste eso? -dijo-. Así fue como la identifiqué como el retrato de la esposa de Herbert, o debo decir su viuda. ¿Cómo te sientes ahora? -Mejor, gracias, fue sólo un mareo pasajero. No creo que te entienda claramente. ¿Qué dijiste que te permitió identificar la imagen? -Esta palabra -Helen- estaba escrita atrás. ¿No te dije que su nombre era Helen? Sí, Helen Vaughan. Clarke lanzó un gemido; no había ninguna sombra de duda. -Ahora - dijo Villiers-, ¿no estas de acuerdo que en la historia que te he contado esta noche, y el papel que esta mujer juega en ella, hay algunos puntos muy extraños? - Sí, Villiers -musitó Clarke-, realmente es una historia extraña; una extraña historia, realmente. Debes darme tiempo para reflexionar sobre ella, y quizá pueda ayudarte y quizá no. ¿Te retiras ahora? Bueno, buenas noches Villiers, buenas noches. Ven a visitarme en el transcurso de una semana. V. La carta de advertencia -¿Sabes Austin -dijo Villiers, mientras ambos amigos paseaban serenamente a lo largo de Picadilly una agradable mañana de mayo- sabes que estoy convencido que lo que me contaste acerca de Paul Street y de los Herberts es un mero episodio de una historia extraordinaria? Además, debo confesarte que cuando te pregunté por Herbert hace unos meses atrás, recién me lo había encontrado. -¿Lo habías visto? ¿Dónde? -Me pidió limosna una noche en la calle. Se encontraba en la condición más lamentable, pero reconocí al hombre y lo tuve contándome su historia, o por lo menos un esbozo de ella. En resumen, llegó a lo siguiente: había sido arruinado por su mujer. -¿De qué forma? -No me lo dijo; sólo dijo que ella lo había destruido, en cuerpo y alma. El hombre está muerto ahora. -¿Y que fue de su mujer? -Ah, eso es lo que me gustaría saber, y pretendo encontrarla tarde o temprano. Conozco a un hombre llamado Clarke, un tipo seco, de hecho, un hombre de negocios, pero suficientemente despierto. Tú comprendes a lo que me refiero, no despierto en el mero sentido comercial de la palabra, sino que un hombre que realmente sabe algo acerca del hombre y la vida. Bueno, le expuse el caso y realmente se impresionó. Dijo que necesitaba ser considerado y me pidió que volviera en el transcurso de una semana. Pocos días después, recibí esta extraordinaria carta. Austin tomó el sobre, extrajo la carta y leyó con curiosidad. Decía lo siguiente: "MI QUERIDO VILLIERS, he pensado en el caso sobre el cual me consultaste la otra noche, y mi consejo es el siguiente. Arroja el retrato al fuego, borra la historia de tu mente. Nunca le dediques otro pensamiento, Villiers, o te arrepentirás. Pensarás, sin duda, que poseo alguna información secreta, y hasta cierto punto ese es el caso. Pero sólo conozco un poco; sólo soy como un viajero que ha atisbado sobre el abismo y se ha retirado con horror. Lo que sé, es suficientemente extraño y terrible, sin embargo, más allá de mi conocimiento hay profundidades y horrores aún más espantosos, más increíbles que cualquier cuento narrado una noche de invierno junto al fuego. He resuelto no explorar ni un ápice más allá, y nada conmoverá tal resolución, y si valoras tu felicidad tomarás la misma determinación. Ven a verme de todos modos; pero hablaremos de temas más alegres que éste. Austin dobló metódicamente la carta, y se la devolvió a Villiers. -Ciertamente es una carta particular -dijo- ¿a qué se refiere el hombre con el retrato? -¡Oh! Había olvidado mencionar que estuve en Paul Street e hice un descubrimiento. Villiers relató su historia como lo había hecho con Clarke, mientras Austin escuchaba en silencio. Parecía intrigado. -¡Qué curioso que experimentaras una sensación tan desagradable en aquella habitación! -dijo finalmente-. Difícilmente creo que haya sido una mera cuestión de la imaginación; en resumen, un sentimiento de repulsión. -No. Era más físico que mental. Era como si en cada inhalación, respirara alguna emanación mortífera, que parecía penetrar en cada nervio, hueso y tendón de mi cuerpo. Me sentí tironeado de pies a cabeza, mis ojos comenzaron a oscurecerse, fue como la entrada a la muerte. -Sí, sí, realmente muy extraño. Como ves, tu amigo confesó que hay una historia muy oscura conectada con esta mujer. ¿Percibiste alguna emoción particular en él cuando le relatabas tu experiencia? -Sí. Se puso muy débil, pero me aseguró que no era más que un ataque pasajero de los cuales era objeto. -¿Le creíste? -En el momento lo hice, pero ahora no. Escuchó lo que yo tenía que decir con bastante indiferencia, hasta que le mostré el retrato. Entonces fue cuando el ataque del que hablo le sobrevino. Te aseguro que lucía cadavérico. -Entonces debe haber visto a la mujer alguna vez. Sin embargo, puede haber otra explicación; puede haber sido el nombre y no el rostro, el que le era familiar. ¿Qué crees tú? -No podría decírtelo. Hasta donde creo, fue luego de voltear el retrato en su mano que casi se cae de la silla. El nombre, como sabes, estaba escrito en la parte de atrás. -¡Correcto! Después de todo, es imposible llegar a una conclusión en un caso como este. Odio el melodrama, y nada me choca más que la trivialidad y el tedio de las historias comerciales de fantasmas; pero Villiers, realmente parece que hay algo muy extraño en el fondo de todo esto. Sin darse cuenta, los dos hombres habían doblado por Ashley Street, dirigiéndose al norte de Picadilly. Era una calle larga, y más bien sombría, mas aquí y allá, un gusto más brillante había iluminado las oscuras casas con flores, y cortinas alegres, y una agradable pintura en las puertas. Villiers observaba al tiempo que Austin terminaba de hablar, y miró una de aquellas casas; de cada alféizar colgaban geranios, rojos y blancos y cada ventana estaba cubierta con cortinas de color narciso. -Se ve alegre, ¿no te parece? -dijo. -Sí, y el interior es aún más alegre. Una de las casas más agradables de la temporada, así he oído. Yo mismo no he estado allí, pero he conocido a varios hombres que sí lo han hecho, y me cuentan que es notablemente jovial. - ¿De quién es la casa? -De una tal señorita Beaumont. -¿Y quién es ella? -No sabría decirte. He escuchado que viene de Sudamérica, pero después de todo, quién es ella es de poca importancia. Es una mujer muy rica, no cabe duda de ello, y algunas de las personas más distinguidas se han asociado con ella. He escuchado que posee un clarete espléndido, un vino verdaderamente maravilloso, que debe haberle costado una suma fabulosa. Lord Argentine me estaba contando al respecto; estuvo allí la tarde del domingo pasado. Me ha asegurado que nunca había probado un vino como ese y, como sabes, Argentine es un experto. A propósito, eso me recuerda, debe ser una mujer del tipo singular, esta señora Beaumont. Argentine le preguntó acerca de la antigüedad del vino y, ¿qué crees que le respondió?. "Al rededor de unos mil años, creo". Lord Argentine pensó que lo estaba engañando, tú sabes, pero cuando se río ella le dijo que hablaba totalmente en serio y le ofreció mostrarle la jarra. Por supuesto que luego de eso no pudo decir nada más; pero me parece algo anticuado para una bebida, ¿no te parece? Bueno, ya llegamos a mis habitaciones. ¿Quieres pasar? -Gracias, creo que lo haré. No he visto la tienda de curiosidades hace un buen tiempo. Era una habitación ricamente amoblada, aunque extravagantemente, donde cada jarrón, armario y mesa, y cada alfombra, jarra y ornamento parecían ser una cosa aparte, preservando cada una su propia individualidad. -¿Algo fresco últimamente? -dijo Villiers luego de un rato. -No; creo que no. ¿Ya viste esos cántaros extraños, no es cierto? Me lo imaginaba. No creo haberme topado con nada durante las últimas semanas. Austin examinó la pieza de aparador en aparador, de estante a estante, en busca de alguna nueva rareza. Finalmente, sus ojos se posaron sobre un extraño cofre, agradable y exquisitamente tallado, que se encontraba en una oscura esquina del cuarto. -Ah -dijo- lo estaba olvidando, tengo algo que mostrarte. Austin abrió el cofre, extrajo un grueso volumen empastado, lo dejó sobre la mesa, y retomó el cigarro que había dejado a un lado. -Villiers, ¿conociste a Arthur Meyrick, el pintor? -Algo. Lo vi una o dos veces en la casa de un amigo mío. ¿Qué ha sido de él? No he escuchado la mención de su nombre por algún tiempo. -Murió. -¡Díos mío! Tan joven, ¿verdad? -Si, tenía sólo treinta cuando murió. -¿De qué falleció? -No lo sé. Era un íntimo amigo mío, y un tipo realmente bueno. Acostumbraba a venir y hablar conmigo durante horas, era uno de los mejores conversadores que he conocido. Incluso podía hablar de la pintura, y eso es más de lo que se puede decir de la mayoría de los pintores. Hace aproximadamente dieciocho meses comenzó a sentirse estresado, y en parte siguiendo mi consejo, se embarcó en una especie de expedición errante, sin un final ni un objetivo muy definidos. Me parece que Nueva York sería uno de sus primeros puertos, pero nunca supe de él. Hace tres meses recibí este libro, acompañado de una cortés nota de un doctor inglés trabajando en Buenos Aires, afirmando que había atendido al fallecido señor Meyrick durante su enfermedad, y que el difunto había expresado el intenso deseo de que el paquete sellado debía serme enviado luego de su muerte. Eso era todo. -¿Y no escribiste para pedir nuevos pormenores? -He pensado en hacerlo. ¿Tú me aconsejarías escribirle al doctor? -Ciertamente. ¿Y el libro? -Estaba sellado cuando lo recibí. No creo que el doctor lo haya mirado. -¿No es algo muy extraño? ¿Era Meyrick un coleccionista? -No, no lo creo, difícilmente un coleccionista. Dime, ¿qué es lo que piensas de estas vasijas Ainu? -Son singulares, pero me gustan. Pero, ¿no me vas a mostrar el legado del pobre Meyrick? -Si. Sí, por cierto. Lo que sucede es que es un objeto bastante peculiar y no se lo he mostrado a nadie. Si yo fuera tú, no diría nada al respecto. Aquí está. Villiers cogió el libro y lo abrió a azar. -No es un volumen impreso, entonces -dijo. -No. Es una colección de dibujos en blanco y negro hechos por mi pobre amigo Meyrick. Villiers dio vuelta la primera página, estaba en blanco; la segunda llevaba una pequeña inscripción que decía:
En la tercera página había un diseño que sobresaltó a Villiers y miró inmediatamente a Austin; éste miraba abstraídamente por la ventana. Villiers volteó página tras página, absorto, a pesar de sí mismo, en las espantosas Noches de Walpurgis de la maldad, una maldad extraña y monstruosa, que el artista había plasmado en duro blanco y negro. Las figuras de Faunos, Sátiros y Aegipos bailaban frente a sus ojos, la oscuridad de la espesura, la danza en las cumbres, las escenas de costas solitarias, en verdes viñedos, en lugares desiertos y rocosos, pasaron frente a él: un mundo frente al cual el alma humana se retrae y se estremece. Villiers pasó rápidamente las páginas restantes; había visto suficiente, mas el dibujo de la última págna captó su mirada, cuando casi cerraba el libro. -¡Austin! -Bueno, ¿qué sucede? -¿Sabes quién es? Era el rostro de una mujer, sola en la página blanca. -¿Que si la conozco? No, por supuesto que no. -Yo sí. -¿Quién es? -Es la señora Herbert. -¿Estás seguro? -Estoy perfectamente seguro de ello. ¡Pobre Meyrick! Es un capítulo más en su historia. -¿Qué te parecen los diseños? -Son terribles. Sella el libro nuevamente, Austin. Si yo fuera tú, lo quemaría; debe ser una horrible compañía aún estando en un cofre. -Sí, son unos dibujos singulares. Pero me pregunto, ¿qué conexión había entre Meyrick y la señora Herbert, o qué vínculo había entre ella y estos diseños? -¿Quién podría decirlo? Es posible que este asunto termine aquí, y nunca sepamos, sin embargo, en mi opinión, esta Helen Vaughan o señora Herbert, es sólo el principio. Volverá a Londres, Austin; pierde cuidado, ella regresará, y entonces sabremos más acerca de ella. Dudo que sean noticias muy agradables. VI. Los Suicidios Lord Argentine era un gran favorito en la sociedad londinense. A los veinte años había sido un hombre pobre, adornado por el apellido de una ilustre familia, sin embargo, forzado a ganarse el sustento como fuera, y ni el más especulativo de los prestamistas le hubiera confiado 5 peniques sobre la eventualidad de que alguna vez cambiara su nombre por un título y su pobreza por una gran fortuna. Su padre había estado lo suficientemente cerca de la fuente de las cosas buenas como para asegurar a uno de los miembros vivos de la familia, pero el hijo, aún si hubiera tomado los votos, no hubiera obtenido más que eso, además, no tenía vocación para la orden eclesiástica. De esta forma, enfrentó al mundo con una armadura no mejor que la toga de bachiller y el ánimo de un joven nieto del hijo, equipamiento con el cual se las ingeniaba de alguna forma para hacer de esa una batalla bastante tolerable. A los veinticinco el señor Charles Aubernon era aún un hombre de luchas y contiendas contra el mundo, sin embargo, de los siete que se encontraban antes que él en los lugares más altos de su familia, sólo quedaban tres. Estos tres, aunque "bien vivos", no eran a prueba de la lanza Zulu ni de la fiebre tifoidea, por lo que, una mañana, Aubernon despertó siendo Lord Argentine, un hombre de treinta años que había enfrentado las dificultades de la existencia, y las había conquistado. La situación lo divertía inmensamente, y resolvió que la riqueza sería tan agradable para él como lo había sido siempre la pobreza. Luego de algunas consideraciones, Argentine llegó a la conclusión de que la cena, mirada como una de las bellas artes, era quizá la ocupación más entretenida abierta a la humanidad arruinada, de esta forma, sus cenas se hicieron famosas en Londres, y una invitación para su mesa era algo codiciosamente deseado. Luego de diez años de señoría y cenas, Argentine aún rehusaba a cansarse y siguió disfrutando de la vida , y, como una suerte de infección, era reconocido como causa de alegría para los demás, en suma, como la mejor de las compañías. De este modo, su repentina y trágica muerte causó una extensa y profunda sensación. La gente difícilmente lo creía, aún teniendo el periódico frente a sus ojos y el grito de "Misteriosa muerte de un noble" resonando por las calles. Mas allí estaba el párrafo: "Lord Argentine fue hallado muerto esta mañana por su asistente bajo circunstancias intranquilizantes. Se ha afirmado que no hay duda de que su señoría se habría suicidado, aunque no se ha encontrado un motivo para el acto. El fallecido caballero era ampliamente conocido en sociedad, y muy querido por sus joviales maneras y su regia hospitalidad. Ha sido sucedido por..." etc., etc. Lentamente los detalles salieron a la luz, pero el caso era aún un misterio. El testigo principal del interrogatorio era el ayudante del difunto, quien afirmó que la noche anterior a la muerte Lord Argentine había cenado con una señora de buena posición, cuyo nombre fue suprimido por los periódicos. Lord Argentine había regresado aproximadamente a las once y había informado a su hombre que no requeriría de sus servicios hasta la mañana siguiente. Un poco más tarde, el sirviente tuvo la oportunidad de pasar por el hall y asombrarse al ver a su amo saliendo tranquilamente por la puerta principal. Se había cambiado la tenida de noche y vestía un abrigo Norfolk, unos bombachos, y un sombrero bajo color marrón. El ayudante no tenía ninguna razón para suponer que Lord Argentine lo había visto, y aunque su amo rara vez se quedaba hasta tarde, jamás pensó en lo que ocurriría a la mañana siguiente al llamar a su puerta un cuarto para las nueve, como era usual. No recibió respuesta, y luego de golpear una o dos veces, entró a la habitación y vio el cuerpo de Lord Argentine inclinado en ángulo desde los pies de la cama. Descubrió que su amo había atado firmemente una cuerda a uno de los postes cortos de la cama, y luego hizo un nudo corredizo y se lo deslizó alrededor del cuello, el pobre hombre debe haberse dejado caer resueltamente, para morir lentamente estrangulado. Vestía el delgado traje con el que el sirviente lo había visto salir, y el doctor que fue llamado declaró que la su vida se había extinguido hacía más de cuatro horas. Todos los papeles, cartas, y demás, estaban en perfecto orden, y no se descubrió nada que apuntara remotamente a algún escándalo, fuera grande o pequeño. Hasta aquí llegaba la evidencia; nada más pudo ser descubierto. Varias personas se encontraban presentes en la cena a la que Lord Argentine había asistido, y a todas ellas les pareció que se encontraba de un humor afable, como siempre. Sin embargo, el asistente afirmó que su amo le había parecido algo agitado al llegar a casa, mas la alteración era a su manera muy tenue, de hecho, difícilmente perceptible. Buscar más pistas parecía inútil, y la sugerencia de que Lord Argentine había sufrido de un repentino ataque de manía suicida aguda, fue ampliamente aceptado. Sin embargo, resultó de otra manera, cuando dentro de las tres semanas siguientes, otros tres caballeros, uno de ellos un noble, y dos hombres más de buena posición y abundantes medios, perecieron atrozmente en casi la misma forma. Lord Swanleigh fue encontrado una mañana en su vestidor, colgando de un gancho fijado a la pared, y el señor Collier-Stuart y el señor Herries habían elegido morir como Lord Argentine. Ninguno de los casos tenía explicación; uno cuantos hechos conocidos: un hombre vivo en la tarde y un cadáver con el rostro hinchado y amoratado, en la mañana. La policía se vio obligada a declararse impotente para arrestar o explicar los sórdidos asesinaos de Whitechapel; sin embargo, ante los horribles suicidios de Picadilly y Mayfair se encontraban atónitos, porque ni siquiera la sola ferocidad que había servido como explicación de los crímenes del East End, podía servir en el West. Todos estos hombres que habían resuelto morir una muerte tormentosa y vergonzosa eran ricos, prósperos y, según las apariencias, enamorados del mundo, y ni siquiera la investigación más detallada pudo descubrir en alguno de los casos alguna sombra de un motivo latente. Había horror en el aire, y los hombres se miraban unos a otros al encontrarse, cada uno preguntándose si el otro sería la víctima de la quinta tragedia sin nombre. Los periodistas revisaban en vano sus apuntes en busca de material con el cual mezclar artículos anteriores. Y el periódico matutino era abierto en más de algún hogar con un sentimiento de terror; nadie sabía cuándo o dónde atacaría el próximo golpe. Poco tiempo después del último de estos terribles sucesos, Austin fue a visitar al señor Villiers. Sentía curiosidad por saber si Villiers había tenido éxito en descubrir alguna pista fresca de la señora Herbert, ya fuera a través de Clarke o de otra fuente, y a penas se hubo sentado hizo la pregunta. -No -dijo Villiers-, le escribí a Clarke pero sigue inexorable, y he tratado por otros canales sin resultados. No he podido saber qué ha sido de Helen Vaughan después de dejar Paul Street, pienso que deber haberse ido al extranjero. Pero para serte franco Austin, no le he prestado mucha atención al tema durante las últimas semanas; conocía íntimamente al pobre Herries, y su terrible muerte ha sido un gran golpe para mí, un gran golpe. -Lo creo -contestó Austin solemnemente-, tú sabes que Argentine era amigo mío. Si recuerdo correctamente, estuvimos hablando de él ese día que viniste a mis habitaciones. -Sí; era en relación a aquella casa en Ashley Street, la casa de la señora Beaumont. Dijiste algo acerca de Argentine cenando allá. -De hecho. Seguramente sabrás que fue allí donde Argentine cenó la noche antes... antes de su muerte. -No, no había escuchado eso. -Oh, si; el nombre fue excluido de los periódicos para ahorrarle molestias a la señora Beaumont. Argentine era un gran favorito suyo, y se comentaba que ella se encontraba en un terrible estado. Una curiosa expresión asomó en el rostro de Villliers; parecía indeciso acerca de hablar o no. Austin comenzó nuevamente. -Nunca experimenté tal sentimiento de horror como cuando leí el informe de la muerte de Argentine. En el momento no lo comprendí, y tampoco ahora. Lo conocía bien, y mi entendimiento se ve completamente superado al preguntarme por qué posible causa él -o cualquiera de los otros- podría haber resuelto morir a sangre fría, de aquella espantosa manera. Tú sabes cómo los hombres murmuran sobre cada personaje de Londres, y te aseguro que cualquier escándalo enterrado o esqueleto escondido habría aparecido en un caso como este; pero nada por el estilo ha sucedido. Y respecto a la teoría de manía, bueno, eso está muy bien para la improvisación del forense, pero todos sabemos que es una tontería. La manía suicida no es una pequeña infección. Austin se hundió en un oscuro silencio. Villiers también estaba en silencio, observando a su amigo. La expresión de indecisión aún se movía por su rostro; parecía sopesar sus pensamientos en una balanza, y las consideraciones que estaba tomando lo mantenían en silencio. Austin trató de quitarse de encima las memorias de tragedias tan imposibles y confusas como el laberinto de Dédalo, y comenzó a hablar con voz indiferente de sucesos más agradables y de las aventuras de la temporada. -Esa señora Beaumont -dijo- de la cual hablábamos, es un gran éxito; ha tomado Londres casi por asalto. La conocí la otra noche en Fulham; realmente es una mujer extraordinaria. -¿Conociste a la señora Beaumont? -Sí; estaba rodeada por un verdadero séquito. Supongo que podría decirse que es muy atractiva, sin embargo, hay algo en su rostro que no me agradó. Sus rasgos son exquisitos, pero la expresión es extraña. Y durante todo el tiempo que la estuve observando, y luego, cuando me dirigía a casa, tuve la curiosa sensación de que me era familiar, de alguna u otra forma. -La debes haber visto en la calle. -No, estoy seguro que nunca había visto a la mujer; eso es lo que lo hace misterioso. Y según creo, nunca he visto a nadie como ella; lo que sentí fue como un recuerdo lejano y velado, vago pero persistente. La única sensación con la que puedo compararlo es ese extraño sentimiento que se tiene a veces en los sueños, cuando las ciudades fantásticas, las tierras maravillosas y los personajes fantasmales nos parecen familiares y habituales. Villiers asintió y echó un vistazo sin dirección al rededor de la habitación, posiblemente en busca de algo sobre lo que continuar la conversación. Sus ojos se posaron en un antiguo cofre situado debajo de un escudo gótico, parecido en cierta forma a aquél en que el artista había escondido su extraño legado. -¿Le escribiste al doctor acerca del pobre Meyrick? -preguntó. -Sí, le escribí pidiéndole todos los pormenores respecto a su enfermedad y su muerte. No espero recibir respuesta durante otras tres semanas o un mes. Pensé que también debería indagar si Meyrick conocía a alguna mujer inglesa apellidada Herbert, y si ese era el caso, si el doctor podía entregarme información sobre ella. Sin embargo, es muy posible que Meyrick se halla encontrado con ella en Nueva York, o México, o San Francisco. No tengo idea del alcance o dirección de sus viajes. -Sí, y es muy posible que esta mujer tenga más de un nombre. -Exactamente. Hubiera deseado pensar en pedirte el retrato de ella que posees. Podría haberlo incluido en mi carta al doctor Matthews. -Podrías haberlo hecho; nunca se me había ocurrido. Debemos enviarlo ahora.¡Escucha! ¿Qué están gritando esos niños? Mientras los dos hombres conversaban, un ruido confuso de gritos había aumentado gradualmente en intensidad. El ruido se elevaba desde la parte este y cobraba fuerzas en Picadilly, acercándose más y más, como un torrente de sonido; agitando las calles usualmente tranquilas, y haciendo de cada ventana el marco para una cara, curiosa o excitada. Los gritos y las voces reverberaban a lo largo de la silenciosa calle donde vivía Villiers, haciéndose más claras a medida que avanzaban, y mientras Villiers hablaba, la respuesta subió desde la acera: "¡Los Horrores del West End; otro espantoso suicidio; informe completo!" Austin se precipitó escaleras abajo y compró un periódico, y le leyó a Villiers, mientras el alboroto en la calle se elevaba y decaía. La ventana estaba abierta y el aire parecía estar lleno de ruido y terror. "Otro caballero ha caído víctima de la terrible epidemia de suicidios que, durante el último mes, ha prevalecido en West End. El señor Sydney Crashaw, de Stoke House, Fulhan y King's Pomeroy, Devon, fue hallado muerto a la una de esta tarde, luego de una prolongada búsqueda, colgado a la rama de un árbol en su jardín. El difunto caballero cenó anoche en el Club Carlton y su salud y humor se veían como siempre. Abandonó el club cerca de las diez y, algo más tarde fue visto caminando sin prisa por St. James Street. Luego de esto, se le pierde el rastro a sus movimientos. Apenas encontrado el cuerpo se llamó al médico, pero era evidente que la vida se había extinguido hace tiempo. Hasta donde se sabe, el señor Crashaw no tenía ningún tipo de problema o ansiedad. Este doloroso suicidio, como se recordará, es el quinto de su clase en el último mes. Las autoridades de Scotland Yard son incapaces de sugerir alguna explicación para estos terribles sucesos." Austin dejó el periódico con un mudo horror. -Dejaré Londres mañana -declaró-, esta es una ciudad de pesadilla. ¡Qué espantoso es esto, Villiers! El señor Villiers estaba sentado junto a la ventana, tranquilamente mirando a la calle. Había escuchado atentamente al informe del periódico, y la huella de indecisión había desaparecido de su rostro. -Espera, Austin -replicó- he decidido mencionarte un asunto que sucedió anoche. ¿Creo que se afirmaba que Crashaw había sido visto con vida en St. James Street, poco después de las diez? -Sí, eso creo. Miraré nuevamente. Si, estás en lo cierto. -Correcto. Entonces, me encuentro en la posición de contradecir completamente el relato. Crashaw fue visto después de eso; de hecho, considerablemente más tarde. -¿Cómo lo sabes? -Porque por casualidad vi a Crashaw, cerca de las dos de esta madrugada. -¿Viste a Crashaw? ¿Tú, Villiers? -Sí, lo vi claramente, de hecho, nos separaban tan sólo unos pocos pasos. -¿Dónde, en nombre del cielo, lo viste? -No lejos de aquí. Lo ví en Ashley Street. Precisamente cuando salía de una casa. -¿Reconociste cuál era la casa? -Sí. Era la de la señora Beaumont. -¡Villiers! Piensa en lo que estás diciendo; debe haber algún error. ¿Cómo podría Crashaw haber estado en casa de la señora Beaumont a las dos de la mañana? Seguro, seguro debes haber estado soñando, Villiers; siempre has sido algo fantasioso. -No; estaba completamente despierto. Incluso si hubiera estado soñando, como tú dices, lo que ví me hubiera despertado efectivamente. -¿Lo que viste? ¿Qué viste? ¿Había algo extraño en Crashaw? Pero no lo puedo creer, es imposible. -Bueno, si lo deseas te contaré lo que vi, o si te place, lo que creo haber visto. Puedes juzgar por tí mismo. -Muy bien, Villiers. El ruido y el clamor de la calle se habían extinguido, aunque algunos sonidos de gritos aún llegaban repentinamente desde la distancia, y el apagado y pesado silencio se parecía a la calma que sigue al terremoto o a la tormenta. Villiers dio la espalda a la ventana y comenzó a hablar. -Anoche yo estaba en una casa cerca de Regent's Park y al dejarla, me asaltó la idea de caminar a casa en vez de tomar un cabriolé. Era una noche lo suficientemente clara y agradable, y luego de unos minutos ya tenía las calles para mí solo. Es curioso, Austin, estar solo en Londres de noche, las lámparas alargándose en perspectiva, y el silencio sin vida, y quizá de repente, la acometida y estruendo de un coche sobre las piedras y los cascos de los caballos echando chispas. Caminaba vigorosamente pues me sentía algo cansado de estar fuera en la noche, y cuando los relojes daban las dos, doblé por Ashley Street, la que, como sabes, está en mi camino. Estaba más tranquila que nunca y eran pocas las lámparas; en resumen, lucía tan oscura y tenebrosa como un bosque en invierno. Había recorrido casi la mitad de la calle cuando oí el sonido de una puerta cerrándose suavemente y, como es natural, miré para ver quién andaba allí como yo, a tales horas. Por casualidad hay una lámpara cerca de la casa en cuestión y vi a un hombre en el portal. Recién había cerrado la puerta y su cara estaba hacia mí, inmediatamente reconocí a Crashaw. Nunca lo conocí tanto como para hablarle, sin embargo, lo había visto frecuentemente, por lo que estoy seguro que no confundí a mi hombre. Le miré a la cara por un momento, y entonces -debo decir la verdad- emprendí una buena carrera y seguí corriendo hasta que estaba en mi propia puerta. -¿Por qué? -¿Por qué? Porque verle la cara a ese hombre me congeló la sangre. Nunca habría imaginado que una combinación de pasiones como aquella podría haber fulgurado en los ojos de ningún hombre. Casi me desmayé al mirar. Sabía que había atisbado en los ojos de un alma perdida, Austin. El exterior de ese hombre permanecía, pero todo el infierno estaba dentro de él. Una lasciva furiosa y un odio que era como el fuego, más la pérdida de toda esperanza y la completa oscuridad de la desesperación parecían dar alaridos a la noche, aunque su boca estaba cerrada. Estoy seguro que no me vio; no veía nada de lo que tú o yo podemos ver, sin embargo, lo que presenciaba espero que jamás lo veamos. No sé cuándo murió; supongo que dentro de una hora, o quizá dos, pero cuando pasé por Ashley Street y oí la puerta cerrándose, el hombre ya no pertenecía a este mundo. Lo que ví fue la cara de un demonio. Hubo un intervalo de silencio en la habitación cuando Villiers terminó de hablar. La luz estaba menguando y todo el tumulto de una hora atrás se había acallado por completo. Austin había inclinado su cabeza al final del relato, y las manos cubrían sus ojos. -¿Qué puede significar todo esto? -dijo finalmente. -Quién sabe, Austin, quién sabe. Este es un asunto oscuro, pero creo que será mejor que quede entre nosotros por ahora, sea como sea. Veré si puedo saber algo acerca de esa casa a través de algunos canales privados de información, y si me encuentro con algo, te lo haré saber. VII. Encuentros en el Soho Tres semanas más tarde Austin recibió una nota de Villiers, pidiéndole que lo visitara aquella noche o la siguiente. Eligió la fecha más cercana. Encontró a Villiers sentado, como era usual, junto a la ventana, aparentemente perdido en meditaciones en el adormecedor tráfico de las calles. A su lado había una mesa de bambú, un objeto fantástico, enriquecido con oropel y exóticas escenas pintadas, y sobre ella había una pila de papeles arreglados y rotulados tan pulcramente como cualquier cosa en la oficina del señor Clarke. -Bueno, Villiers, ¿has hecho algunos descubrimientos durante las últimas tres semanas? -Eso creo: aquí tengo uno o dos apuntes que me impactaron por su singularidad, y hay un informe sobre el cual quisiera llamar tu atención. -¿Y estos documentos se relacionan con la señora Beaumont? ¿Era realmente Crashw a quien viste esa noche en la puerta de la casa de Ashley Street? -En relación a ese asunto mi creencia se mantiene inalterada, sin embargo, ninguna de mis indagaciones ni sus resultados tiene alguna especial relación con Crashaw. Pese a eso, mis investigaciones han tenido un extraño resultado. ¡He descubierto quién es la señora Beaumont! -¿A qué te refieres con quién es ella? -Me refiero a que tú y yo la conocemos mejor bajo otro nombre. -¿Cuál es ese nombre? -Herbert. -¡Herbert! -Austin repitió esta palabra aturdido por la sorpresa. -Sí, la señora Herbert de Paul Street, o Helen Vaughan, cuyas anteriores aventuras desconocía. Tuviste razón al reconocer la expresión de su rostro; al llegar a casa observa el rostro del libro de horrores de Meyrick, y conocerás la fuente de tus recuerdos. -¿Tienes pruebas de esto? -Sí, la mejor de las pruebas. He visto a la señora Beaumont, ¿o debo decir la señora Herbert? -¿Dónde la viste? -En un lugar donde difícilmente esperarías ver a una dama que vive en Ashley Street, Picadilly. La vi entrando a una casa en una de las calles más despreciables y de peor reputación del Soho. De hecho, yo había concertado una cita, aunque no con ella, y ella estaba precisamente allí, en el mismo lugar y al mismo tiempo. -Todo esto parece muy sorprendente, pero no puedo llamarlo increíble. Debes recordar Villliers, que yo he visto a esta mujer en la corriente aventura de la sociedad londinense, conversando y riéndose, sorbiendo su café en un salón común y corriente, con gente común y corriente. Pero tú sabes lo que dices. -Lo sé; no me he permitido ser guiado por conjeturas ni fantasías. No era con la intención de descubrir a Helen Vaughan que buscaba a la señora Beaumont en las oscuras aguas de la vida londinense, sin embargo, ese ha sido el resultado. -Debes haber estado en lugares extraños, Villiers. -Sí, he estado en lugares bastante extraños. Como sabes, hubiera sido inútil dirigirme a Ashley Street y haberle pedido a la señora Beaumont que me hiciera un corto esbozo de su historia pasada. No; asumiendo que, como tuve que asumir, sus antecedentes no eran de los más limpios, era bastante seguro que en algún período pasado debió haberse movido en círculos no tan refinado como los actuales. Si ves lodo en la superficie del arroyo, puede estar seguro que alguna vez estuvo en el fondo. Y yo fui hacia el fondo. Siempre me he sido aficionado a sumergirme en la Calle Extraña por placer, y me di cuenta que mi conocimiento de la localidad y sus habitantes me era muy útil. Tal vez sea innecesario mencionar que mis amigos jamás habían escuchado el apellido Beaumont, y como yo jamás había visto a la dama y no podía dar su descripción, tuve que ponerme a trabajar de una manera indirecta. La gente del lugar me conoce; eventualmente he podido prestarles algún servicio, así que no pusieron ninguna dificultad en darme su información; estaban concientes que yo no tenía ninguna comunicación directa o indirecta con Scotland Yard. Sin embargo, tuve que eliminar una buena cantidad de líneas antes de obtener lo que quería, y cuando pesqué el pez no pensé ni por un momento que ese era mi pez. Sin embargo escuché lo que me decían desde un constitucional aprecio por la información inútil, y me encontré en posesión de una historia muy curiosa, aunque como imaginé, no la historia que buscaba. Resultó ser lo siguiente.. Aproximadamente cinco o seis años atrás, una mujer de apellido Raymond apareció repentinamente en el barrio al que me refiero. Me la describieron como una mujer bastante joven, probablemente de no más de diecisiete o dieciocho, muy atractiva, y luciendo como si viniera del campo. Me equivocaría si dijera que ella encontró su nivel entrando a este barrio en particular, o asociándose con esta gente, pues por lo que me contaron, pensaría que la peor pocilga de Londres es demasiado buena para ella. La persona de la cual obtuve la información, no un gran puritano como puedes suponer, se estremeció y se puso pálido al contarme acerca de las infamias sin nombre de las que se le acusaba. Después de vivir allí por un año, o quizá un poco más, desapareció tan repentinamente como había llegado, y no supieron nada de ella hasta la época del caso de Paul Street. Al principio venía a su guarida ocasionalmente, luego con más frecuencia y finalmente, se estableció allí como antes, y permaneció por seis u ocho meses. No tiene sentido que entre en detalles acerca de la vida que la mujer llevaba; si quieres detalles puedes mirar en el legado de Meyrick. Aquellos diseños salieron de su imaginación. Ella desapareció nuevamente, y nadie del lugar la vio hasta hace unos pocos meses atrás. Mi informante me contó que había tomado algunas habitaciones en una casa que me indicó, y que tenía el hábito de visitarlas una o dos veces a la semana, siempre a las diez de la mañana. Esperaba que realizara una de esas visitas cierto día de la semana pasada, y de acuerdo a ello logré estar vigilando, acompañado de mi cicerone un cuarto para las diez, y la hora y la dama llegaron con igual puntualidad. Mi amigo y yo nos encontrábamos bajo un pasaje abovedado, algo retirado de la calle, sin embargo, ella nos vio y me dirigió una mirada que me tomará tiempo olvidar. Aquella mirada fue suficiente para mí; sabía que la señora Raymond era la señora Herbert; mientras que la señora Beaumont se había ido completamente de mi cabeza. Entró a la casa, y vigilé hasta las cuatro de la tarde, cuando salió, y luego la seguí. Fue una larga cacería, y tuve que mantener gran cuidado de mantenerme a lo lejos, en un segundo plano, pero sin perder de vista a la mujer. Me llevó por el Strand, luego hacia Westminster, para continuar por St Jame's Street, y a lo largo de Picadilly. Me sentí de lo más extraño cuando la vi doblar por Ashley Street; la idea de que la señora Herbert era la señora Beaumont vino a mi mente, pero parecía demasiado imposible para ser verdad. Esperé en la esquina, sin perderla de vista en ningún momento, poniendo especial cuidado en identificar la casa en la que se había detenido. Era la casa de las cortinas alegres, la casa de las flores, la casa de la cual Crashaw salió la noche en que se colgó en su jardín. Casi me estaba yendo con mi descubrimiento, cuando vi que un carruaje vacío viró y se detuvo frente a la casa, llegué a la conclusión que la señora Herbert tomaría un paseo, y tenía razón. Allí, de casualidad, me encontré con un hombre que conocía, y estuvimos conversando a poca distancia del camino por donde pasaría el carruaje, que se encontraba a mis espaldas. No h |